Entrevista a Elpida Nikou, co-directora de Disparos

¿Cómo surge la idea de Disparos y cómo conocieron la historia de Jair?

Tanto yo como Rodrigo llevamos mucho tiempo trabajando en México. Rodri es mexicano y yo llevo más de una década pasando temporadas largas y trabajando en México. Además de cine hacemos muchos trabajos audiovisuales también para la televisión o para contenido digital y ya habíamos retratado mucho las problemáticas que se viven en el país debido a la llamada Guerra contra las Drogas que está desangrando México. Pero no habíamos tratado el tema en grandes urbes como lo es la Ciudad de México y más en particular Iztapalapa, uno de los barrios más marginales (la delegación más grande también) que sufre mucho por los temas de inseguridad, falta de oportunidades. Entonces quisimos trabajar este tema desde ahí, desde los jóvenes que no tienen ninguna posibilidad en la vida más que caer en las drogas, en la delincuencia como única salida en una vida sin perspectivas. Fuimos al taller de fotografía de Jesus Villaseca, ya sabíamos del trabajo que realiza (él es un fotógrafo muy reconocido en México, ha ganado muchos premios) porque su labor de impartir talleres de fotografía es extraordinaria. Y pues fue él que nos presentó a Jair y empezamos a seguirle.

Más allá de la figura de Jair, la violencia en México cobra también un papel relevante, tanto en la guerra de carteles como en la marginalización, la exclusión y la complicidad estatal  ¿estaba desde el comienzo la decisión de que la violencia sea una protagonista más?

Sí, justo eran todos estos componentes que nos interesaba contar a través de una historia personal, de personas comunes que viven toda esta situación en carne propia. Y también nuestra intención de hacerlo desde la Ciudad de México fue porque sentimos que se habla mucho sobre la violencia en el país, pero se habla más desde los estados, las zonas rurales. Sentimos que lo que sucede en a Ciudad de México ( y también en los demás barrios de las grandes urbes de país) está silenciado, como un pacto de no hablar sobre lo que sucede y cuando las autoridades y el gobierno hablan sobre la Ciudad dicen que “Aquí no pasa nada, la ciudad está tranquila” y pues no es cierto y la labor que realiza Jair lo demuestra. En la Ciudad de México se vive exactamente la misma situación que en el resto del país.

En el film se acompaña el trabajo de un taller de fotografía que se propone, quizá, como una vía de escape para los estudiantes, o tal vez una vía para resignificar el mundo circundante ¿por qué eligieron poner la atención en él?

En realidad empezamos por el taller. Nos interesó contar la historia desde una perspectiva relativamente esperanzadora. En un barrio marginal, donde no hay posibilidades no de educación ni de cultura para los jóvenes un taller de fotografía cumple y suple la negligencia del Estado. Y para los alumnos el taller es un lugar casi diría de iluminación: les hace creer en ellos mismos, mirar a su alrededor, observar (como insiste el maestro) lo que sucede y poder luego retratarlo para mostrarlo al mundo. Es un proceso por el cual  los alumnos empiezan a crecer no tanto como fotógrafos sino como personas. Por eso la labor que se realizaba ahí es fundamental. Y es por eso que arrancamos desde ahí y es a través del taller y de Jesus Villaseca que conocimos a Jair y nos dieron la posibilidad de seguir su historia mientras crece tanto como persona pero también como fotógrafo y retrata toda esta evolución de la violencia.

Se observa un recorrido de lo micro a lo macro que acompaña a  Jair, desde ser estudiante del taller  hasta tener una fotografía considerada como una de las más importantes del año a nivel mundial; desde los sucesos de su barrio hasta la realidad de su país ¿cuánto tiempo les llevó filmar y cómo se plantearon los diferentes recorridos?

Estuvimos grabando a lo largo de casi 3 años (no todo el tiempo claro). Primero empezamos a seguir las clases del taller de fotografía y seguimos varios de los alumnos hasta decidir que la historia de Jair es la que encajaba a lo que nosotros buscábamos contar también. Era una historia que no se podría predecir que iba a pasar, es la magia del documental. Y pues es significativo también de la terrible situación en la que se encuentra el país. Obviamente nosotros no contábamos con el giro que da la historia cuando el mismo Jair sufre la violencia en carne propia.

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El documental se acerca a los vecinos de Iztapalapa con respeto, incluso al tratar temas que podrían incomodarlos o hacerlos sentir expuestos ¿cómo fue la experiencia de trabajar con ellos?

Grabar en Iztapalapa es algo realmente complicado. No puedes andar por ahí libremente, menos alguien que no es del barrio y con una cámara en la mano. Toda esta parte de la grabación fue gracias a los lazos y las relaciones que Jair y Jesus tienen construidas con sus vecinos. Porque Iztapalapa es comunidad también. Para no hablar solo de las cosas malas, hay lazos muy fuertes entre sus habitantes.Y fue gracias a eso que nos abrieron sus casas y nos permitieron grabar estas situaciones que rompen con nuestra imagen común de como vive una familia día a día. Y también hubo otra razón creo: esta gente, estos barrios están completamente olvidados por las autoridades. A nadie le interesa que les pasa o como resolver los gravísimos problemas que tienen por la falta de oportunidades, falta de infraestructuras etc. Entonces cuando llega alguien y les dice “queremos contar lo que les pasa” la gente se abre cuando empieza a sentirse en confianza y cuenta lo que le sucede porque ellos también son víctimas de una violencia y olvido social que quieren de alguna manera denunciar.

A partir de Jair se exhibe el modo en que un comunicador corre riesgos al denunciar una realidad social, ¿cómo fue recibida la película entre sus colegas?

La situación que enfrentan los comunicadores en México es terrible. Y los que sobre todo sufren son los periodistas (fotógrafos, reporteros) de los medios chiquitos, en los Estados que viven de cerca y les toca hablar de la violencia, la corrupción y los intereses que por detrás de toda esta violencia. Y son perseguidos y castigados tanto por el crimen organizado como también por el Estado que es corrupto y los ataca y mata de manera igual (para no decir que son sus principales enemigos porque normalmente revelan la complicidad de las autoridades con el crimen organizado). Entonces, yo creo, que por una parte es importante denunciar esta situación también en la pantalla grande y por otro lado creo que mucha gente del gremio no conocían tanto la labor de Jair como fotógrafo y el documental pudo mostrar un poco de esta parte también.

Me gustaría que me cuentes un poco sobre Muzungu, la cooperativa de la que formas parte, ¿cuándo nace? ¿bajo qué propuesta?

Muzungu es una cooperativa audiovisual. Somos periodistas, directores, fotógrafos, camarógrafas, productoras que llevamos trabajando juntos desde casi 5 años. Nos convertimos en cooperativa hace un año y pico lo hicimos porque decidimos trabajar en conjunto como comunicadoras, enfrentar juntas todos los problemas que tenemos como freelance (inseguridad laborar), no competir pero construir juntos. O sea intentamos poner en práctica, en lo pequeño que es lo que nosotros hacemos, lo que soñamos para el mundo. Nos planeamos los trabajos juntas, cobramos lo mismo e intentamos tener las mismas obligaciones/responsabilidades como también los mismos derechos. Es una tarea difícil, con muchos retos pero que tiene momentos maravillosos cuando sientes que remas hacia lo mismo con más personas.

¿Estás/n trabajando en algún proyecto que quieras contarnos?

Justo ahora estamos en el desarrollo de algunas propuestas que nos interesa mucho poder trabajar en profundidad. Se trata sobre todo de una serie documental sobre luchas de mujeres por el mundo. Por desgracia, la mayoría de las historias que contamos retratan problemáticas en su mayoría muy difíciles de resolver porque así es el mundo en el que vivimos. Pero queremos intentar contar también historias que nos inspiren para cambiar este mundo⚫

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Titulo: Disparos

Año: 2018

País: México

Director: Rodrigo Hernández Tejero y Elpida Nikou