Las palabras son fachadas

Melisa Liebenthal 18 - Junio - 2017 Columna de Melisa Liebenthal


En esa conversación nada era claro ni directo. Las palabras eran fachadas y cualquier cosa podía ser indicio de otra.

Una conversación que es una evaluación, un intento de adivinar las intenciones del otro.

Estaba buscando el camino para bajar a una playa a la que nunca había ido. Era mediodía, con 40 grados y el pueblo desierto. El acceso a la playa no estaba señalizado y di muchas vueltas, preguntando a varias personas que me dirigían a un lugar donde solo veía un paraje que daba al vacío, y debajo se podía ver, pequeña a la distancia, la playa. De todas formas se podía interpretar una especie de camino y empecé a meterme por un sector lleno de escombros y vegetación seca. Me preocupaba insolarme.
Inmediatamente aparece un tipo que me detiene y me dice que no vaya por ahí porque es muy peligroso. Me indica el camino correcto que estaba al lado, escondido. Le agradezco. Me ofrece mango, o coco. Le digo que no. Me pregunta si fumo. Dudo. Le digo que no. Me dice que podemos fumar juntos. Me hago la boluda y bajo a la playa. “Bajar” no es una forma de decir metafórica en este caso. El pueblo se encuentra en altura y la playa, bajando una pendiente empinada.
En la playa había literalmente dos personas. El mar profundo y agitado. Algunas palmeras que daban sombra. Detrás de la playa, un hotel venido a menos con un sector de piscina abandonado, con toboganes y temática marina.
Antes de irme de la playa, cuando la acción que ocupa este relato ya había pasado, fui al baño del hotel y había un escorpión muerto. Me cobraron diez pesos mexicanos por el uso.

En resumen era una playa sin explotación turística. Virgen. Ahora me doy cuenta de que esa soledad puede ser insegura. No había gente y la playa aislada, rodeada de paredes rocosas. Tal vez es bastante obvio pero en ese momento no lo pensé.

Estaba instalada a la sombra cuando vi bajar al tipo de los mangos y los cocos. Ya me había metido al mar una vez. Apenas me adentraba un poco ya dejaba de hacer pie.
Entonces lo veo aparecer. Corro la mirada y sigo leyendo. Internamente hago un pedido por que no se me acerque. Pero viene directamente hacia mí y se sienta al lado mío. El otro se queda lejos, a la sombra de una palmera. Recién ahora menciono al otro, que también estaba arriba, pero siempre detrás, fuera de foco; solo ahora cobraba una entidad por quedarse rezagado… ¿esperando? ¿Esperando qué?
Comienza la escena. Un diálogo en el que nadie dijo nada aunque las palabras se articularan una detrás de otra.
Me dio unos mangos en una bolsa que rechacé. Me ofreció coco, porro, una caminata para avistar tortugas por una agrupación de rocas, siempre solitarias, que se veían no tan lejos. Yo contestaba secamente pero en verdad solo quería preguntarle qué carajo quería de mí.
Esto se hizo más claro cuando hizo alusión a su pinga y se cristalizó cuando me ofreció un masaje de piernas.
El sentido que inmediatamente le atribuí a todo esto fue que me estaba ofreciendo sexo a cambio de algo material, y no porque quisiera estar conmigo particularmente. Que él era una especie de gigoló, o que buscaba mantenimiento por unos días mientras yo estuviera ahí.
Cuando me ofreció ir a caminar por las rocas dijo algo que daba a entender que ya había llevado a otras turistas a pasear por ahí. Eso me parece un indicio bastante claro, en retrospectiva, y funciona para sustentar mi teoría que después varias personas objetaron. Las personas a las que se lo conté me dijeron que el tipo solo me quería levantar. Lo cierto es que no puedo señalar nada concreto que demuestre que él no estaba queriendo solamente eso. Mi fundamento es del orden de la intuición. En su acercamiento no sentía ni veía un interés hacia mí en particular. Él buscaba otra cosa.
La conversación tal vez haya durado entre cinco y diez minutos. Pero se erigió en un tiempo suspendido de indeterminación, de huecos que en mi cabeza buscaba rellenar. En esos huecos habita el juego. Mi negación era constante pero tal vez no era rotunda porque la oferta en la superficie, en las palabras-fachada, era una cosa que no necesitaba rechazar tajantemente. Sí, en verdad sí quiero el mango. Pero no sería el mango lo que estoy aceptando. Aceptar el mango implica también abrirle la puerta a otra cosa, que tampoco sabía ni sé bien qué es.
Tal vez cinco o siete años atrás hubiera aceptado los mangos. No sé si la caminata para ver a las tortugas. Eso es un poco preocupante.

¿Era evidente o no era evidente el tipo en su intención, si ni siquiera estoy segura de cuál era su intención? De lo que sí estoy segura es que una parte de su acto decía algo que él no estaba diciendo en palabras. Se percibía algo camuflado y eso lo volvía sospechoso.

Entonces lo que recuerdo de esa conversación es la seguidilla de ofertas. Luego recuerdo cuando me pregunta porqué no me depilo. De ahí engancha a decir que él a veces se recorta el vello de “ahí abajo” porque sino “la pierde”. Ahí intento cortar la situación y que se vaya. Me ofrece el masaje de piernas. Le digo no, que quiero estar sola, adiós. Y más o menos luego de eso se va.

 

Supongo que hay conversaciones que son más francas, donde las palabras están alineadas con las intenciones, y otras donde las palabras solo funcionan para rellenar el silencio y para camuflar las agendas personales, las emociones o lo que de verdad está pasando; aunque finalmente las palabras siempre funcionan un poco para eso.

Cuando volví arriba, vi este grafiti que pretendía marcar el acceso a la playa.


Buenos Aires, 18 junio

Melisa Liebenthal

melisaliebenthal@caligari.com.ar

Las palabras son fachadas