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Melisa Liebenthal 17 - Septiembre - 2017 Columna de Melisa Liebenthal


Hoy voy a permitirme ser más asertiva y unilateral, y hablar en términos algo generales, decir “esto así y no así”. Me pasa que a veces alguien me recuerda algo que dije en un momento de fervor dictaminador, de haberme subido al caballo de las opiniones tajantes (como si eso me hiciera ver más segura, o porque muchas veces la comunicación necesita de más aserciones y menos dudas), y no puedo creer las palabras que en algún momento salieron de mi boca. Soy una veleta, un panqueque, pero ¿quién se mantiene igual a sí misma en sus pensamientos a través del tiempo? Supongo que los pensamientos de los que más seguridad tengo son aquellos que tienen tiempo de crecer en mí, al contrario de una opinión gratuita.
Lo importante para conservar la credibilidad, ante una misma al menos, es siempre dar una marca temporal. Entonces:
Hoy por hoy, cuando veo una película, veo cómo está hecha. No me importa mucho la trama, me importa la propuesta que me hace.
A las películas no hay que pedirles nada más de lo que otorgan. Dicho esto, lo que busco ver en una película es básicamente la proyección de un deseo por un mundo mejor. No un discurso optimista ingenuo, negador, falsamente tranquilizante, perezoso; sino ver que el relato está tejido por una mirada humana, respetuosa y amorosa, y por ende nos está proponiendo que miremos de esa forma.
Creo que el cine tiene el poder de presentar formas de relacionarse humanas y complejas y de cuestionar aquello que nos restringe en nuestro potencial de expansión y alegría. Es de esa forma que nos pone en contacto con nuestra propia humanidad.
 “Que las películas cuestionen la realidad y no la afirmen” dijo Lucrecia Martel el viernes pasado.
La realidad tiene elementos de mierda y si van a aparecer en una película, quiero verlos cuestionados, puestos en crisis. No me interesa verlos simplemente presentados “porque así es la vida y qué va a ser”. La materia ideológica cobra para mí un peso tan importante como la propuesta formal cinematográfica, aunque ambas instancias conforman la propuesta estética de la película y no son disociables realmente. No me interesa ver en una película la reproducción ingenua o inconsciente de formas coercitivas.
Me pasó algo así viendo El desprecio de JL Godard. Presenta situaciones de misoginia naturalizadas sin que la película se haga cargo de eso, sin que eso se ponga mínimamente en jaque. Como si tocarle el culo a la secretaria al pasar fuera una acción al mismo nivel que prenderse un cigarrillo: un detalle que suma un poco a la construcción del personaje y nada que precise de mayor reflexión. Y es Godard, no Desperate Housewives.
En otra entrega en este mismo espacio hablé de Desperate Housewives y terminé diciendo algo con lo que sigo de acuerdo: “Por suerte puedo identificar esos modelos de conducta que alguna vez me marcaron pero que ya no deseo. Sin embargo su marca no se borró del todo, y allí radica el poder de estos relatos, pero sobre todo de aquellos que los generan, para reforzar y transmitir los valores sociales que deseen.”
En este sentido, sí creo en la idea de mensaje dentro del cine, o del arte, y en esa responsabilidad: poniendo un relato en el mundo para que otros lo reciban, una tiene la responsabilidad sobre lo que muestra y promueve, y puede usar ese espacio y esa difusión, por mayor o menor que sea, para, en lo posible devolverle “al mundo” una mirada humana, y por humana quiero decir respetuosa, consciente de las contradicciones y de las luchas, despejada de prejuicios.

Buenos Aires, 17 de septiembre

Melisa Liebenthal

melisaliebenthal@caligari.com.ar

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