Hannah Arendt - La banalidad del mal

Jonatan Lukasievicz Miercoles 26 - Abril - 2017 Narraciones cinematográficas

 

El miedo es mi atributo.
Franz Kafka

¿Puede una simple pasión ser el elemento de una serie de eventos que prefiguren un destino atroz o banal?

 

I

En los bosques del centro de Alemania, bajo las ramas entrelazadas que forman un techo vegetal filtrado por pequeños destellos solares, dirigidos hacia un suelo de tierras húmedas, y alfombrado por despojos de hojas agrietadas sobre un subsuelo de alimañas, hongos e insectos, dos personas caminan, lentamente. Han superado la madurez y ahora el visible atardecer los ha vuelto a convocar. En ese bosque antiguo, que puede ser cualquier bosque, de cualquier rincón del mundo, pero que termina por ser uno en donde las balas de artillería alemana defendieron los suburbios de una metrópolis pronta a ser invadida, caminan y conversan. Una de ellas es Hannah Arendt, periodista de origen judío. El otro es Martín Heidegger, filósofo alemán. En las profundidades, las raíces se entrelazan. En las alturas, las ramas se enredan. Y más allá de que visiblemente a la altura de sus pasos los troncos configuren entes diferentes e individuales, acaso un árbol sea todos los árboles, y acaso un bosque sea todos los bosques. ¿Fue allí el lugar en dónde caminaron los dinosaurios? ¿O fue allí en donde bajo una orden incuestionable de militares argentinos se fusilaron a subversivos?
Caminan. Van uno al lado del otro. De a ratos se observan. De a ratos discuten o callan. Una hoja se desprende de una rama, dibuja una acrobacia cíclica y va a parar al espeso follaje histórico. En ese contexto, siendo parte de un sueño de una siesta de verano, y desde las galerías antiguas formadas por troncos amurallados y por cantos de pájaros, caminan. Hannah observa a Martín Heidegger. Y camina. Han pasado muchos años desde que ella fuera su alumna, y acaso ya no sea tan joven y pasional. Pero en ese bosque de enormes árboles antiguos, y dando pasos lentos y seguros, el pasado vuelve. Sin poder contener una pasión primaria, Hannah articula palabras o sensaciones: ¿Cómo puede ser que Martín Heidegger haya defendido al nazismo? Y si en verdad no lo ha defendido, sino que no ha tenido el conocimiento político suficiente para manejar la situación, ¿por qué no se explicó en público para terminar por aclararlo todo? ¿Y cuál es el fin de su filosofía del no-Ser y de la angustia? Y entonces una conversación que sucede en un bosque cualquiera se retrotrae a otro inicio, en donde aquella vez, y desde la cátedra pomposa de la universidad de Friburgo, con las manos apoyadas sobre el púlpito y sosteniendo la mirada fija en la joven Hannah –quien en ese momento fuera su alumna, su discípula, su amante- dice con voz firme y relajada, para que lo oigan o para que solo ella lo oiga: que pensar no genera sabiduría práctica y útil. Y ante ese dictamen, y desde las gradas, los alumnos que colman la sala no comprender o no pueden entender las ramificaciones de esas palabras. Pero todas esas personas a Martín Heidegger no le interesan y bien podrían fulminarse en la nada. Porque mientras Hannah persista, y lo observe con respiración agitada y sin pestañear desde las primeras filas, todo estaría justificado. En otro discurso similar, Heidegger, al ser nombrado rector de esa misma universidad, exaltaría las virtudes del nazismo, se afiliaría incuestionablemente al nacionalsocialismo e incluso, terminada la guerra total, seguiría persistiendo en su pasión. Heidegger terminaría por ser un engranaje del totalitarismo.
Al transitar por ese bosque, otra hoja se desprende de una rama enredada en tantas otras ramas que reposan en las alturas, y va a parar a otras tantas hojas sueltas que reposan en la tierra húmeda, que esconde los cimientos de tantas raíces, también, enredadas. Pero caminar por ese bosque trae otros recuerdos, y una biblioteca es la industrialización de los pensamientos aglutinados en hojas que reposan en tantos libros ordenados prolijamente en estantes de madera, que cubren todas las paredes. Hannah, de pie en el despacho de Martín Heidegger, y siendo observada por unos ojos inquisidores detrás de un escritorio rectangular -con la puerta cerrada y sin que nadie moleste- a veces dando pequeños pasos de acercamiento hacia su interlocutor que reposa estático en su sillón de maderas expuestas, dirá, pasionalmente, mientras inclina lentamente la cabeza y mueve sensualmente su boca, su lengua, su mirada, algunas palabras, y tantas otras palabras que ya no importarán, porque acaso lo importante no se figure en oraciones, sino en acciones.
Era, entonces, en la década de mil novecientos veinte, una relación prohibida entre un profesor y su discípula. Hannah Arendt y Martín Heidegger. Pero esa relación quedará en el pasado y Hannah se convertirá en una filósofa política de renombre. Hasta que un día marchito de su propio atardecer, cuatro décadas más adelante, en una habitación colmada por el humo de cigarrillo y rodeada de libros y enciclopedias, y luego de una siesta en un cómodo sillón de su despacho, Hannah comprenderá, como si fuera parte de un sueño, que el pasado siempre vuelve. Pero precisamente, ese retorno le otorgará la oportunidad de afrontarse a ella misma o, en todo caso, de explicarse.
De abril a junio de mil novecientos sesenta y uno, Hannah Arendt cubrió, como corresponsal de una revista neoyorkina, el proceso llevado a cabo contra Adolf Eichmann, quien fuera un elemento más del Tercer Reich, o porqué no un jerarca nazi o sino un genocida. En la pampa Argentina, un año antes del proceso judicial, Eichmann había sido ilícitamente secuestrado por el servicio de inteligencia israelí, y había sido llevado, para su juzgamiento, a los estrados de la justicia de Jerusalén. En ese lugar, y por un tiempo que duró por siempre, fue exhibido en una pecera de vidrio blindada, y los bares y cafés y restaurantes de toda la ciudad habían terminado por convertirse en los centros de polémicas repetidas más controvertidas sobre la participación y el genocidio perpetrado por Eichmann, cuyo nombre de pila serviría para ser un símbolo de otro juzgamiento, que jamás llegó a acontecer. Pero Hannah, escribiendo presuntuosamente, palabra tras palabra, consideraría, para horror de sus lectores, que Adolf Eichmann podría no haber sido culpable de los crímenes de los cuales se lo acusaba. Las muchedumbres en las plazas, desde los estrados, en ruedas de prensa, o sobre prensa escrita, no dejarán de condenar a quien está siendo juzgado, previamente. Pero ante esa conjunción iracunda y pasional, Hannah, pasionalmente, defenderá la postura de un hombre que está pronto a ser colgado. Esta es la crónica de su juicio.

 

II

En el principio, la geometría. Cercado por alambres de púa y por esquinas fortificadas que en su interior contienen a centinelas armados con carabinas y granadas, las barracas rectangulares, construidas una junto a la otra y erigidas en el centro del complejo, duermen a miles de prisioneros que lucen iguales: cabezas rapadas, uniforme gris a rayas y tatuajes numerados que suprimen la personalidad. El hedor de los cuerpos putrefactos, los desperdicios orgánicos y la peste general lo invaden todo, pero los generales y soldados alemanes, desde la Comandancia, ubicada al otro extremo del campo de concentración de Auschwitz, se sienten solo verdugos o turistas en un perímetro delimitado que es la representación más perfecta de la angustia. En el juicio, los testimonios sobre campos de concentración de ese estilo serán muchos y Adolf Eichmann, detrás de sus gruesos anteojos y con una mueca de ansiedad dibujada en su rostro, oirá a decenas de judíos que lo llamarán “el depredador” y que al juzgarlo tratarán de aclarar una etapa de sus vidas. Quizás la etapa en la que no eran.
Hannah, se pasea y fuma. Observa el relato de Eichmann y toma nota en la sala de prensa, rodeada de periodistas de todo el mundo. Los testimonios se suceden unos a otros, con pequeñas variantes: Los prisioneros, ensimismados, alienados, marchaban en fila con las pocas pertenencias que habían podido meter en sus inmensas valijas, por un corredor custodiado por soldados del Tercer Reich, hacia los vagones de carga sin ventanas que se erigían precedidos por una ruidosa locomotora repleta de engranajes, sobre las vías calientes que conducían a un viaje, sin duda peligroso, hacia la nada. Uno a uno y bajo la dirección de los soldados, los judíos iban ingresando a los vagones. Permanecían sobre ellos, sin rumbo y sin información, hasta que una orden oportuna los apartaba de esa región intermedia, para ser transportarlos a campos de concentración meticulosamente planificados. Algunos vagones eran vaciados, íntegros, y los prisioneros sufrían durante años vejaciones, hambre y angustia. En tanto otros vagones no lograban sufrir ni sentir angustia. Eran previamente gaseados en un destino anterior. Las maletas y las viejas prendas de vestir eran examinadas íntegramente, buscando algún objeto de valor que pudiera servir a enriquecer aun más las filas del Reich. Desde los estrados el testimonio de un sobreviviente retumba en las paredes: Subimos mil doscientos. Sobrevivimos solo doscientos.
Eichmann, desde su pecera blindada, se pone de pie y dictamina fríamente que él no sabía a dónde iban los trenes, y que tampoco podía saber que los prisioneros, que eran transportados hacia los campos de concentración, serían condenados a trabajos forzados, a pasar hambre, y a ser gaseados, llegado el momento. Eichmann, de pie y ante la mirada de todos los integrantes del Tribunal, con las manos reposando a ambos lados, luciendo un traje azul y pulcro, afirma que su función en la cadena de eventos ínfimos pero determinantes en la historia del mundo, era la de ser el responsable del departamento 4B-4 de la Oficina de Seguridad del Tercer Reich. Su función, decidir cuantos prisioneros cabían en los vagones y llevar un registro exhaustivo de cada uno de ellos. Afirma que su tarea era la de un burócrata siguiendo un procedimiento administrativo, y que un juramento que había tomado ante el ejército lo obligaba a cumplir con su deber, sin cuestionar las órdenes.
Ese alegato quedará resonando en los tímpanos de toda Jerusalén y en cuando Hannah se encuentre más tarde en un café con otros intelectuales, no podrá dejar de recordar, pensativa y distante, ante los oídos de quienes no quieren oír otras versiones de los hechos, que acaso Eichmann no sea antisemita, y que probablemente ni siquiera sea un genocida, sino que más bien haya sido solo un simple burócrata. Las palabras seguirán su curso y las discusiones se acentuaran. Pero, irremediablemente, como Fausto, Eichmann había vendido su alma al diablo. Un conflicto histórico entre el deber y la consciencia. Interrogado por el fiscal sobre su juramento de deber, plantea una paradoja. ¿Si Adolf Hitler le hubiera probado que su padre era traidor, lo hubiera matado?, y ante la respuesta afirmativa, el fiscal detona otra pregunta más inquisidora: ¿Hitler le ha probado a usted que los judíos debían ser exterminados?... Eichmann: Yo no los exterminé.
Hannah Arendt persistirá en su conjetura y considerará a Eichmann solo un engranaje en la burocracia del Reich. Cualquier burócrata, con número de legajo, uniforme de traje azul, horarios delimitados y siguiendo órdenes podría llegar a ser un equivalente -salvando las distancias- de otro prisionero de guerra, pero a la inversa, y formando parte de las mismas filas, bajo fuego cruzado amigo. En un campo de concentración, los reclusos pierden la identidad y son uno más, aglutinados o apilados, en las barracas de madera. En una oficina burocrática, siguiendo rigurosos procedimientos administrativos y limitados por un juramento de lealtad cuyo incumplimiento acarrea el fusilamiento, los empleados también estarán desprovistos de pensamiento y de identidad. Eichmann, afirma Hannah, simplemente era incapaz de pensar… El mal no proviene del egoísmo, sino de convertir a los seres humanos en superfluos. Eichmann, rutinariamente, llenando planilla tras planilla y detallando los contenidos de carga de los vagones prontos a salir hacia un destino que no era su función asignada, solo fue una hoja en el viento, impulsada a formar parte de las filas del Reich. Y en ese contexto de pensamientos, afianzando su idea de que Eichmann fue solo un engranaje al que no se le puede acusar de otra cosa más que del no-Ser, dictaminará que si lo condenan a morir colgado ante la mirada del verdugo, estarían probando que un simple engranaje en el sistema es determinante para que la historia del mundo acontezca y, bajo esa red de pensamientos, Hannah dice que los líderes judíos, casi sin excepción, cooperaron de una manera u otra, por un motivo o por otro, con los nazis. Ella sabe muy bien que así como Eichmann, cuyo nombre de pila es Adolf, es un símbolo de otra realidad aun más atroz o, precisamente, banal, ese juicio también termina por ser otro símbolo de otra realidad, que la incluye, y que a su vez también incluye a otro engranaje del nazismo: a Martín Heidegger. Y entonces, el Tribunal de Jerusalén debe entender que al juzgar y condenar a un engranaje del sistema, a un burócrata intermedio en la encadenación de eventos que llevaron a exterminar a millones de judíos, también el menor gesto cooperativo de los líderes judíos durante el holocausto, es parte esencial de su propio destino. Pero justamente, y siguiendo las ideas de Heidegger, los judíos, en los campos de concertación, sintieron la posibilidad inmediata de la nada. Parados en fila, desnudos, observando ingresar a sus familiares a las duchas donde iban a ser gaseados, o sino con solo escuchar las historias posteriores de los sobrevivientes, han podido comprender la angustia que precede a convertirse en un Ser-auténtico. Heidegger afirma que no aceptar la posibilidad de la nada, no ceder ante la intrascendencia del Ser nos convierte en seres inauténticos, y que solo la posibilidad de aventurarse a un destino de no-Ser, de fulminarse en la nada absoluta como un cohete espacial disparado hacia los límites del Universo, es el único camino conductor hacia la autentica potencialidad de Ser-en-el-mundo. Afirma, Heidegger, que un Yo aislado, sin entrelazamiento o sin enredarse en el bosque de los otros, no es. Entonces, ¿Qué tipo de engranaje es Martín Heidegger? ¿Qué tipo de engranaje es Hannah Arendt?
Como en un sueño que implosiona lentamente, las imágenes vuelven desde la nada y una escena persiste en la memoria de dos. Un despacho. Libros como paredes. Un escritorio. Una pasión.
Hannah: Quiero enseñarle a pensar.
Heidegger: Pensar es una actividad solitaria.

 

III

Desde las alturas se abre la puerta y entra Hannah. Va bajando firmemente, sin hacer contacto con sus alumnos, por las gradas interminables del aula magna. Ha decidido enfrentarlos. Sabe que entre las gradas hay más de un infiltrado y también más de un profesor que solo quiere destituirla. Durante las ultimas semanas y luego de que se publicara su justificación de Adolf Eichmann, no ha parado de recibir correo intimidatorio o sino llamadas anónimas de amenaza de muerte. Su conclusión al proceso en el cual el acusado fue finalmente colgado, para la alegría de toda Jerusalén, fue un libro de unas trescientas paginas en los cuales analiza lo que ella da en llamar: la banalidad del mal. Una vez, bajo unos enormes árboles antiguos, le había preguntado a Martín Heidegger por qué había apoyado al nazismo, y luego de escuchar que en verdad él no había tenido la habilidad política para comprender la situación, le había reprochado su negativa a dar explicaciones en público. Hannah consideró a Heidegger como un engranaje del nazismo. Una parte ínfima, pero sin la cual el poder del Tercer Reich se hubiera debilitado. De alguna forma a Hannah, al haber sido amante de Heidegger durante esa etapa en la cual éste se había aventurado a un nuevo destino, la haría sentir culpable de que haya tenido el ánimo suficiente para encaminar sus días. Porque si bien era un filósofo de renombre, acaso el amor de una joven y hermosa mujer podría haber sido clave en las decisiones ínfimas pero determinantes de la historia del mundo y de sus días. Hannah sabe que no quiere ser un engranaje del nazismo. El juicio a Adolf Eichmann fue un símbolo para el pueblo judío, una especie de juzgamiento al Führer. Pero también, un símbolo para Hannah, en el cual, si decidía y aceptaba que Eichmann además de un simple burócrata era una parte esencial del proceso de exterminio ella podría haber sido una parte esencial, un engranaje, que como tantos líderes judíos que colaboraron con el Reich, más bien habrían colaborado con su propio exterminio.
De pie, con el pizarrón por detrás, saca un estuche de cigarrillos rubios y pide permiso para fumar. Una intensa pitada le devuelve la tranquilidad que hace unos días ha perdido. Entonces, levanta la mirada y se dirige a sus alumnos, que la escuchan atentos: Eichmann era una persona, no una ideología, no representaba… Eichmann no-era…No tenía cualidades personales… Solo seguía órdenes… Y ante esos dictámenes, las objeciones se suceden y un interlocutor irrumpe abruptamente, pero Hannah sabe acallarlo y continuar con su exposición o, porqué no, con su catarsis: El mayor mal es cometido por los don nadie, sin motivos, sin convicciones, sin corazones malvados, ni convicciones demoníacas, por seres humanos que se rehúsan a ser personas… y esa podría ser la explicación de la banalidad del mal. Eichmann se negó a ser un ser humano, se negó a tener la cualidad de pensar… La incapacidad de pensar crea que hombres comunes cometan grandes crímenes… La manifestación del viento del pensamiento no es el conocimiento, sino la capacidad de diferenciar el bien del mal, lo hermoso de lo feo… Al estar aventurados al mundo sin un rumbo preciso, o al no aceptar que precisamente ese rumbo sea la fulminación, la muerte, la nada absoluta, los seres humanos, entendidos como unidad o como pueblo, no son, y se convierten en seres inauténticos. Los judíos, en los campos de concentración, sufrieron la angustia que precede a Ser. De alguna forma, engranajes como Martín Heidegger y Hannah Arendt fueron determinantes para que el pueblo judío, entendido como entrelazamiento de personas, logre Ser. A la angustia total le sigue la aceptación de la posibilidad de la nada, pero ante ese vértigo, las personas y los pueblos vuelven a empezar, y se vuelven seres auténticos. ¿Sin el totalitarismo hubiésemos entendido la verdadera naturaleza del mal? ¿Hubiésemos entendido masivamente la angustia? ¿Es el mal un engranaje previo a cualquier lucidez?
En la soledad de su despacho, interrogada por la nada misma, Hannah habla: Todos están tratando de notar que me equivoco, pero nadie notó mi único error verdadero… El mal no puede ser banal y radical a la vez.

Jonatan Lukasievicz

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