“El amor como propaganda y garantía de orden”. The Lobster (2014), de Yorgos Lanthimos

Rocio Molina Biasone Miercoles 24 - Mayo - 2017 La Pantalla de-generada

 

El absurdo es ese género narrativo que a menudo dice más sobre la realidad que el realismo mismo. En el teatro, en la literatura o en el cine, los mecanismos del absurdo nos sirven para tomar distancia de la cotidianidad que nos rodea, salir de la zona de confort para ver con más claridad aquello a lo que estamos demasiado acostumbrados. Y mejor aún, si nos animamos a tomar una mayor distancia respecto a nuestro pequeño mundo, podremos reconocer que el absurdo no es una mera inserción del sin-sentido en nuestro status quo, sino que es aquel arte que nos muestra que absurdo es nuestro día a día, cada uno de nuestros rituales, cada palabra y cada contacto social: si los pensáramos, si los dejáramos desprovistos de emociones, dejarían de tener sentido alguno.
The Lobster es el primer largometraje que Yorgos Lanthimos realiza fuera de Grecia, y nos presenta una sociedad sin nombre, un país que es ninguno y todos a la vez, y una metrópolis sin identidad alguna. No sabemos qué reglas rigen en este mundo, nada nos lo explica y no es necesario, pues no sería un verdadero absurdo si su lógica se nos explicara de antemano. Un hotel para encontrar el “amor”, personas que hablan en tono monótono y parecen emocionalmente anestesiados, y la desconcertante pregunta que la gerente le hace a nuestro protagonista: “¿Ya pensaste en qué animal te gustaría convertirte si no encontrás una pareja?”.

Se podría hablar de la película desde un punto de vista de arte político, en cuanto crítica de un sistema autoritario, y a la vez una crítica a las organizaciones rebeldes que, en su determinación a oponerse a toda costa a la brutalidad de la ideología dominante, terminan siendo autoritarias ellas mismas. Sin embargo, creo que esto queda en segundo plano frente a la cruda e hilarante exposición que el autor hace sobre las relaciones afectivas, cómo las vivimos, cómo las pensamos, cómo fracasamos en llevarlas a cabo. Exagerar, racionalizar y literalizar cómo vivimos el amor en cuanto costumbre y en cuanto sistema en sí mismo: de esta simple forma se construye el absurdo en este film.

Por un lado, tenemos el sistema oficial, el autoritarismo monógamo que controla a los ciudadanos a modo de panóptico. Más aún, no le basta a ese gobierno con obligar a la monogamia, sino que se empeña en prohibir la soledad. Se trata de una ideología íntegra que concibe la pareja como la única forma de vida en sociedad, y como toda ideología totalitaria, se sostiene gracias a la propaganda y a la designación de un enemigo común. ¿Qué diferencia existe entre estar solo, o estar en pareja? La seguridad. Una mujer sola corre riesgo de ser violada en el camino a su casa; una mujer del brazo de un hombre, llega sana y salva. Un hombre comiendo solo podría atragantarse con su comida y morir; un hombre comiendo con una mujer tendría quien le dé primeros auxilios y lo salve de la parca.
El castigo a la soltería es tal vez lo más extraño de esta historia: de no encontrar pareja en el tiempo pactado, la persona es convertida en un animal a su elección. ¿Por qué no la muerte? ¿Por qué ese castigo, o consecuencia, en particular? Indispensable para una ideología así es dar un mensaje claro: la soltería no es incorrecta por un sentido estrictamente moral, erradicarla tiene que ver con establecer lo “civilizado”. La persona “sola” no está hecha para vivir en sociedad, pues la característica de un humano, de un ciudadano, es ser una garantía de reproducción y de orden. Una persona sola es como un animal, teniendo sexo sin discriminación ni estructura. La soltería es una condición entre criminal y epidémica, que debe ser tratada en reclusión y con un programa científico y positivista que resulte en la curación de aquellas personas.
Encontrar el amor no tiene que ver con sentimiento, tiene que ver con establecer patrones, con una burocracia del formar pareja: encontrar a alguien que tenga “algo en común” con uno; desalentar la masturbación completa y la posibilidad de la auto-complacencia (y de todo concepto prefijado con “auto-“); utilizar esta acumulación de pulsión sexual para una mayor eficacia en la concreción de un vínculo afectivo.

Curiosamente, lo que se esperaría de una resistencia a un totalitarismo basado en la monogamia — es decir, anarquía en las relaciones, vivir el amor pero en cuanto fuerza, y no en cuanto modo de organización social — no se cumple en este país absurdo. Los “solitarios” forman una guerrilla que habita los bosques, cazados como animales (porque así son vistos) por los “solteros temporarios” del hotel. Pero esta guerrilla tiene su propio sistema autoritario de prohibiciones: prohibido coquetear, prohibido bailar en pareja, prohibido besar, prohibidísimo tener sexo con otra persona que no sea uno mismo. No es la aceptación del eremitismo, es la imposición de éste.
Nuevamente aquí observamos entretenidos el absurdo de la sociedad que estos individuos se construyen, bailando solos pero cerca, en horarios pautados, con auriculares y en la oscuridad. Si los monógamos con su afición por crear parejas nos provocaban risas altaneras, este grupo de negadores del amor terminan por cerrar ese mundo sin sentido. Los castigos de los “solitarios” son las amputaciones de esos órganos asociados con el amor y con el sexo entre dos (o más). Esos órganos que hormiguean y desean el roce de otro, los órganos que nos impiden sentirnos del todo bien sin contacto alguno con un compañero o compañera.
Deben amputar aquello que nos vuelve “amables”, y aquello que nos provoca amar.

The Lobster nos habla de personas que fuerzan relaciones sin relacionarse, de una escasez de inteligencia emocional entre la sociedad, y de una imposibilidad de pensar a la persona más allá de las categorías “en pareja” o “solo”. Los habitantes de este mundo absurdo están condenados a la infelicidad, porque nadie les enseñó cómo, ni por qué amar. Y por menos sentido que parezca tener el universo que Lanthimos nos presenta, no es difícil pensar cómo toda esa locura nos refleja.
En el presente, que la gente se tome su tiempo para establecer una pareja monógama y proyectada a futuro con el combo completo de hogar más hijos, o que, directamente, elija no hacer nada de esto, y vivir en eterna soltería, ya no es ninguna novedad. El problema radica en una constitución de bandos: los “emparejados”, los que “buscan pareja” y los solteros. Nuestra situación sentimental no es vivida como un mero agregado a nuestra experiencia de vida, sino que configura nuestra cotidianidad así como la manera en que nos presentamos ante el mundo. Más aún, se espera que llevemos el escudo de nuestra situación y la defendamos: no basta con elegir estar en pareja o solo, también hay que demostrarle al resto los beneficios que una u otra elección conlleva.
De esta forma, al igual que en aquella metrópolis de vidrio donde la policía detiene a quienes se encuentran solos; o como en el bosque de los militantes de la soledad, en el que una mínima sonrisa es mirada con sospecha, establecemos nuestra propia propaganda de “monógamos seriales” o de “solteros eternos”.
Pero quienes no encuentran comodidad ni en una ni en otra, tal como le sucede al personaje interpretado por Colin Farrell, están igualmente perdidos, pues transitan una concepción del amor como fórmula matemática ideal, o como lazo irrompible que une a dos personas. Avanzan con celos, avanzan con torpeza, confundidos por la promesa de la media naranja o el alma gemela, y tomándose demasiado en serio la frase “el amor es ciego”.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

La Pantalla de-generada 3era entrega

degenerado, da
Del part. de degenerar.
• adj. Dicho de una persona: De condición mental y moral anormal o depravada, acompañada por lo común de peculiares estigmas físicos.
• adj. Que tiene una conducta sexual que se considera fuera de lo normal o de lo moralmente aceptado.

Una persona que está de-generada, desprovista de género, fuera del género, es una persona depravada. Una persona que no sigue las reglas que le dicta su “o”, que le dicta su “a”, es una persona anormal, alguien que no pertenece a la sociedad, que debe ser aleccionadx, re-generado.
Quiero un cine que nos festeje a los de-generados, que incorpore historias donde la distinción entre chica o chico se cuestione, se ponga en jaque, se erosione para dar pie a una narrativa más rica, personajes más complejos, relatos con sorpresas.
Quiero ver en la pantalla a hombres que lloran y mujeres que gozan. Quiero ver en la pantalla a gays y lesbianas que no estén para ser los blancos de la risa reaccionaria de un público cuadrado. Quiero ver a hombres y mujeres trans como protagonistas. Quiero ver sexo entre gente de todo tipo, pero también quiero ver amor entre toda esa gente. Quiero verlos lidiar con la injusticia. Quiero verlxs atravesar obstáculos personales. Quiero verlxs salir de noche. Quiero verlxs reunidos en familia. Quiero verlxs luchar contra el monstruo que se esconde en la oscuridad. Quiero verlxs resolver un crimen. Quiero verlxs en animación. Quiero verlxs vestidxs de época. Quiero verlxs como científicxs.
Quiero, y voy, a poner “x” cada vez que nuestra lengua castellana no sea capaz de entender la complejidad o la neutralidad de un personaje, o de un grupo de personajes, porque no todos quieren ser varón o mujer, y no es capricho, es que con ese “él” o ese “la” viene una lista infinita de reglas, presunciones, y comportamientos esperados, no por unx mismx, sino por el resto del mundo.

Quiero verlxs, en la pantalla, en el cine.

Rocio Molina Biasone