Fin de fiesta

María Canale Domingo 11 - Diciembre - 2016 Columna de María Canale


Noviembre / diciembre.
Ya tengo 30 años.
La tesis de licenciatura entregada.
Mi departamento hogar de los últimos 7 años vendido.
Nuevos amigos, viejos amigos.
Nuevas pieles, la mía, la de otros.
Mi primer convivencia con amiga hermana Rocío, la futura convivencia con mi hermano Nicolás.

Tengo la sensación de que inicia un nuevo capítulo, un nuevo episodio, un nuevo movimiento.

En medio de todo este malambo me fui al Festival de cine de Mar del Plata. Estando ahí me di cuenta de que lo que más quería hacer era estar de vacaciones, correr todo lo que pudiese por la rambla, meterme al mar helado y bailar con mis amigos. Y eso fue lo que hice.
Hay momentos, por lo menos en mi profesión, en que uno vive a través de contar otras vidas, en que se vive en la ficción, en las historias, en la piel de los personajes, en los universos paralelos de los rodajes, los ensayos, las funciones. Hay otros momentos en que uno vive su vida, en los que no hay lugar para la ficción.


No puedo saber bien si mi decepción ante la programación del festival tuvo que ver con que tenía más ganas de vivir mi vida que de entregarme a las vivencias ajenas, o a que fue bastante mala la selección de películas, o a que tuve mala suerte al elegir qué películas ver.
Me levanté y me fui de casi todas las funciones, prefería estar en la playa, o haciendo skate (nuevo descubrimiento), o ir a tomar una cerveza. Me daba la sensación de que todas las películas eran la copia de alguna película anterior, de que los directores están en cualquiera. A muchos les preguntaría: ¿Qué te conmueve contar de todo esto? ¿Así de solos dejaste a tus actores librados a un guión deficiente? ¿Preferís más que se vea bien y sea hermoso a que esté vivo?
Ojo, no vi La noche, ni la de Sion Sono, ni las de Assayas, ni la selección de cine noir, ni tantas otras, pero las películas que vi, casi todas de la competencia internacional, un blef, una mentira, poca vida.

Este tiempo me tocó andar más viviendo que ficcionalizando. Después de cruzarme con películas que no cuentan mucho, pienso en lo importante que es tener algo para contar.
Muchas veces me preguntaron si no me daban ganas de dirigir alguna vez, y la respuesta que pude ir formulando a lo largo de los años, es que en la medida en que no encuentre algo para contar que me atraviese profundamente y con lo que pueda convivir y obsesionarme durante un tiempo largo, no veo la posibilidad de dirigir nada. Además me parece muy tedioso la cantidad de desiciones que tienen que tomar los directores, aunque creo que si aquello que se persigue contar o crear está vivo y conmueve, ningún tedio debe importar mucho.
Hay algo que creo tiene que pasar con la libido, o por lo menos así me pasa a mi a la hora de actuar, de estar encendida con lo que estoy haciendo, semi enamorada, semi obsesionada. Para dirigir me tendría que pasar algo así, calentarme mucho con una idea, una historia, un personaje, tanto que pueda convivir con eso por años. Por que las películas, y muchas veces también los cortos, son convivencias de años. Eso me pasaba con las películas que vi en el Festival, veía convivencias fundadas en la costumbre, en el aburrimiento, uniones en las que ya no existía ni una chispa de pasión, relaciones de pareja que tenían que ver más con asociaciones por conveniencia que por amor, pasión, u obsesión.

Por un lado me decepcioné con el cine, me dio la sensación de que se hacen una cantidad enorme de películas en vano, de que el cine es una industria capitalista como cualquier otra. Por otro lado me dieron ganas de aunar fuerzas con mis amigos, con gente que esté encendida y despierta y hacer algo que esté vivo. Si no nos conmueve a nosotros que lo estamos haciendo, ¿cómo vamos a llegar a conmover a otros?

María Canale

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@Fuegoenpolvo

 

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