Los fenómenos inexplicables

Nele Wohlatz Domingo 12 - Febrero - 2017 Columna de Nele Wohlatz

Anoche le enseñé a mi amiga cómo preparar un ceviche de camarones. Mientras cocinamos, la charla se fue de acá para allá. Hablamos de inquilinos y de fenómenos que se escapan de lo explicable. Alguna vez, mi amiga subalquiló su departamento a un joven que tenía la costumbre de tirar las toallas usadas en el placard en vez de colgarlas. Cuando mi amiga regresó a su departamento encontró una montaña de toallas mojadas en proceso de desintegración en el placard, y todo había tomado el respectivo olor. Entonces me acordé de una fase en mi vida, cuando subalquilé mi departamento a diferentes extraños por internet mientras no estaba. Una vez, regresé a mi departamento y el baño había tomado un olor muy feo que no se iba con la limpieza. Empecé a buscar la fuente y finalmente la encontré: muy arriba en la estantería, detrás de las toallas limpias y dobladas, había una toalla estrujada y adentro caca humana disecada.

El descubrimiento me espantó, pero también me dejó asombrada de manera profunda. Realmente me hallaba frente a un fenómeno cuyo origen era inexplicable. Ni siquiera había forma de reconstruir cuál de los inquilinos había hecho caca, porque habían pasado varios. De mi amiga, admiro mucho su tolerancia. Ella dijo: “Hay que aceptar que muy pocas veces podemos saber lo que pasa dentro del otro.” Su buen humor general parece darle la razón, pero me cuesta mucho dejar de buscar explicaciones. Pensé mucho sobre la caca dentro de la toalla hasta que se me ocurrió que algún inquilino habría sido sonámbulo que confundió el inodoro con una toalla. ¡Incluso tuve suerte que no confundió la ventana con la puerta al baño! El departamento estaba en un piso 5 y la caída no la sobrevive ni siquiera un gato.
En la película “Irma Vep” hay un director (Jean-Pierre Léaud) que sufre un ataque de nervios luego de visualizar el material que filmó. Le dice a su protagonista (Maggie Cheung) que veía actores que caminan de un lado para otro, pero que no sentía nada al verlos. Dice que nada tiene alma en esas grabaciones. Maggie, la única extranjera en esta producción francesa, dice que sí, que ella sentía algo mientras filmaban, y que si ella lo sentía es porque estaba ahí. El director la mira y por un momento parece que la escucha, que entiende. Pero sólo por un momento, que pasa. Maggie vuelve al hotel. Es mitad de la noche. Se pone su vestuario de látex negro de Irma Vep y sale a los pasillos del hotel. Se mantiene escondida, irrumpe en una habitación, roba un collar y se escapa al techo.

¿De qué haría películas si pudiera explicarme todo?

Maggie Cheung es de Hong Kong. Hace un mes estuve en Hong Kong, y en Macao, que está al lado. Mi actriz protagonista, Xiaobin, que es de China, y yo; fuimos invitadas a presentar nuestra película en un festival de cine. De niña tenía un libro en el que leí que en China las personas caminaban sobre la cabeza. Ahora, cuando estuve allá, casi me decepcionó lo fácil que era orientarse. Lo único que realmente sentí muy diferente era la comida. Para empezar, los ingredientes: ¿se trataba de carne o de una planta? ¿De un hongo, una verdura o un intestino? Algunas cosas eran imposibles de clasificar por su aspecto e incluso por el gusto. Pasé por tiendas llenas de aletas de tiburón, caballitos de mar y largatijas disecadas o restaurantes con acuarios llenos de tortugas y cohombros de mar vivos, listos para ser cocidos. Pero rápidamente me di cuenta que en las invitaciones para comer no nos ofrecían ingredientes polémicos, sino raíces, frutos del mar, pescado y miles de diferentes hongos. Todos esos hongos se usaban en la cocina, pero los médicos chinos también los recetan por sus propiedades sanadoras, de manera tal que todo el tiempo se come medicina. Me volvía cada día más fuerte, el blanco en mis ojos se volvió más blanco.
Los ingredientes tenían nombres como “hongo de pie de pollo” (un hongo con el color y la textura de pata de pollo), “hongo de aguja” (un hongo en forma de acerico) o “langostino que hace pis a sí mismo” (no sé por qué).

Las reglas alrededor de las comidas también eran distintas: en la entrada al departamento uno se sacaba los zapatos, luego entraba y nadie se presentaba. En la primera cena dije “Hi, I’m Nele”. Los demás sonreían o me miraban irritados, pero nadie dijo su nombre. Pasaba cenas enteras sin que el anfitrión me mirara. Pero me adapté muy fácilmente, incluso me pareció relajante no fingir que podía recordar 12 nombres chinos, y no tener que intercambiar “small talks” a través de traducciones complicadísimas. Me podía concentrar en la comida, y la comida se merecía toda mi concentración: siempre había enormes cantidades de diferentes platos extraños y sofisticados, y constantemente se traían nuevos de la cocina. Era claro que el anfitrión había trabajado en esto desde temprano en la mañana.

Ahora que lo pienso me digo que quizás no había nada para entender, simplemente se vivía una conexión muy clara y directa entre comida y amor. ¡No es nada fácil detectar fenómenos que realmente se escapan de las explicaciones! Cuando uso la palabra “increíble”, en realidad casi siempre se trata de un juicio de valor que tiene como causa: o mi inseguridad o mi resignación, por ejemplo cuando hablamos de política. ¡Ojalá que encuentre más fenómenos inexplicables!.

Buenos Aires, 12 de febrero

Nele Wohlatz

nelewohlatz@caligari.com.ar

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