Modelo de vida

Melisa Liebenthal Jueves 23 - Marzo - 2017 Columna de Melisa Liebenthal


Me gusta cuando de repente me doy cuenta de que acabo de entender algo muy simple que antes sólo entendía lógicamente, pero no realmente, porque no lo sentía. Fichas que caen tarde, tardísimo. Me fascina la profundidad de lo simple, todo el camino que es necesario recorrer para entender ciertas cosas que al principio creo entender inmediatamente pero es tiempo después que cobran una dimensión mucho más profunda.

El hecho de que los medios como la TV o el cine proponen modelos de conducta a seguir, insuflan y dan forma a los deseos colectivos y son espacios para verse representado y reflejado no era ciertamente ninguna novedad para mí hace unas semanas. Pero esa gran ficha cayó con renovada fuerza en las últimas semanas volviendo a ver Desperate Housewives en Netflix.

La serie me captó por su tono posmodernamente irónico y su humor ácido y retorcido. El modelo de conducta que proyecta se me volvió cristalino bastante rápido, tal vez por lo añejo y desactualizado que resulta: en el fondo, lo que me dice Desperate Housewives es que lo más importante en la vida de una mujer es ser madre, y no sólo eso, sino ser una BUENA madre. Valores que yo creía completamente aniquilados pasan aquí con total seguridad y sin cuestionamientos.

Para acompañar este mensaje, la serie reproduce, completamente naturalizadas, todas las formas misóginas y sexistas posibles de relacionarse, sin (casi) nunca ponerlas en duda. Los hombres no cesan de forzar a las mujeres para comenzar o quedarse en relaciones que ellas claramente no desean, en nombre del amor y de luchar por éste. Y eso es romántico. Las mujeres no cesan de competir entre sí por hombres y éstos son el sentido de la existencia para ellas. Cuando finalmente algo de la trama narrativa de Gabrielle me resulta interesante (comienza a dar clases de autoconfianza y belleza para un grupo de niñas), eso queda completamente relegado frente a la aparición de un atractivo padre soltero que se vuelve su prioridad (y la de la serie). Más allá de la cuestión sexista, la serie se basa en los secretos, las mentiras y el cinismo que atraviesan todas las relaciones de sus personajes. Es particularmente oscuro un episodio en el que uno de los esposos sustituye los anticonceptivos que toma su mujer, que no quiere tener hijos, por otra pastilla para dejarla embarazada sin que ella pueda hacer nada al respecto. Esto es tratado en la serie como cualquier otro de los problemas de la pareja, sin otorgarle mayor peso.

 

Probablemente esté muy alejada del mundo de las telenovelas. No es algo de lo que me jacte. En el mundo progre-liberal en el que me muevo hacía mucho que no veía algo que avalara tan inescrupulosamente este tipo de ideología, definida por la misma serie como “republicana” (de EEUU).

El matrimonio es una institución sagrada. Un hijo gay es un problema. Frente a un embarazo no deseado no se menciona ni en sueños, ni para rechazarla, la palabra aborto. Y en esos momentos la serie no toma distancia respecto de sus personajes: está de acuerdo.

A lo que voy con todo esto es que, aún mirando la serie con constante distancia y autoconsciencia crítica, no puedo evitar que ciertas cosas permeen.

Reconozco la idea del romanticismo y del amor de pareja con la que de alguna forma crecí. Esta serie es contemporánea a mis 14 años y algo de las reglas de ese mundo no se apagó del todo. De repente me encuentro preguntándome seriamente cosas de las que en otro momento me hubiera reído, al menos interiormente, con sarcasmo: ¿Qué hay de malo con el valor de la familia unida? ¿Qué hay de malo con dedicarse a la maternidad y a mantener un matrimonio a través de los años y de los obstáculos?

A pesar de todas las barrabasadas ideológicas que fluyen a través de la serie, me parece en rasgos generales un buen producto. En parte porque logra que esos valores, tan opuestos a los que circulan hoy en día, en la serie Girls por ejemplo, reluzcan frente a mis ojos con cierto brillo atractivo.

La serie no es feminista, pero tampoco es despreciable por eso. Tiene momentos pavorosos como los antes mencionados pero no pide disculpas.

Por suerte puedo identificar esos modelos de conducta que alguna vez me marcaron pero que ya no deseo. Sin embargo su marca no se borró del todo, y allí radica el poder de estos relatos, pero sobre todo de aquellos que los generan, para reforzar y transmitir los valores sociales que más les plazcan.


Buenos Aires, 23 de marzo

Melisa Liebenthal

melisaliebenthal@caligari.com.ar

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