Escalar montañas y filmar películas

María Canale Domingo 11 - Septiembre - 2016 Columna de María Canale

Siento que este viaje es como un entre, un limbo entre dos capítulos, que lo que viene a mi regreso es diferente, es otra estación, otras emociones, otros colores. Cruzo el desierto seco seco que hay antes de la cordillera, entre la ciudad de Neuquén y los Andes. Pienso en cómo es necesario atravesar esta tierra inmensa y seca de vientos fuertes que secan la piel y sol que arrecia para llegar a la cordillera repleta de agua y vida. En la cordillera, en la parte de la cordillera a la que me dirijo, respira el centro de la tierra a través de los volcanes.
Llego a San Martin de los Andes. Luis, el guía con el que voy a subir al Lanin, pasa por donde estoy quedándome a chequear mi equipo y traerme los grampones, el Arba, la pala y la sonda utilizados en caso de avalanchas. Cuando me explica el protocolo de avalancha me dice “la avalancha es como una ola”. No le tengo miedo a las olas, desde chica mis viejos me metieron mucho al mar, y el mar me revolcó mil veces y mil veces saqué la cabeza y tomé aire, pero una ola de nieve, de agua en estado sólido, prefiero pensar en que no va a suceder algo así.
La noche anterior al ascenso salgo a caminar, cruzo un río por un puentecito, me quedo en el medio del puente, sobre el agua, entre dos tierras. Lloro muchísimo ahí suspendida. Sigo caminando, encuentro una hamaca que mira las montañas, ya es de noche, es una hamaca enorme como una reposera. Me hamaco en el frío, veo cielo, veo montañas, veo cielo, veo montañas, cruzan muchos pájaros, grandes, no sé qué pájaros son. Me calmo.

Pienso que para mi escalar montañas es como filmar películas.

Me sensibiliza mucho, me cambia. Los días previos no duermo bien de los nervios, reviso mis cosas, preparo el equipo, entreno, me informo, estudio. Estoy sola y lo gozo. Voy a seguir con fe a alguien. En la montaña sigo al guía, confío en él, en que conoce el terreno, en que me va a llevar y proteger. En una película sigo al director, al guión, al fotógrafo, escucho indicaciones y las llevo a cabo con fe, una fe extraña de que lo que estamos haciendo tiene un punto cúlmine y un sentido. Los días previos a filmar o escalar, estoy concentrada, silenciosa, observadora, en la calma que antecede el movimiento. Porque cuando empiece todo se que me va a tomar la adrenalina, que me voy a encender con hambre de vida y de dar vida. Ambas experiencias son agotadoras, me hacen doler el cuerpo, me enamoran, me dan miedo, me despiertan.
Tanto para filmar como para escalar me es fundamental el calzado, conocerlo desde antes, tener bien los pies sobre el suelo, y estar bien hidratada. Cuando estoy filmando o en la montaña no puedo hacer otra cosa más que eso; quizás saco alguna foto, o intento leer o escribir, pero mucho más no puedo, de todos modos siempre me llevo una libretita, aunque después sólo haya escrito 3 oraciones.

El día del ascenso, Luis me busca a las 7. Tiro la mochila en la caja de la camioneta y me siento de copilota a cebarnos mate. El cielo empieza a clarear mientras avanzamos por la ruta. En Junín de los Andes levantamos unas facturas deliciosas, recién hechas. El paisaje cambia, se va secando y en un momento Luis apunta hacia unos cerros, “Ahí está”, detrás de los cerros se ve el conito perfecto y blanco que es el Lanín, “el volcán más machazo”, el más alto de la zona, 3776 mts. Llegamos a la base, nos notificamos con Celeste, la guardaparques, nos equipamos y empezamos a subir. Atravesamos el bosque que está al pie del volcán a las chapas, después del bosque todo es piedra y nieve. La nieve está congelada, vidriosa, nos ponemos los grampones en los pies y Luis me enseña a hacer unas maniobras de enganche con los grampones y la piqueta en caso de patinarme, para no desbarrancarme. Desde ahí camino atada a él con una soga y un arnés. Voy a un paso de distancia, pongo mi pie en la huella que deja el suyo en la nieve. Las montañas de alrededor se van haciendo más pequeñas a nuestros pies, es bellísimo. El único sonido es el de nuestras respiraciones y el crush crush de nuestras pisadas en la nieve. El sol está delicioso y no hay viento. Subimos sin prisa y sin pausa, deteniéndonos a charlar, tomar agua y picar unos frutos secos.
A eso de las 14 llegamos al refugio CAJA a 2600 mts de altura, un triángulo de chapa amarilla entre las rocas del filo de la montaña. Nos liberamos de los equipos y las mochilas, sacamos con palas la nieve que se filtró adentro del refugio, almorzamos unos sandwiches de pollo riquísimos, y Luis se pone a derretir nieve en una olla para tomar mate, beber y cocinar.
Nos disponemos para estar ahí. Pasamos el resto de la tarde al sol gozando de la vista, del silencio, tomando mate, charlando. Acá el sol calienta desde más cerca y con un poder distinto; me calienta el alma, derrite durezas adentro mío. Estamos ahí solos con toda la montaña para nosotros, a nuestros pies, la cumbre cerquísima, Luis me dice el nombre de los otros volcanes que vemos desde ahí: el volcán Villarrica tirando humo, el Copahue, el Quetrupillan, el Osorno, el Llaima, el Mocho y el Puyehue.
Cuando el sol se esconde detrás del Lanin, la sombra cónica perfecta del volcán sobre el que estamos se proyecta frente a nosotros en las montañas, los lagos, el horizonte y el cielo. Nunca había visto algo así. Empieza a hacer frío y nos metemos en el refugio (que es prácticamente una heladera), nos metemos adentro de las bolsas de dormir para seguir estando, colgados en el silencio enorme del filo de la montaña. Luis se pone a cocinar, yo estoy feliz, agotada, hecha un pionono adentro de mi bolsa. Cenamos, tomamos te y comemos chocolate, y cuando nos disponemos a dormir, a eso de las 20, empiezan a soplar unos vientos fuertes que se escuchan golpear contra la chapa del CAJA. Hace muchísimo frio, respiramos y sale vapor, todo se congela. Intento dormir pero entre los nervios, el frío y lo temprano que es me cuesta. A las 3 am nos despertamos, no se si dormí. Luis me ceba unos mates y yo los tomo desde adentro de la bolsa de dormir, no quiero salir de ahí. Luis me dice “salí del capullo”, y con gritos de frío y nervios salgo, me visto, me equipo y nos adentramos a la oscuridad total de la noche.
Es luna nueva, se ven todas las estrellas, las luces de algunos poblados allá abajo, las luces de la aduana argentino-chilena, y la lava del Villarica que baila en su cumbre. Arrancamos a caminar a la luz de nuestras linternas frontales. Lo sigo a Luis callada, con una fe ciega de que él conoce el camino a través de la nieve, aún en la noche negra. Pongo mi pie donde él lo acaba de sacar, cambio la piqueta de mano cada vez que hacemos una nueva recta de ascenso, intento no dejar de mover los dedos para que no se me congelen, subimos sin parar, parar es morirse de frío, Luis sube a ritmo intenso “estás entrenada”, me dice, “me dijiste que entrene para hacer esto” le digo. Nos detenemos brevemente a ajustar mis grampones que se aflojaron, la vista es inexplicable, ver la luz de la lava del Villarica me hace pensar que estoy cerca del calor del centro de la tierra, que está ahí, que lo estoy respirando. De a poco empieza a clarear, al principio un rojo furioso sobre el horizonte empieza a invadir lo oscuro. El cielo se tiñe de colores, de todos los colores.


Llegamos a la cumbre. El sol no ha salido aún pero está todo lleno de luz, hace un viento fuertísimo, nos abrazamos al llegar, nos abrigamos aún más, y vemos salir el sol frente a nosotros, a nuestros pies. Lloro al ver salir el sol, y ahora mientras lo escribo, y cada vez que me acuerdo. Nunca había visto algo así. A nuestras espaldas, otra vez, la sombra cónica perfecta del volcán. 360 grados de vistas de cordillera, de mundo a nuestros pies, de montañas y lagos y bosques y cerros y más allá el desierto. Tomamos te y comemos chocolate, el frío y el viento se ponen duros y descendemos un poco a un lugar más reparado. Luis arma con la piqueta un asiento de nieve y nos sentamos ahí a comer sandwich congelado, a mirar el mundo colgados del mundo. Me dan muchas ganas de hacer pis, no puedo ir muy lejos porque es empinado y me saqué el arnés para descansar. Así que hago pis ahí nomás, un pis súper amarillo, repleto de residuos que se van de mi cuerpo y quedan ahí dibujando un ocre amorfo en la nieve blanquísima.
Lo que me gusta de filmar y de la montaña, del yoga también, es que es imposible no estar ahí, en cada pisada. Los pensamientos aparecen, alguno se queda un rato más, pero pasan y siguen, sólo existe ese estar ahí. Eso me limpia el cerebro, la sangre, el alma.
Después del descanso seguimos bajando, la nieve está hermosa para bajar, polvo, contenedora, ideal para mis rodillas no tan fuertes. De vuelta en el refugio nos metemos en las bolsas de dormir, a guardarnos del viento, a tomar unos mates. Yo sigo agotada y feliz. Nos quedamos un rato ahí en la fiaca, demorando la partida.
Descendemos contentos, charlando, haciendo mucho culipatín, retornando a la escala habitual de las cosas, de ser humanos al pie de la montaña, nos vamos desabrigando, desequipando, demoramos el paso por el cansancio, por las ganas de seguir ahí. Hablamos de la vida, de las parejas, del amor, del disfrute. Luis cumplió 40, yo voy a cumplir 30 y este ascenso es mi auto-regalo de cumple. Llegamos al llano, nos metemos en el bosque, mucho más cansados y lentos que cuando lo atravesamos a la ida. Vamos a unos igloos que hicieron los militares que entrenan ahí en el Parque Nacional Lanín. Nos sacamos las mochilas y nos metemos un rato adentro de los igloos. Tengo una sensación de infancia, de esa felicidad y despreocupación de estar en la naturaleza siendo una niña, como cuando jugábamos con mi prima Aline, o mi primo Fran, ese estar jugando maravillados por el mundo con un compañero de aventuras, rebosante de gozo y vida, con la sensación que nada más que eso existe.
Salimos del igloo y llegamos a la base. Nos sacamos las botas, las mochilas y el exceso de ropa. Nos tomamos unos mates más al sol y al reparo del viento antes de volver a todo. Subimos a la camioneta, a la ruta de regreso a San Martin, charlamos de nuestros deseos, de nuestras casas, Luis se está haciendo su casa, yo estoy buscando la mía, pensamos en posibles futuros paseos, me arde la piel de la cara y siento que me laten los cuadriceps. Nos despedimos en la puerta de mi hostel hasta el próximo paseo.

Escalar y filmar son aventuras, que me dejan agotada, diferente y nueva.

 

María Canale

mariacanale@caligari.com.ar

@Fuegoenpolvo

 

Escalar montañas y filmar películas