Continuidad de poemarios ¿Es peligroso expandir la percepción?

Jonatan Lukasievicz Jueves 14 - Junio - 2018 Narraciones cinematográficas

 

Mother! (2017), de Darren Aronofsky.

I

Si un Poeta, errático y confuso, piensa, porque así lo ha resuelto junto a su esposa, que va a dedicar el tiempo a ver restaurar la vieja casa en el medio del campo, que es, además, un lugar de retiro o acaso claustro, entonces, es verídico y causal, la función, por demás intuitiva y áurica, de proponerse convertir una eufórica y angustiante realidad en una monumental obra de arte.

Pero antes, entre los pasillos y la sala de estar, entre su estudio donde están las hojas y el tintero, o en la habitación, donde están la cama y los retratos, comprende que él, precisamente él, el Poeta, ya no es, o acaso ya no puede llegar a ser, debido a que su otro libro, el anterior, es algo ya sólido en la estructura del mundo, que no logra contenerlo, a él, como esencia, y, justamente por ello es que debe, entonces, terminar de comprender que ya no es un poeta o siquiera un mero escritor, en todo el tiempo en el que no ejerza aquel acto ritual, nocturno y sombrío, de estar redactando, con la pluma elevada, la cabeza de costado sobre las palabras concentradas, una nueva gran obra, que logre posicionarlo en un estado que, nuevamente, logrará ser, mientras dure aquel acto y necesidad que se irá diluyendo, lentamente, cuando ya no lo esté ejerciendo. Es por eso, y ante la abrumadora inquietud del tiempo que arrasa, que para lograr dar con su cometido deberá, el Poeta, dejar entrar nuevas ideas a la casa en el llano y dentro del trigal. Y justamente esa resolución, errática y confusa, es el problema.

Desde el momento en el que ha permitido que ingrese aquel viejo y cansado forastero la estructura de la casa ha cambiado y, por eso, y si bien las tantas historias que divertidamente oirá le permitirá aventurar algún verso o estrofa, siquiera una palabra, lo cierto es que, lentamente, y más allá de los esfuerzos, coléricos e intolerables, de su joven esposa, la casa irá progresivamente desmoronándose. La hechicería aparecerá desde el momento en que permita se produzca la apertura de su percepción. Su esposa, en el lúgubre sótano o en el silencio de las paredes restauradas, será la primera en ser afectada por aquel acto, místico o maléfico, de permitir, entonces, que lo visiten extraños. Los forasteros, con la paciencia del ejercicio creativo, irán, progresivamente, colmando la casa.

El primer estado que el Poeta atravesará, como paso previo e indispensable para alcanzar la potestad de crear, será el del dolor, principalmente como espectador, en el cuerpo de los otros. La poderosa objeción de la muerte producirá, con la llegada del viejo forastero moribundo, la primera ruptura. Su esposa, intrigada, desconfiada, será la que se encargará de descubrir que aquella misteriosa visita, que aparenta error o casualidad, del viejo forastero al que secundará su esposa, fue un plan y no una ventura, y que precisamente el forastero había decidido, en sus días últimos, que deseaba ejercer el último acto de conocer al Poeta. Por su parte, el Poeta, que luego de un paseo por el campo con aquel, y luego de oír el descubrimiento que le ofreció su esposa, ha entendido que la visita fue planeada, cederá a la increíble y poderosa vanidad que, justamente, por ser un hacedor, no podrá eludir: ser admirado.

 

II

 

En el pórtico de la casa, el Poeta recibe los halagos de sus prosélitos y las lágrimas conmovidas de sus lectores que, en la noche y luego de atravesar cientos de kilómetros, y habiendo adquirido aquella primera edición, agotada en solo un día, recorrieron extensos caminos, con el solo fin de escuchar sus palabras, que son cálidas y complacientes, agradecidas, y de ver su rostro, que no dejará de sonreír ante los aplausos, los apretones de manos y los tantos abrazos.

-Como le decía, venimos de muy lejos, y yo siento que… bueno… estas palabras. Siento como si las hubiera escrito para mí.

-Claro que sí

Su esposa, que ha dejado la comida sobre la mesa, lista para festejar el éxito del Poeta, se verá sorprendida al ver a aquellos fanáticos que, acentuadas sus pasiones, comenzarán a corromper la casa, restaurada por ella, y a comer de lo servido.

-El Poeta dijo que podíamos compartir

Pero aquel es solo el principio. Porque aquellos forasteros, que han comenzado a ocupar la casa, y que duermen en un rincón o que descansan sobre los sillones de la sala, han decidido quedarse. Abruptamente, los ancianos primero, y luego todo el resto, arrancan maderos y puertas, hurtan cubiertos y jarrones, para poseer algo, cualquier cosa, que haya poseído el Poeta. Ella, la esposa y musa, sentirá el peligro de estar embarazada en una casa tomada por admiradores o lunáticos. Porque, la segunda etapa que debió atravesar el Poeta, para dar paso a la creación, fue el amor profano que concretó en un arrebato de gemidos y roses, con su esposa, y cuya conclusión fue, porque ella así lo entendió en una mañana luminosa en que sintió que estaba embarazada, que habían logrado crear algo juntos. El Poeta, con aquellos sentimientos que lo rodearon, y que divergen o convergen en extremos sensoriales, comprendió, apresurado y ungido, que estaban dadas las condiciones fortuitas que le permitirían imponer algo nuevo al mundo, y que iba a terminar por ser una nueva y monumental obra de arte.

-Anoche, esa gente. Su pena. El amor detrás de su pena. Y luego… tú. Nosotros. Y ahora eso. Vida. Me vino a la mente.

Ya sé qué decir. Fue cuando comenzó a escribir. Finalizado el trabajo, su esposa fue la primera en leer el volumen.

-Es hermoso, dirá con lágrimas en los ojos.

Pacientemente intentará comprender los actos sucesivos del Poeta, pero en tanto en las habitaciones del fondo han comenzado a danzar con un estatuario del manuscrito del libro, y en tanto en la entrada del estudio tapeado los peregrinos son santificados con tinta por un sacerdote de La Palabra, progresivamente la esposa, y ante la indiferencia del Poeta, comenzará a desconfiar de aquella gente que deambula, danza o predica, desde la noche en la que arribaron a la casa que ella, la inspiración, ha logrado restaurar.

- ¿No era mejor echarla abajo y empezar de nuevo?, le preguntaron una vez.

- No, es su casa, había respondido ella.

Pronto, los momentos de felicidad, que fueron abundantes en aplausos y en homenajes, mutan a diversas pesadillas, como límite al dejarse diluir de una obra que ya no es, que ya no contiene la esencia del Poeta. Y por ese motivo, es que los ungidos, los peregrinos, transformarán sus necesidades corporales o religiosas, hacia la propia vida del Poeta, a su cuerpo, a su carne y a su esposa. Unos correligionarios y disidentes de las prácticas blasfemias los ayudarán, al Poeta y a su esposa que tiene contracciones, a resguardarse, tirando abajo los maderos que protegían las incursiones peligrosas en el estudio, donde está el tintero, las hojas y la pluma. Y allí mismo, entre los griteríos ensordecedores de los peregrinos, la madre dará a luz, a un niño.

 

III

Sentada en el sillón, y con el bebé en brazos, sin permitir que el Poeta cargue con él, ella recibirá las ofrendas de los peregrinos que aguardan por fuera del estudio. Canastas con fruta y ropa limpio, y el silencio exterior será ofrecido a la celebración de aquella otra creación, que realizaron, como antes lo habían hecho con el nuevo libro, y que genera la admiración de aquellos que ahora acampan.

- ¿Qué están haciendo?

- Solo están… esperando.

- ¿Por qué no los echas?

- No quiero que se vayan.

- Déjame cargarlo.

- No, responde ella.

Durante los días que demoraron en comer las frutas o en ver cómo se pudrían los restos, el Poeta, sentado frente a ella y sin pestañear, la observa. También está a la espera, pero de que su esposa se duerma, para poder tomar al bebé de sus brazos. Y la resistencia que ella ofrece será finalmente vencida por el cansancio inmenso que le produjo el parto y todos aquellos sucesos anómalos que ocurrieron en la casa que ahora está casi en ruinas. Al despertar, nerviosa, oirá los aplausos y las ovaciones de aquellos seguidores que observan al Poeta alzar, en lo alto, a su nueva creación.

Asustada, angustiada, ella corre por su bebé. Pero no logra alcanzarlo entre las muchas personas que se van imponiendo en su camino, y solo alcanzará a ver que, en las alturas, la manta con el niño va transitando hacia donde se halla el sacerdote que ungió a los prosélitos. Será demasiado tarde cuando llegue, porque las hordas salvajes ya habrán devorado al niño.

- Mataron a mí bebé, dice llorando. Tú lo mataste.

- Perdóname. Lo siento mucho. Solo querían verlo. Solo querían tocarlo, y luego… Tú y yo debemos encontrar la manera… de perdonarlos, dice el Poeta.

Ella, entonces, huye al sótano. Con un encendedor prende la reserva de combustible. Cuando la casa explota, aniquilando a los forasteros y ungidos, el Poeta la carga en brazos. Ante ello, ella le permitirá arrancar su amor, dentro de su pecho. Fortuitamente la casa volverá a edificarse. De ese modo, el Poeta, y junto a su musa inspiradora, podrá, acabadas las pesadillas, comenzar a trabajar en aquellas nuevas ideas que permitirá ingresar a la casa para poder lograr, porque así lo ha resuelto, la creación de otra monumental obra de arte, no desprovistas de otras tantas incidencias posibles.

Jonatan Lukasievicz

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