Entrevista a Agustín Toscano, director de El motoarrebatador

Rocío Molina Biasone 3 - Junio - 2018 -Entrevistas

 

 

El disparador para que empezaras a desarrollar El motoarrebatador fue un robo de motociclistas del que tu madre fue víctima. ¿Por qué recurrir al cine? ¿Por qué convertir eso en un guión de largometraje que hiciera foco en el ladrón y en lo que podría llegar a sentir luego de ese robo?

El cine me permite ver escenas en las que yo no estuve y, sin embargo, me persiguen. Escenas en las que no puedo dejar de pensar. Quizás si hubiera visto a mi mamá siendo arrastrada por dos motoarrebatadores, mi versión de esta historia sería totalmente distinta. La imaginación, en cambio, decidió darle este rumbo a los acontecimientos. Hacer foco en ese ladrón es hacer ciencia ficción. Nada más alejado del documental sobre el robo a mi mamá que esta película. Por suerte, mi madre no se golpeó la cabeza y no pasó por nada de lo que yo escribí para el personaje Elena. La historia no es consecuencia de ese disparador, pero viene de ahí; no es, tampoco, que yo conozca o haya leído de algún ladrón arrepentido, pero es de eso de lo que se trata. No del robo, sino del posible asesinato en el que puede desencadenarse un arrebato. Es un ensayo teórico. Una pieza de dramaturgia. Acaso un reflejo de la realidad. Una puesta en conflicto de unos ciertos personajes ficcionales que se fueron creando mientras el proyecto se desarrollaba. Ni siquiera intenta ser una historia verosímil, pero igual duele.    

 

Al leer que la idea base la empezaste a desarrollar hace diez años, me sorprendí porque, inclusive en la actualidad, la sociedad no parece estar ni pronta ni dispuesta a pensar la problemática que atraviesa tu película desde la perspectiva que ofrecés. ¿Creés que se ha vuelto más urgente que nunca que el cine se encargue de mostrar los grises de personajes como Miguel?

Esta confusión la podríamos aclarar un poco. El arrebato que me inspiró sucedió hace más de diez años, quizás veinte, cuando a mi mamá la arrastraron por la calle para arrebatarle el bolso. La imagen estaba en mi cabeza desde entonces. La potencia cinematográfica que tenía esa escena la fui descubriendo con el tiempo. Los últimos cuatro años me dediqué a escribir el guión. En el proceso descubrí que Miguel debía ser un personaje con una escala de grises compleja, difícil de encasillar: debía ser Miguel “ángel” y Miguel “motorrebatador”, a la vez. Debía ser la síntesis de estas dos antítesis, de modo que representara una problemática para la empatía del espectador con la película. Se trata del perdón, los personajes logran perdonarse entre ellos y superar las diferencias que los separan. Pero el que mira la película no necesariamente logra apiadarse, y en esos matices que existen entre prejuzgar y juzgar comprendiendo la realidad social que atraviesa la historia, es donde el viaje emocional que proponemos encuentra su sustancia. La sentencia final la dará cada espectador según su propia experiencia. 

 

Las interpretaciones de todos los personajes son realmente excelentes, y el casting hecho a medida. ¿Cómo fue el proceso de selección de los actores?

Se seleccionaron solos. Son esa gente con la que yo tenía muchas ganas de trabajar, y que coincidía con que ellos también querían hacerlo conmigo. No hubo un día de empezar el casting. Resultó que cada personaje tenía asignado un actor antes de empezar a escribir. Guionaba imaginándome a ellos, luego podía juntarme con algunos y ensayar algunas escenas, discutir otras. Fue un proceso colectivo muy genuino. Hubo gente que se alejó naturalmente y otra que vino a reemplazarlos, pero el núcleo fuerte se mantuvo y son parte de mi familia, de mi tropa. Siento que lo mejor de las dos películas que hice son las actuaciones. Me gusta cómo forman una armonía que parece un micromundo, siendo que hay actores que vienen de muy distintas procedencias. En ambas películas involucramos actrices de Buenos Aires que aportan un contraste evidente con el elenco tucumano. Pero no es el contraste intersubjetivo lo más interesante de la reunión, sino la riqueza interna que cada actor tiene que hacer para hacerse entender por ese otro (tan diferente). Como ejemplo, citaría las diferencias que aparecen en el lenguaje del motoarrebatador Miguel (Sergio Prina) cuando habla con su ex mujer (Camila Plaate, tan tucumana como él) y cuando habla con la vecina (Mirella Pascual, uruguaya), o con la psicóloga (Pilar Benítez Vibart, de Buenos Aires). La riqueza de Miguel es ser creíble en los tres registros distintos, y tener uno diferente para tratar a su co-protagonista, Elena (Liliana Juárez), la víctima del arrebato. Elena y Miguel (Juárez y Prina) pertenecen al mismo extracto social. No se conocían, pero se reconocen el uno en el otro. Ella casi lo dobla en edad y, sin embargo, son tan cercanos, porque su lenguaje oral y corporal son similares, porque sus referentes verbales son muy parecidos, e incluso parte de sus biografías coinciden: ambos migraron del campo a la ciudad. Esa complejidad en la paleta de voces la busqué remarcar desde la trama, algunos personajes son muy próximos entre ellos, otros son muy ajenos, casi forasteros. Eso se escucha y se ve, aunque no se explique.  

 

Haber hecho que víctima y victimario terminen interactuando y desarrollando un vínculo fue una apuesta arriesgada, pero muy atinada. Partiendo de ese robo y de la culpa de Miguel, ¿cómo se te ocurrió armar la historia del vínculo entre él y la mujer a quien lastimó, hasta que ambos personajes obtienen casi el mismo protagonismo, en vez de dejar a Miguel solo con sus problemas y lo que lo atormenta?

Elena y Miguel, los dos protagonistas de El Motoarrebatador son una pareja desopilante e inesperada. Quizás lo más complejo, y lo más divertido que tiene la película es que los dos personajes mienten, es decir, “actúan”. Los espectadores sabemos que mienten, pero ellos deben ser creíbles igual. Como cuando alguien actúa en la vida real. En esta historia asistimos a un mecanismo de actuación, y si bien toda película de ficción es ya un campo de actuaciones, acá lo atractivo es que “actúan de que actúan”. Los actores, a su vez, deben mostrarnos el reverso y el anverso de una composición. Incluso deben hacernos creer que ellos mismos creen en las mentiras del otro personaje. Nada fácil y, sin embargo, les sale bastante bien. En general, el mecanismo de las películas realistas es tan transparente que preferimos olvidarnos por un rato que son actores, y abandonarnos a creerles que son esos personajes. Pero, en este tipo de película, el trabajo de la credibilidad va más allá, casi que se suspende. Es ridículo, pero igual es muy divertido creerles. Cuando escribí el guión, decidí seguir el punto de vista de Miguel durante todo el relato. En todas las escenas está él. Sin embargo, decidí también formalmente generar un duelo por el protagonismo entre Miguel y Elena, sin perder el punto de vista de él. Así diseñé la idea de que la ausencia del otro personaje le pesa al protagonista en su conciencia tanto como estar con ella. Como imanes, estos dos personajes tienden a unirse, y es con mucha fuerza de voluntad que Miguel, de vez en cuando, logra escaparse de la fuerza de atracción que ejerce Elena para retenerlo cerca suyo, para “vampirizarlo”, para cobrarle hasta la última gota de culpa; como si ella fuera consciente de que su participación se vuelve protagónica si logra mantener cerca a ese otro sujeto, que protagoniza la acción de la película, y al que la cámara lo sigue con insistencia y exclusividad.

¿Cuánto tiempo llevó realizar la película? ¿Qué desafíos se presentaron a lo largo de cada etapa de producción?

La preparación llevó cuatro años, los últimos dos muy dedicados a buscar financiación. La película se pre-produjo en cinco semanas y el rodaje fueron otras cinco semanas más. Cuando salimos a filmar teníamos el apoyo del INCAA, del Gobierno de Tucumán y de la Municipalidad de San Miguel de Tucumán, pero no habíamos completado todavía la financiación y dependíamos de una pata más, que recién llegó la tercera semana de rodaje, como un milagro, cuando anunciaron que el ICAU (Dirección del Cine y Audiovisual Nacional de Uruguay) nos otorgaba un subsidio para que Uruguay sea co-productor minoritario. Ahí terminamos de filmar más tranquilos. Pero, antes de eso, no sabíamos bien que pasaría: tuvimos que dedicar gran parte de la pre-producción a achicar la película, sintetizar varias escenas en una, sacar pasajes que no eran fundamentales, eliminar personajes, locaciones, traslados y noches, mover lo que se pudiera mover para reducir costos. Esa economía nos ayudó a tomar decisiones jugadas, y hoy las valoro. En ese momento era difícil saber si estábamos arruinando todo por hacerlo entrar en presupuesto, o si esto daría resultados positivos. Incluso la postproducción arrancó así con la buena voluntad de la gente, pero hasta que no nos confirmaron el apoyo del Programa Ibermedia, no teníamos claro cómo terminaríamos esta expedición. Fueron cuatro patas muy importantes para crear este mamífero que es la película.  

 

¿En algún momento temiste que los espectadores no pudieran empatizar con un tipo de personaje tan demonizado en el día a día y en los medios de comunicación de nuestro país? 

No le temo a esa reacción, la espero con los brazos abiertos. Bienvenido el debate, si se da, la polémica, si se genera, será enriquecedora para la sociedad y beneficiosa para la película. Me entristecería que fuera ignorada por los medios de comunicación y las personas que demonizan a este tipo de personajes. Sería maravilloso que se discuta, que el tema llegue a las mesas de los hogares, a la mesa de Mirta, que se hagan memes. Creo, como te decía antes, que el juego de empatías es lo que me parece más atractivo de este asunto. Ni los espectadores que más empaticen con el personaje lo podrán amar. Pero apuesto también por lo contrario, que el que lo intente odiar tampoco podrá hacerlo desenfrenadamente. Acá apelo a la magia de esa sonrisa que tiene Prina. En España me dijeron que “arrebatador” se usa más bien como sinónimo de “encantador” (o “enamorador”), más que para referirse a un ladrón. A mi me pareció que entonces el nombre de la película era más preciso para los españoles que para los argentinos, aunque ellos me estaban advirtiendo esto para que cambie el título por “El Tironero”, o algo similar. El “motoencantador” es una buena forma de ver al personaje. Tiene gestos nobles, tiene su sistema de valores, ama y cuida a su hijo, tiene su sentido del humor y un gran ingenio para inventar historias; y, sin embargo, eso no le quita lo dañino, lo torpe, lo aprovechador, ni lo triste de esa existencia que lleva adelante. 

 

¿Qué impacto te gustaría que tenga tu película en los espectadores, por supuesto a nivel mundial, pero más que nada, en el público nacional?

Quisiera que se puedan reír viendo la película, que se sorprendan, que intenten adivinar a dónde va la cosa, y que no terminen de hacerlo hasta el final. Quisiera que sea una de esas películas que continúan en el bar, que se discuten, que se defienden y se atacan con pasión. Quisiera también que Scorsese haga una remake en inglés y que sea comparada con la nuestra. Pero lo que más quisiera que pase, es que en alguna pantalla de cine de Tucumán la dejen un tiempo largo en cartel, y que sea por cumplir la cuota pantalla que no se la pueda dar de baja (cosa que ya pasó con Los dueños, y la dieron de baja igual, aunque tenía la sala llena de lunes a lunes, con venta de entradas anticipadas que se agotaban desde el primer día en que la boletería del cine las ponía a la venta).

Rocío Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

Entrevista a Agustín Toscano

Estreno en cines Jueves 7 de junio.