“Danny in Wonderland”. Xenia (2014), de Panos H. Koutras

Rocio Molina Biasone Miercoles 22 - Marzo - 2017 La Pantalla de-generada

 

Alicia estaba ya tan acostumbrada a que todo cuanto le sucediera fuera algo extraordinario, que le pareció de los mas soso y estúpido que la vida siguiera por el camino normal.
Lewis Carroll, Alice's Adventures in Wonderland (1865)

 

El cine vive. Y no solo vive: el cine nació, tuvo una infancia, una adolescencia, llegó a sentirse indestructible cual veinteañero, tuvo aquella crisis existencial de los treinta, y hoy se encuentra recuperado, una fuerza de actividad imparable. Está vivo y vive en todo el mundo, en lugares que solíamos encontrar más como escenarios que como fuentes creativas, o en países cuyos nombres apenas habíamos sentido nombrar. Veo cine. Veo cine y cada año veo más que el anterior. Cada año veo más películas y a la vez dejo más de lado, pues por más determinación que tenga en aumentar la cuota de tiempo que le dedico a ver cine, la realidad es que la creación cinematográfica también aumenta, y de forma global.
Pero sí: veo cine, y veo mucho. Y si hay algo por decir de las películas de la última década, de hoy, y de mañana, sean argentinas, iraníes, francesas, chinas o griegas, es que se preguntan por la identidad. No existe hoy un lugar en el mundo en el que la identidad no importe, porque no existe aún un lugar en el mundo en el que no se establezcan jerarquías entre las diversas identidades, ni tampoco faltan sitios en los que tal o cual identidad arriesgue el aislamiento o el exterminio.
No faltarán, entonces, personajes como Danny, doblemente marginados: por su identidad sexual y por su identidad étnica. Tampoco faltarán relatos de viajes en busca de la aceptación y del reconocimiento de tales identidades. Debemos, sin embargo, encargarnos de ver no solo esta búsqueda común de las obras cinematográficas actuales, sino como cada una de ellas la expresa a través de, y gracias a, la diversidad de sus personajes y las culturas que llevan a la pantalla.

Persiguiendo al conejo
Ya se trate de la novela original, o de la película animada de Disney, todos conocemos la historia de Alicia en el país de las maravillas: una niña aburrida decide seguir los pasos de un conejo antropomórfico y termina adentrándose en un país tan maravilloso como absurdo, chocándose en el camino con animales varios, con una oruga que fuma una shisha, con un sombrerero demente, con un gato sonriente de cuerpo invisible y con una malvada reina obsesionada con la decapitación de subversivos. Mil interpretaciones y metáforas pueden encontrarse en la obra de Lewis Carroll, pero hoy simplemente me interesa utilizarla como guía para comprender mejor la película de Koutras.
Hace poco, nadando en el infinito y turbulento océano llamado internet, me topé con el así llamado “síndrome de Alicia en el País de las Maravillas”, un particular trastorno neurológico que heredó su nombre no solo por la similitud de sus síntomas con las extrañas vivencias de Alicia, sino porque se sospecha que Lewis Carroll mismo padeciera de tal enfermedad. Este trastorno se suele presentar en la infancia, y los afectados padecen un alteración en la percepción de la forma, tamaño y situación espacial de los objetos, así como de la imagen corporal propia o ajena, y del transcurso del tiempo.
Casi a modo de guiño hacia la rumoreada atracción sexual de Lewis Carroll por la verdadera Alice de carne y hueso, Danny es presentado en medio de un contacto sexual, o un intento de él, con un hombre de cuarenta y tantos que le besa su pelvis. Danny no cumple aún los dieciséis e interrumpe la concreción de ese encuentro sexual con un simple delirio de su mente, cuando su conejo mascota escapa de su bolso. Este patrón de una sexualidad impedida se repetirá a lo largo del film: o porque Danny se rehúsa a pasar a un plano de adultez, a una etapa de mayor madurez, menos inocencia, y más responsabilidad; o porque su misma orientación sexual es, de hecho, culturalmente inaceptable.
Desde un inicio aprendemos que la madre de Danny falleció hace unas semanas, que “ve cosas”, y que planea adentrarse, junto a su conejo Dido y a su hermano atinadamente llamado Odysseas, en un viaje para encontrar a su padre, lograr su reconocimiento, y así la nacionalidad griega. Mas siendo Danny quien es, no puede evitar hacer de este viaje un sueño, e intentar postular a su hermano como competidor en un famoso show televisivo de canto.
Por más que en ningún momento se mencione, Danny tiene todos los síntomas del síndrome de Alicia, lo cual le trae momentos de dicha así como momentos de pánico y paranoia. Su infantilidad y sus alucinaciones son tan divertidos como peligrosos, pues cuando unx es niñx, juega: juega con peluches, juega con su cuerpo y con el de otros, y juega con armas, sin entender las consecuencias de sus acciones, pensando en nada más que en el mismo instante.
Así es como Danny representa una Alicia en medio de una Atenas reaccionaria que persigue a gente como él: inmigrantes, sus hijos, y homosexuales. Todo país tiene soñadores, todo país tiene Alicias. Pero a la vez en todo país suele haber una reina de Corazones que quiera pintar de rojo lo blanco, manchar con sangre lo inocente. Wonderland representa lo loco, lo diverso y lo variopinto, todo aquello que se encarna en Danny, un adolescente extrovertido, gay, infantil y delirante, albanés de etnia, griego de nacimiento, que ama el viejo pop italiano y se viste como un millennial de Tokio. Wonderland se ve amenazado por el autoritarismo de una Reina, y la cabeza de Danny corre riesgo bajo una creciente oleada de razzias nacionalistas y homofóbicas llevadas a cabo por hombres como su padre.

 

ξενία
Una buena película no lleva un título cualquiera. “Xenia” es el nombre del hotel abandonado al que llegan Odysseas y Danny en su viaje. Es el lugar de reposo y tranquilidad que tanto necesitan, el clímax de su aventura en el País de las Maravillas, allí donde no solo Danny puede ser el niño que realmente es, sino que también Odysseas puede animarse a imaginar por unos días. Ambos se desnudan, tanto de forma literal como figurada, antes del juicio final, antes de arriesgar la decapitación.
“Xenia” no es un nombre elegido al azar, pues se trata de un término de la antigua Grecia: xenía era un contrato de hospitalidad que los jefes de un pueblo hacían con los reyes. Se trataba de una tableta que te garantizaba el derecho a ser recibido y a acceder a simples servicios en tu estadía. La xenía no es otra cosa que un pasaporte, un documento que te permite acceder a un país de forma legal, que te da el derecho a gozar de su hospitalidad. Es la xenía lo que Danny y Odysseas buscan toda la película: el derecho a la hospitalidad, el derecho a quedarse en Grecia, el país donde nacieron, y a no ser deportados a Albania, un país que nunca conocieron.
Mas no es solo hacia el objetivo personal de los dos hermanos que se orienta este concepto. En el escenario de la Grecia actual también adquiere valor este término de la Grecia antigua: una sociedad que avala que la policía se alíe a extremistas de derecha para atormentar a las comunidades más vulneradas y para deportar a quienes vivieron toda su vida en Grecia, es una sociedad que necesita revisar el concepto de hospitalidad.
Xenia puede verse como una reinterpretación de Alicia en el País de las Maravillas en un sentido político así como psicológico y personal. En plena globalización, ataca la normalización; en medio a un auge de diversidad, atacan los reaccionarios; y en medio de un conjunto de alucinaciones, ataca lo brutal de la realidad. Danny llega al fin de su odisea, a enfrentar a una Reina de Corazones que lo amenaza ya con un cuchillo en su cuello, y mediante lo absurdo, mediante la música y la fantasía, logra despertar pero nunca dejar de alucinar.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

La Pantalla de-generada 2da entrega

degenerado, da
Del part. de degenerar.
• adj. Dicho de una persona: De condición mental y moral anormal o depravada, acompañada por lo común de peculiares estigmas físicos.
• adj. Que tiene una conducta sexual que se considera fuera de lo normal o de lo moralmente aceptado.

Una persona que está de-generada, desprovista de género, fuera del género, es una persona depravada. Una persona que no sigue las reglas que le dicta su “o”, que le dicta su “a”, es una persona anormal, alguien que no pertenece a la sociedad, que debe ser aleccionadx, re-generado.
Quiero un cine que nos festeje a los de-generados, que incorpore historias donde la distinción entre chica o chico se cuestione, se ponga en jaque, se erosione para dar pie a una narrativa más rica, personajes más complejos, relatos con sorpresas.
Quiero ver en la pantalla a hombres que lloran y mujeres que gozan. Quiero ver en la pantalla a gays y lesbianas que no estén para ser los blancos de la risa reaccionaria de un público cuadrado. Quiero ver a hombres y mujeres trans como protagonistas. Quiero ver sexo entre gente de todo tipo, pero también quiero ver amor entre toda esa gente. Quiero verlos lidiar con la injusticia. Quiero verlxs atravesar obstáculos personales. Quiero verlxs salir de noche. Quiero verlxs reunidos en familia. Quiero verlxs luchar contra el monstruo que se esconde en la oscuridad. Quiero verlxs resolver un crimen. Quiero verlxs en animación. Quiero verlxs vestidxs de época. Quiero verlxs como científicxs.
Quiero, y voy, a poner “x” cada vez que nuestra lengua castellana no sea capaz de entender la complejidad o la neutralidad de un personaje, o de un grupo de personajes, porque no todos quieren ser varón o mujer, y no es capricho, es que con ese “él” o ese “la” viene una lista infinita de reglas, presunciones, y comportamientos esperados, no por unx mismx, sino por el resto del mundo.

Quiero verlxs, en la pantalla, en el cine.

Rocio Molina Biasone