“Es urgente que escuchemos a las voces de la naturaleza”

Entrevista a João Salaviza y Renée Nader Messora, directores de Los muertos y los otros (Chuva é Cantoria na Aldeia dos Mortos)

23 julio - 2019. Por: Paulo Pécora - Entrevistas

La película Los muertos y los otros, dirigida por la brasileña Renée Nader Messora y el portugués João Salaviza, llegará este jueves a Buenos Aires con la historia de Ihjãc, un joven indígena de la tribu Krahô, ubicada en una zona selvática al norte de Brasil, que intenta escapar de su destino de chamán y sus responsabilidades como papá primerizo tras la conmoción que le provoca un sueño donde se cruza con el espíritu de su padre muerto, que le pide que organice una fiesta de luto en su honor para poder irse en paz.

Con el título original Chuva é Cantoria na aldeia dos mortos, esta ficción de tono documental sobre el paso forzado a la adultez y los traumas que ese proceso puede generar, ganó el premio especial del jurado de la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes, ahora será exhibida en el Malba y en la sala Leopoldo Lugones de Buenos Aires y recorrerá luego ciudades del interior del país como Córdoba, Mendoza y Rosario.

Filmada en formato de 16 milímetros, con una exquisita dirección de fotografía a cargo de la propia Nader Messora, Los muertos y los otros sigue los pasos erráticos de Ihjãc, que decide irse a una ciudad cercana intentando escapar de sus responsabilidades, al mismo tiempo que va tomando conciencia de la realidad de desprecio y maltrato que sufren las comunidades originarias en Brasil. La película es además el fruto de un paciente y respetuoso trabajo de observación de la cultura y la forma de vida indígena (sus diálogos, silencios y rituales) que los directores compartieron durante nueve meses en la aldea Pedra Branca de la tribu Krahô.

“Creo que ese limbo que sufre Ihjãc es el mismo donde están hoy muchos jóvenes de diferentes aldeas y etnias. Queríamos imaginar y entender de qué modo la juventud indígena esta lidiando con sus cuestiones más íntimas y cuáles son las implicaciones del atropello cultural promovido por la sociedad brasileña. Además teníamos muchas ganas de pasar tiempo ahí, conviviendo con aquellas personas, participando de la vida comunitaria de la aldea. A partir de eso decidimos hacer una película”, recordó Nader Messora en una entrevista con Caligari. 

¿Cuándo y cómo decidieron emprender la aventura de viajar a Pedra Branca para hacer esta película? ¿Por qué eligieron retratar a los Krahó y no a otra comunidad indígena?

Renée Nader Messora: En 2010 fui invitada a filmar una ceremonia de un gran líder Krahô. Pasé 15 días en dos aldeas distintas y conocí a un profesor de la escuela de Pedra Branca. Él tenía muchas ganas de empezar a trabajar con la herramienta audiovisual en la escuela y, además, la comunidad tenía la necesidad de registrar imágenes y sonidos de sus canciones, fiestas y ritos, porque sentían que una generación muy importante de ancianos se estaba muriendo y con ellos, su sabiduría ancestral. Entre 2010 y 2015 realizamos diversas experiencias audiovisuales junto a un grupo de jóvenes de Pedra Branca y conformamos un colectivo de cinegrafistas para producir imágenes y sonidos de fiestas, cánticos, historias y mitos que eran importantes para la comunidad. Se llama Mentuwajê Guardiões da Cultura y actualmente sigue haciendo ese trabajo.

¿Cómo eligieron a los personajes? ¿Por qué pensaron que Ihjãc sería un buen protagonista para su película?

João Salaviza: Uno de esos jóvenes, alrededor de 2013, pasaba por un proceso bastante parecido al que le pasa a Ihjãc en Chuva: él estaba sobre el efecto de un hechizo y creía que si permanecía en la aldea se iba a morir. También tenía 15 años, también era casado y había tenido su primer hijo. Pero el miedo a la muerte lo llevó a mudarse a Itacajá donde terminó viviendo cerca de un año. Ese chico estaba en una especie de limbo, entre la modernidad y la tradición, entre la aldea y la ciudad, la vida y la muerte. Esa historia terminó siendo el disparador de la película, y esa idea de una vivencia entre-mundos se mantuvo en la historia y en la elección de los personajes reales. 

¿El guión de la película ya estaba escrito antes de su convivencia con los miembros de esa comunidad o fue surgiendo sobre la marcha, a medida que iban compartiendo vivencias con ellos?

Renée Nader Messora: Con la elección de Ihjãc como protagonista, el guión obviamente ganó nuevos colores. Él trajo para la película todo su núcleo familiar, su casa y su “roça” (pequeña porción de campo cultivable). Su modo de hablar enriqueció los diálogos casi toscos que habíamos escrito en portugués. Es más, esa es una cuestión muy interesante de pensar porque cuando no se habla la lengua en la que se filma acontece una especie de “tregua” en ese acto semi bélico de apuntar la cámara y nosotros, directores, perdemos el dominio de lo que debería ser nuestra expresión de control. Entonces el sujeto filmado pasa a tener más poder –o, mínimo, el mismo poder- del sujeto que filma. Si por un lado Ihjãc participaba en nuestro “juego”, por otro él también nos hacía entrar en su propio juego. 

¿Cómo influyeron en la ficción las vivencias reales de los personajes en el entorno de su propia comunidad?

João Salaviza: Las filmaciones duraron nueve meses, pasaron muchas cosas en la aldea y la película se fue contaminando con la realidad, con los pequeños ritos cotidianos que se transformaron en material fílmico. Nos gusta pensar que no inventamos nada de lo que filmamos, pero que tal vez las cosas no hubieran pasado exactamente como ocurrieron si no las filmábamos. Sabíamos que la realidad tendría un peso determinante en la ficción desde el inicio. Llegamos a esa forma en un proceso que consideramos mucho más intuitivo que racional. Conocíamos bastante bien a las personas que íbamos a filmar. Entonces jamás pensamos, por ejemplo, en trabajar con una familia que no fuera real. No hubiera tenido sentido ni para Ihjãc ni para nosotros. La elección de Ihjãc como protagonista incluyó también la de todos sus familiares como potenciales actores de la película. Claro que eso trajo una fluidez a la puesta en escena que sería muy difícil lograr de otra forma. Creo que cada secuencia pendula entre la ficción y el documental, pero siempre con un cierto grado de “contaminación” de la realidad en la ficción y viceversa.

¿Cómo trabajaron en la dirección conjunta de la película? ¿Cómo se dividieron las tareas a la hora de encuadrar, dirigir a los actores, decidir la temporalidad de una toma y diseñar cada una de las escenas?

Renée Nader Messora: Desde el principio sabíamos que no queríamos filmar con un equipo técnico, y que el proyecto tenía más que ver con la manera en como eligíamos pasar nuestros días -y con quiénes compartiríamos nuestro tiempo- y menos con hacer una película de manera convencional, donde 15 o 20 personas se juntan por determinado número de días, que por general no es tiempo suficiente, para filmar un guión. Queríamos partir desde otro lugar, y por el tiempo que fuera necesario. Lo más importante era aproximarnos a la subjetividad de un joven Krahô con todas sus implicaciones. Ese acercamiento es muchísimo más verdadero si está construído a partir de relaciones personales, afectos y amistades. Obviamente no nos conectábamos igualmente con todas las secuencias de la pelicula. Habían ideas que partían de João y otras que venían más de mis instintos. Pero por general, estábamos bastante de acuerdo casi siempre.

¿Cuáles son las realidades y problemáticas que aquejan a los Krahó (y a otras comunidades indígenas en Brasil) que buscaban comunicar a través de esta historia?

João Salaviza: Ihjãc no vive en una burbuja, no está protegido de lo que sucede a su alrededor. Es un ambiente bastante hostil. En una escena, Ihjãc nos habla de un tipo que llenó de balazos el cartel de la aldea en la ruta que va a la ciudad. Esto realmente pasó unos meses antes de filmar esa escena. La situación se volvió más violenta después de las últimas elecciones, donde Brasil eligió un presidente abiertamente anti-indígena, que ha decidido que los pueblos originarios son los grandes enemigos de la nación. Líderes indígenas están siendo sistemáticamente asesinados, su tierras invadidas, la minería ilegal creció muchísimo, y todo eso con la complicidad de los poderes locales y federales. Estrenar la película en este contexto funciona como un pretexto para hablar de esas cuestiones. Las cosas están todas interligadas. Hoy es imposible hablar de la película sin hablar del gobierno de Bolsonaro. Sobre todo cuando hay una guerra cultural que propone aniquilar todo que sea diferente o fuera de la norma, creando las condiciones para la diseminación de un discurso violentamente anti-indígena. Creo que ese es el tono de la nueva era que vivimos en Brasil, la violencia.

Cómo pensaron la forma de representar cinematográficamente la relación tan estrecha, casi mística, que los personajes mantienen con la naturaleza?

Renée Nader Messora: Una idea que tratamos de comunicar a través de la película es la manera maravillosa con la que los Krahô se relacionan con el mundo no tangible, los espíritos de todas las cosas, los muertos, la humanidad detrás de cada vestigio de naturaleza. Para ellos todo pasa en un mismo plano continuo. Lo que nuestra mirada occidental define como sobrenatural, fantástico o transcendente, para esa comunidad son hechos cotidianos. Creemos que es un enorme ejercicio salir del centro y tratar de ver la película a la luz de estas nuevas posibilidades. Nosotros no somos los únicos iluminados para habitar el planeta y debemos hacer un esfuerzo hacia una coexistencia más plural. Pensamos que hay una palabra llave aquí: empatía. En un punto quizás, generar empatía es también reconocer la humanidad del otro.

¿Existen otros contrapuntos entre esa forma de vida y la de la sociedad occcidental?

João Salaviza: No consideramos que la nuestra sea una película esencialmente militante, pero es imposible disociar completamente la aldea de la ciudad. Sí la aldea nos parece ese lugar donde el otro tiene subjetividad y puede vivirla en paz, la ciudad es un lugar homogeneizante donde el individuo es un número más. En la primera secuencia en la ciudad de Itacajá, cuando Ihjãc habla con la enfermera del hospital, ella le pregunta: "¿Usted no tiene identidad?". Con esa pregunta esta todo claro. En Brasil decimos identidad al DNI, que en realidad es un número. Claro que Ihjãc tiene identidad y no pasa por un pedazo de papel. Él lo sabe, y lo sabe tan bien que ni siquiera entiende la pregunta.

¿Cuál es la relación entre los habitantes de Itacajá y la comunidad Krahô?

Renée Nader Messora: Itacajá queda en el norte del estado de Tocantins, al norte de Brasil, y sus habitantes miran a los indígenas con mucho prejuicio. Las relaciones entre indígenas y blancos jamás fueron pacíficas, debido a que hay mucho intereses en apropiarse de las tierras Krahô, que fueron demarcadas en los años 40, después de una masacre llevada a cabo por terratenientes de la región. Fueron más de 30 muertos, casi todos niños, mujeres y ancianos que no lograron huir de los atacantes. La herida aún no está cerrada y en la ciudad hay mucha gente mal intencionada que lo único que necesitaba era la legitimación de un Estado asesino, diciendo que ahora ya se puede matar. Esto es una bomba de tiempo. Pero por otro lado hay mucha resistencia, y el movimiento indígena viene ganado fuerza, ocupando nuevos espacios, tejiendo nuevas alianzas. Aílton Krenak, un gran lider y filósofo indígena, dice que el fin del mundo para ellos sucedió con la invasión de los europeos al continente americano.  Desde entonces, los pueblos originarios se hicieron maestros en resistencia. Quienes tenemos que aprender a resistir ahora somos nosotros, los blancos. Ya no queda mucho tiempo. Es urgente que escuchemos a las voces de la naturaleza⚫

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Titulo: Chuva é Cantoria na Aldeia dos Mortos

Año: 2018

País: Brasil

Directores: João Salaviza y Renée Nader Messora