Pasillo

Maria Florencia Sosa Domingo 2 - Octubre - 2016 Columna de Maria Florencia Sosa

Estoy sentada ante una pequeña mesa negra contra una de las paredes del pasillo de un Ministerio de la Nación. Es un pasillo ancho, creo que no molesto a los que cada tanto pasan de un lado o del otro y no parecen asombrarse de que haya una chica con papeles y una notebook sobre una mesa en el medio del pasillo. No es que deba causar asombro a nadie, ¿pero en serio, no le parece raro a nadie? No. Ellos parecen entender mejor que yo lo que hago acá. No hago mucho en verdad, ahora escribo porque no tengo una tarea, espero. Me quedan 57 minutos de batería, no hay ningún enchufe cerca. Estoy frente a la puerta del baño. Y al lado de un salón de reuniones o conferencias. Me llegan palabras en inglés de un simposio (asisto a los que lo organizan, pero no participo). También llega el sonido constante de una máquina que no distingo, quizá es un motor de algo. Una señora pasa sonriente y me dice “qué rico olor a café”. Es que además de mi mesita, más alejada preparan en una mesa más grande las medialunas y el café para el coffee break. Otras chicas pasan diciendo “no pueden poner esto acá, conviden”. Hay un pelado que entra y sale de la sala de conferencias y se aleja para hablar por teléfono. De una ventanilla, sólo alcanzo a ver manos que se asoman para recibir o entregar carpetas de expedientes. Hay un matafuegos; carteles de “prohibido fumar”; flechas que indican hacia qué dirección salir, cámaras de seguridad, luces de tubo blancas; una cartelera con vitrina; el banner que trajimos del lugar en el que trabajo. El techo es bajo y está pintado de blanco, las paredes son de un amarillo medio viejo y feo. En un tramo del pasillo hay unas fotos en blanco y negro, enmarcadas y colgadas con tanzas. Me acerqué a mirarlas hace un rato y me parecieron buenas. Me gusta una de un señor que sostiene a upa a un perro en la entrada de lo que parece ser un almacén en San Telmo. Miro la hora y me parece que falta mucho para que termine mi jornada laboral. Y además es Lunes. Ahí vuelve el pelado (me parece que ya no merece su certificado de asistencia).
Tengo el archivo del guión abierto, avanzo con unas escenas. Me trabo. Releo otras y me gustan. Pasa una chica que me saluda. Pienso que me está dando hambre aunque almorcé hace un rato, y que me comería una medialuna.
Se detiene el sonido que parecía de motor y se me aclara la mente. Un muchacho de traje, mientras espera que le sirvan un café, mira las fotos sin verlas, y comenta “¿qué tienen que hacer estas fotos en la pared de un Ministerio?”. Me da un poco de lástima el chico. Pero entiendo que este trabajo es mi pasillo y ya pronto voy a terminar de atravesarlo para llegar a algún otro lado.
La computadora me avisa que queda 10% de batería. Mejor apago.

 

María Florencia Sosa

flososa@caligari.com