Pierre-Auguste Renoir – Impresiones sucesorias

Jonatan Lukasievicz Miercoles 14 - Junio - 2017 Narraciones cinematográficas

 

¿Reflecta, el sol, la piel suave de una doncella?

 

I

En un contorno verdoso, con destellos amarillentos, anaranjados, y suaves brisas que ondulan las plantaciones, los arbustos y la fina hilera de altos árboles, y entre los pastizales y las enredaderas y el clima otoñal, aprieta en sus manos cansadas, enfermas, gastadas, Pierre-Auguste Renoir, un pincel empastado de rojo, de sol. Delante, sobre el follaje, y flotando entre un sillón dispuesto en un exterior de nubes claras y flores, se encuentra, vista desde el atelier de amplios ventanales que dan hacia la naturaleza necesaria, Andrée Madeleine Heuchling, su modelo, que por momentos se desliza entre las hojas agrietadas, desnudas, que por momentos expone o resalta sus pechos rosados elevando el mentón, descubriendo la nuca, aspirando aire puro e inflándose, o desvaneciéndose sobre sus muslos firmes, sobre el sillón, y Renoir, aquietado, pausado o aletargado, que la retrata, que la funde en colores entre el paisaje y la piel suave, y trabajando, la observa, y observa el lienzo. Sus ojos no lo inquietan, pero alcanzan para sofocar a su hijo, Jean Renoir, que irremediablemente se enamorará de ella luego de volver del frente, donde combatió contra el ejército bávaro. Pero en la ribera francesa, aquel año de mil novecientos quince, ayudando a su padre a disponer de los colores que utilizará, entre los que desprecia tonalidades oscuras, y festejando la imposición de impresiones nubladas o difuminadas de retazos blancos, rosados, detiene, Jean Renoir, la mirada inquisidora, escrutadora o minuciosa, en la piel joven de Andrée Madeleine Heuchling, que posa desnuda, exhibiendo su cuerpo, su espalda, sus nalgas redondas, su fina cadera, aquel mentón, y ese cabello ondulado, rojizo, que conjugan misterio o sueñera, entre unos ojos claros que giran para observar a quien la pinta. Sus dientes perfectos destellan una sonrisa clareada por el atardecer, y fusionan la quietud de Jean Renoir, que, ayudando a su padre, no puede dejar de observarla. Con los años, y fallecido Pierre-Auguste Renoir, el amor que experimentó durante aquellas mañanas, aquellas tardes en las praderas de su casa de campo, entre el rio que corría ruidoso entre las pequeñas piedras redondeadas, y filmando su cuerpo en más de una proyección, Jean Renoir, ya cineasta experimentado, habrá llevado a aquella musa de su padre al cinematógrafo, como actriz destacada. Casarse con ella será casi una abstracción atemporal. Pero aquello ocurrirá entre los años que van desde mil novecientos veinticuatro al año mil novecientos treinta y cinco, cuando Andrée Madeleine Heuchling será laureada por la precisión de sus movimientos jóvenes, por su personalidad encantadora, frente a las cámaras de filmación que dirigirá Jean Renoir. Sin embargo, en el año mil novecientos quince, y entre la naturaleza que la rodea, abrillantada su pelvis rosada, reflectada su espalda y sus caderas por el sol moroso, Pierre-Auguste Renoir, lento, serio o profesional, con el mentón, la barba, contra el pecho, acaricia con la mirada aquella piel, aquellos bellos senos curvos, perfeccionados por cuidadosos pezones circulares, que resaltan la perspectiva de quien ha vuelto a pintar, nuevamente, acaso siguiendo una consigna demasiado personal que inició con la muerte de su esposa, cuerpos perfectos, desnudos entre el verde, entre los destellos amarillos, naranjas, y por entre la suave brisa que peina el cabello rojizo de la hermosa Andrée Madeleine Heuchling, quien, descalza, camina desnuda sosteniendo una pequeña tela arremolinada entre su abdomen y su sexo. Todo es suave y rosado, y el pincel que introduce en el tazón de agua danzará en la mezcla de los tonos, hasta volver a la superficie, en donde, pulcro, arremeterá contra nuevos colores, que se expondrán sobre los lienzos que, previamente, han sido confeccionados por el menor de los hermanos Renoir. Pero lo importante, lo ineludible, es Andrée Madeleine Heuchling, quien supera el paisaje que la rodea, o acaso se funde en él, con su ondulante cuerpo que seduce y palpita, que aprisiona y conjuga pinceladas con el movimiento pausado, titubeante, de Pierre-Auguste Renoir, que la observa, minuciosamente, y de su hijo, Jean Renoir, que retiene en su mente cada ligera extravagancia del cuerpo de la musa que a todos contempla, con la pasión de un sexo que no teme vislumbrar, entre el sol, el otoño, y las miradas inquisitivas que la rodean, unos experimentados quince años de edad.

 

II

 

Durante las tardes de sueños, Andrée Madeleine Heuchling será, metódicamente, seducida por Jean Renoir. En la pradera, desnudos sobre los pastizales, o bajo un árbol de resaltadas raíces que contornean ráfagas de sol, entre las ramas y las hojas amarillentas, se dedicarán a acariciar sus cuerpos, a poseerse mutuamente. Conversarán. Pero esas palabras estarán corrompidas por la decisión, inquebrantable, de Jean Renoir de volver al frente, para combatir junto a sus amigos. Herido, y teniendo que utilizar un bastón para poder apoyar firme los pies sobre la tierra y las praderas suaves, culpa de una ráfaga de artillería que casi lleva a que le amputen una pierna, Jean Renoir seguirá decidido a combatir, a volver al frente, donde deberá utilizar una máscara antigás, para que no lo sorprendan los tóxicos que envíe el enemigo. Desea, Jean Renoir, volver al barro, a los pozos, a las trincheras infectas de ratas y a caminar entre los cadáveres que irán cayendo mientras corra con el fusil entre las manos, ante el sonido del silbato del general, que ordenará, porque así lo ha decidido la estrategia que requiere la toma del frente bávaro, el asalto de una multitud, contra las ametralladoras enemigas, contra la valentía adversaria. Ante aquella decisión, Andrée Madeleine Heuchling, musa nudista de la familia Renoir, presentará, en un arrebato de furia que detenta su prematura y fuerte personalidad, un disgusto, un enojo pasional, acaso un berrinche de dolor. Entre las enredaderas y las flores se perderá. Jean Renoir, vestido de teniente, con el traje adiestrado para la pronta batalla, la observará alejarse y no terminará de decidir si debe ir tras ella o debe quedarse, como termina haciéndolo, más por arrebatamiento de las circunstancias que por la conjetura de un determinismo intelectivo, en el medio del prado, donde tantas veces se acariciaron y se amaron. Pero la guerra es una realidad, y en los días posteriores, Jean Renoir, hijo de Pierre-Auguste Renoir, trabajador de los colores, estudioso de la piel, de lo bello, de los pechos y de las curvas, recibirá la noticia de que su hijo partirá nuevamente a combatir. Destrozado, Pierre-Auguste Renoir, le dirá que no tiente a la suerte, que no vaya a dejarse matar. En soledad, se dirá para sí mismo que es a los viejos, como él, a quienes deben enviar al frente de batalla, a combatir, y no a los jóvenes, no a sus hijos. Y en verdad que está viejo. Tiene la vista deteriorara, las manos con artritis, y un dolor que le impide caminar y, muchas veces, incluso dormir. Sus tantas sirvientas, que lo cuidan, que lo bañan y que lo trasladan en el sillón que él eligió para utilizar como base en su atelier, muchas noches serán despertadas por los gritos aterradores de aquel que llaman el patrón, por ser arremetido por las persistentes apariciones de su mujer, fallecida hace tiempo, que susurrándole al oído le informará que le ha enviado a una bella joven, que logra flotar entre el paisaje, para que pueda seguir pintando, en aquellos que serán los últimos años de su vida. Recordará, en tantas ocasiones, sentado a la mesa, o en su atelier, en compañía de sus modelos, que sus trabajos con el pincel comenzaron en una fábrica, que era el lugar en el que rutinariamente pintaba vajillas, platos, porcelanas, y que si no hubiese sido por su filosofía que abarca tanto su pensamiento como sus cuadros, de dejarse llevar por las circunstancias, nunca hubiera terminado por dedicarse a retratar. Sin embargo, no tendría problemas, dice Pierre-Augusto Renoir, en haber seguido trabajando en aquella fábrica, donde se inició, cuando tenía tan solo trece años. Pero a su hijo, Jean Renoir, lo fascinará otro tipo de arte, que en aquellos años se va formando paulatinamente, pero que ya posee una industria adecuada para receptar su vocación. El día que volvió de la guerra, herido, con las muletas oportunas que lo ayudaban a caminar, se dirigió hacia su antigua habitación, y ante la mirada de su hermano menor, recompuso el proyector que, en los días que siguieron, terminó por utilizar para accionar los fotogramas que irían convirtiendo aquellas películas en imágenes límpidas, de sendas expresiones silenciosas, ante la sumatoria de las mujeres de la casa. Sentada a su lado, en aquella ocasión, y previo a la confesión de que partiría nuevamente hacia donde se desarrollaba la guerra, Andrée Madeleine Heuchling le dará las gracias a su enamorado, a Jean Renoir, por dejarle ser parte del espectáculo que a todos maravilla. En los días siguientes, durmiendo juntos, ella recostada sobre su hombro, le hará prometer que la convertirá en actriz del cinematógrafo, que utilizarán las pinturas del padre para costear el trabajo y los aparatos e instrumentos, y personal que sean necesarios para llevar a cabo aquella empresa ensoñadora, que se diluye entre la luz tenue de las bujías que mantienen encendidas, luego de hacer el amor. Andrée Madeleine Heuchling será, con el tiempo, la destacada musa del cinematógrafo, de Jean Renoir. Habrá, de esa forma, operado la sucesión.

Jonatan Lukasievicz

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