REVOLUCIÓN - IMPERATIVO CATEGÓRICO

Jonatan Lukasievicz Miercoles 8 - Marzo - 2017 Narraciones cinematográficas

 

El porvenir es triunfalmente nuestro.
Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes…

Roberto Arlt

¿Explota la pólvora en los corazones de furia, en las bisagras crujientes del tumulto?

 

I

Entre los capotes y la lluvia incesante, merodeando los cafés habituales o los recintos y casas clandestinas donde confabularon y conspiraron, entre la neblina nochera y los transeúntes o centinelas, los conjurados se distinguen por su animosidad silenciosa, sus rostros de muelas apretadas y ojos que no pestañean. Portan abstracciones resolutas e inquebrantables. En la noche donde las farolas y las verjas, los balcones y los zaguanes se van aglomerando de muchedumbres agitadas, aunque, aun, contenidas, los conjurados conversan, señalan o arengan, cautos. Es la noche del veinticuatro de mayo de mil ochocientos diez, y Domingo French, uno de los Chisperos, camina, noctámbulo y sin luna. Porta uniforme estricto: frac, capote, galera. Sus iguales y demás conjurados visten igual. Han estado estudiando estrategias militares enemigas, desde los días de las invasiones, en donde el mismo French fue arrebatado por las cargas del ejército de Su Majestad Británica. Aquella vez, bajo las balas de la vanguardia, no agachó su cabeza ni un segundo. Tampoco lo hicieron aquellos orilleros que comandaba, y que terminaron por formar un destacado grupo de Húsares. Bravos, en aquella ocasión definitoria, respondieron al fuego de artillería y a los cañones ensordecedores de los invasores. French, ante esa humareda turbia, no flaqueó. Observando de frente aquellos uniformes usurpadores, su valentía comandó a los tantos orilleros que no dejaron que la estricta disciplina Británica los atemorizara. Eso aconteció en el año de mil ochocientos seis y mil ochocientos siete. Año de la libertad y de la unidad patriota. Año en que el pueblo se dio por sufragar, y designó, por clamor popular, a sus autoridades, recayendo aquel imperativo en la figura del conde Santiago de Liniers. Eso aconteció en aquellos años en que los invasores quisieron hacerse con las Provincias Unidad y cuando cada ser humano con la fuerza justa para portar un fusil, un sable, o una roca, defendió la patria. Héroe, Domingo French, aquella noche y la mañana siguiente, en la cual el general inglés capituló y entregó su sable, pudo sentir aquel fortuito acontecer en su pecho fervoroso: la somera levedad de despertar de un tumulto de conjurados que ya tenían en sus corazones la proclama que apenas unos años después, aventurarían. Por eso, la noche del veinticuatro de mayo de mil ochocientos diez, el teniente Domingo French, pasea, deambula, se inquieta y conversa con los orilleros, con los contertulios, con los conjurados. Los preparativos, la sangre hirviendo y el espíritu de los guerreros de aquellos años pasados, ante aquel invasor, ahora perturban las animosidades y, desde hace varios días, reunidos y debatiendo, merodean el Cabildo. En la noche del veinticuatro de mayo de mil ochocientos diez, no vislumbraban, aun, proclama alguna. No sentían capitular al opresor peninsular. Pero, y esto Domingo French lo sabía muy bien, los conjurados que lideraba, auspiciarían la Revolución. Al día siguiente -el veinticinco de mayo de mil ochocientos diez- cuenta Bartolomé Mitre que, anochecidos y ebrios de pasión y de insomnio, los Chisperos y demás grupos insurrectos, portando libertad en sus ojos, y gritos iracundos, portando cintas circulares azulcelestes, golpeaban el Cabildo, donde un grupo de políticos debatía el futuro de la ya aventurada Argentina. Eso aconteció entre el veintidós y el veinticinco de mayo de mil ochocientos diez, cuando se llevó a cabo la Revolución de Mayo. Pero la libertad recién iniciaba y la proclama no aventuraba la deposición del ejército realista que, tras la Cordillera de los Andes, aguardaba. La única forma de hacer la Revolución, y forjar la independencia de la naciente Nación, acompañando aquellos laureles proclamados el nueve de julio del año mil ochocientos dieciséis, era la guerra contra el godo, que diezmaba la República de Chile, fusilando insurrectos o patriotas y amenazando la libertad proclamada.
En febrero del año mil ochocientos diecisiete, José de San Martín acometió la empresa más osada de la que se tenga memoria en toda la América. Bajo su dirección, el Ejército de los Andes cruzó la montaña más elevada del continente, y derrotó, bajo el amparo de los generales Soler y O’Higgins, en la batalla de Chacabuco, a las fuerzas realistas que sostenían los últimos reductos de lo que antes había sido el Virreinato del Perú. Derrotados los realistas, unidas las fuerzas del general San Martín a las del general Bolívar, y desterrados los últimos realistas de toda la América, ahora se debía acometer la más pasional y dificultosa empresa, la organización de los países liberados.

 

II

En el año mil ochocientos cincuenta y tres -y luego de cruentas guerras civiles- en el litoral argentino se erigió, pétrea, la Constitución de la Nación Argentina. Un año antes, Juan Bautista Alberdi había publicado su libro: Bases y puntos de partida para la organización política Argentina. Justificando aquellas sugerencias imperativas, adaptadas, en el año mil ochocientos setenta y nueve –un año antes de que fueran repatriados los restos inmortales del general Don José de San Martín, desde Boulogne Sur Mer- Alberdi, desde París, supo decir que: no hay mejor medio de extender y proclamar la libertad, que generalizar y extender las condiciones de ella, que son la educación, la industria, la riqueza, la capacidad en que consiste la fuerza llamada Libertad. Acaso la Constitución de la Nación Argentina le deba mucho a lo escrito por su pluma, un año antes de la sanción, pero lo cierto es que aquellas bases no pudieron, bajo ningún punto de vista, eludir la realidad que a todos abarcaba, ni las costumbres que el pueblo poseía. Una constitución no puede ser forjada bajo la base de una imposición. Es por eso que, Juan Bautista Alberdi, dijo que: Todas las constituciones cambian o sucumben cuando son hijas de la imitación; la única que no cambia, la única que acompaña al país mientras vive, y por la cual vive, es la Constitución que ese país ha recibido de los acontecimientos de su historia, es decir, de los hechos que componen la cadena de sus existencia, a partir del día de su nacimiento. La Constitución histórica, obra de los hechos, es la unión viva, la única real y permanente de cada país, que sobrevive a todos los ensayos y, en todos los naufragios.
Han pasado más de cuarenta años desde que Domingo French y su grupo de Chisperos hiciera uso de la base material arraigada en la mente del pueblo para proclamar la Revolución de Mayo, que luego devino en la Declaración de la Independencia y en las victorias inmortales del Ejército de los Andes, bajo las órdenes del general José de San Martín que consagraron la libertad absoluta del pueblo de la Nación Argentina, y a cuyo patriotismo pueden remontarse las batallas acaecidas en la Plaza de la Victoria, durante las invasiones inglesas de los años mil ochocientos seis y mil ochocientos siete. Domingo French, tumultero, agitador, arengador de orilleros, patriota de origen humilde, no llegó a ver sancionada aquella constitución que fundaba en papeles lo que el sentimiento patrio ya tomaba como verdad. Pero, acaso, en su lecho, pudo intuirlo. De esa forma, la realidad no puede ser otra que la que se forja con la cadena de acontecimientos que sobrevienen a su historia.
A fines del siglo dieciocho, un filósofo de la Universidad de Koenigsberg, prestaba conformidad a aquella tesis póstuma.

 

III

Immanuel Kant, en el año mil setecientos ochenta y nueve, y durante la Revolución Francesa, defendería con fervor, en reuniones y coloquios, los ideales arquetípicos de justicia por ella proclamados, llegando a decir que para él, la mejor constitución sería aquella que a la mayor libertad uniera la legalidad mayor, pues entendía que sin esta condición no es posible justicia alguna. Es por eso mismo que, en su libro titulado: Crítica de la Razón Práctica, Kant afirma que la misión práctica es disuadir a la razón empíricamente condicionada de la voluntad. La razón pura es únicamente inmanente, siendo trascendida en manifestaciones de exigencias imperativas. Y, precisamente, aquellos principios de exigencias prácticas son proposiciones que contienen una determinada universalidad de voluntad. Immanuel Kant, que solía pasear por las calles de Koenigsberg con un riguroso itinerario que no aceptaba ninguna intromisión de aplazamientos temporales, y que no toleraba el cambio de los elementos más ínfimos, se abocaba a enseñarles a sus estudiantes y discípulos a filosofar. Afirmaba, Kant, estricto y pulcro, metódico y estructurado, desde el púlpito, observando con indagación profunda a los presentes en las gradas atentas, que la máxima privada es aquella que solo es válida para los sujetos que las predisponen, pero, agregaba, aquellas razones privadas y subjetivas, eran potencialmente objetivas y propendían a comprometer al universo íntegro, en leyes prácticas, aplicables a todos. Caminando, en las tardes solitarias bajo los robustos árboles que rodeaban a la Universidad de Koenigsberg, Immanuel Kant solía recordar sus coloquios y exposiciones. Serenamente, murmuraba, observando el piso de adoquines, con las manos cruzadas en la espalda, que las reglas prácticas producidas por la razón privada eran trascendidas en imperativos, en un deber-ser, que expresaba la obligación objetiva de la acción, porque, así, aquella regla práctica era válida, y se convertía, indefectiblemente, en un imperativo categórico.
Del mismo modo que Juan Bautista Alberdi, al momento de sancionarse la Constitución de la Nación Argentina, Kant había afirmado que las facultades apetitivas privadas –estafas, usuras y tiranías- presuponían un objeto que de ninguna manera podría darse en leyes prácticas, aplicables erga omnes, ya que obedecían al amor a sí mismo, al egoísmo y a la felicidad privada. Un ente racional no puede pensar sus principios subjetivos-prácticos, es decir, máximas privadas, al mismo tiempo como leyes universales. Lo único que Immanuel Kant deseaba saber, era si una máxima de su propiedad subjetiva, podía ser, llegado el caso, válida, como ley práctica universal. De esta forma, y junto con Alberdi, Kant afirma que, la cadena de eventos de los acontecimientos de su historia, funda la constitución que se sancionaría en el año mil ochocientos cincuenta y tres. Por lo tanto, solía pensar Kant, en el atardecer acaecido en su retirada y imperturbable casa, observando silencioso la ventana que daba al campanario de una iglesia distante, que la forma legislativa está contenida en la máxima, y que aquello es lo único que puede constituir un motivo determinante de la voluntad. De esa forma, el concepto de libertad está notoriamente unido a la ley moral: al Principio de la Moral y al Bien Supremo. Cercano al anochecer, cuando estrictamente cerrará los ojos al horario indicado, Immanuel Kant afirmará que: cada máxima de una vida, basada en el amor a sí mismo, se debe cuestionar sobre cómo afectaría ésta llevada a la ley universal, ya que de esa forma, con los otros, se afecta uno mismo.
A la mañana, siguiendo su estricta rutina, mientras desayuna, volverá sobre lo meditado la noche anterior. En silencio, a veces murmurando, observará que el orden de la naturaleza hace suponer –especular- con una divinidad, como causa a priori, porque promover un bien supremo, mediante leyes de razón práctica, presupone, precisamente que haya un bien supremo, un principio moral, un atributo divino, un ideal de Dios, que obliga a todos, como imperativo, a cumplir con el supuesto del Bien Supremo. De esa forma, Kant, demanda fe y creencia en un sabio autor del mundo, y en tanto la razón pura acepta representaciones que predisponen a un Dios, podría llegar a afirmarse que, en tanto seres humanos transitando por un mundo, con sus objetos y sus bestias, sus plantaciones y bosques, predispone una conclusión posible: La ciencia, buscada con la crítica –arte de buscar la verdad y la belleza de las cosas- e iniciada con un método, es la puerta estrecha que conduce a la sabiduría. A veces, la ley surge de máximas privadas que por adversarias, predisponen los fusiles y los sables, los cañones y la caballería de granaderos.

IV

El veinticinco de mayo del año mil ochocientos diez, Domingo French no pensaba en Kant. Los ideales de la Revolución Francesa le eran suficientes, y, atentos y predispuestas las pistolas de chispas, los facones y las muchedumbres apostadas en sus lugares estratégicos, demandaba al Cabildo que se diera su propio gobierno. Pero, sin duda, la base material que años antes, durante las invasiones inglesas los había unido, despertando a una nación que ya auguraba su propia soberanía, había predispuesto las arengas y los discursos que, fervorosamente, exclamó a los suyos. La autoridad de sus hombres, en representación de la patria naciente, auspiciaba la libertad. Aquella mañana neblinosa habían triunfado la máxima privada y, Alberdi, cuarenta años más adelante, en su libro: Bases y puntos de partida para la organización política Argentina, ya lo había afirmado: La Constitución histórica, obra de los hechos, es la unión viva, la única real y permanente de cada país, que sobrevive a todos los ensayos y, en todos los naufragios. De esa forma, junto con los Chisperos de la Revolución de Mayo del año mil ochocientos diez, los patriotas de la Declaración de la Independencia de julio de mil ochocientos dieciséis, y el heroico Ejército de los Andes bajo las ordenes incuestionables del general don José de San Martín, de febrero de mil ochocientos diecisiete, forjaron la base, el orgullo, la unión, y el sentimiento patrio, que, muchos años después, en el año de mil ochocientos cincuenta y tres, superarían las especulaciones privadas o sectoriales, para erigirse en normativa de aplicación universal, por la suma de sus factores, por los acontecimiento encadenados de los hechos históricos que los prepararon, desde las guerras civiles, hasta la tiranía y el despotismo. Forjada la Constitución de la Nación Argentina, su carácter pétreo, adquirido por años de pruebas y reformas, se terminó por asentar sobre el principio moral de la Nación Argentina. La evolución que los hechos tomarían en el futuro dependería, como lo hizo antes, de la facultad apetitiva privada y de sus conflictos con el Bien Supremo. Las leyes imperativas y categóricas serán la conclusión de aquella dialéctica, como en el pasado lo fueron los conflictos armados entre realistas y patriotas. Pero hoy, en el bicentenario de la patria, aplastados los ejércitos impíos de los opresores, solo resta perpetuar aquellas palabras que surgen del preámbulo de la Constitución Argentina, forjadas en hierro: … asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad y para todos aquellos hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino… y, por sobre todo, recordar la máxima privada de don José de San Martín: Seamos libres, que lo demás no importa nada.

 

Jonatan Lukasievicz

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