Vigilia en agosto (2019) de Luis María Mercado

“Dios, patrón y marido”

A menudo, los tiempos que estamos viviendo hacen que pensemos que hay cosas que ya quedaron en el pasado. Quienes tuvimos la suerte de ser criadxs en un contexto en que los roles de género ya no se encuentran definidos de una manera tan binaria y limitada —sin que padre y madre se encuentren en extremos opuestos en cuanto a las funciones que les corresponden en la casa y en la crianza—, solemos pasar por alto que la familia nuclear heteronormada y patriarcal sigue muy viva, y más cerca de lo que pensamos.

Magda (Rita Pauls) es, desde la primera escena, una mujer que cumple con todos los requisitos para convertirse en la esposa ideal: es bella, va a la iglesia, acompaña a su futuro esposo mientras él visita las instalaciones de su empresa agraria, no se muestra abiertamente sexual ni provoca a su marido, pero tampoco rechaza sus avances en lugares poco apropiados. En resumen, sabe cómo “satisfacer a su hombre”. El conflicto del film nada de extraño o particular tiene, sino que se podría decir que Vigilia en agosto es una película sobre una transformación, disparada por un choque entre el mundo como lo creíamos y el mundo como es, transformación que tiene una culminación en particular: ser la esposa perfecta.


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El “Gringo”, futuro consorte de Magda, es la encarnación de la fórmula trinomial sobre la que se sostiene un sistema patriarcal y plutocrático: “Dios, patrón y marido”. Sin esa primera entidad, la figura mítica creada para encaminar a lxs fieles según las reglas que mejor les convenga a los amos, a los que están en poder, la tradición de ese pueblo no se sostiene: desde la Biblia sale y se extiende hasta las mujeres y los trabajadores de la planta que le pertenece al Gringo mismo, el relato perfecto que nos dice que hacer el Bien es perdonar, es hacer feliz a tu marido, es trabajar duro con poca recompensa. Y cómo no recordar también, si de dioses se trata, la relación entre Zeus y Hera. La última ha pasado a la historia como la celosa, la envidiosa, la despechada, la histérica; y el primero sigue siendo el macho, el padre de dioses, y nos seguimos riendo de cómo se quería “introducir” en todo lo que se moviera. El hombre tiene licencia para engañar, y las mujeres tienen dos opciones: ser las locas o las calladas.

En este hilo de descubrimientos, Magda también se choca con su marido en la piel del patrón, y su imagen cambia en sus ojos: de ser el “jefe copado”, el que todos llaman “gringo” y se conoce con todo el pueblo, a revelarse como el explotador que siempre ha sido, para quien cada fracción de su dinero es cien veces más importante que la vida de uno de sus trabajadores. Si el primer choque —en el que no vemos lo que Magda ve, por una magistral decisión del director de no mostrarnos más que su mirada, su cara de sorpresa y horror ante lo que está viendo, junto a algunos sonidos, voces, música y la mención del nombre de su esposo— la había hecho sentir un rechazo que aún no llegaba a comprenderse, como si no se atreviera a creerlo, y se manifestaba en una enfermedad, este nuevo descubrimiento le confirma el tipo de persona con el que se va a casar.

Es el tercer golpe el que finalmente la deja en un estado de profundos nervios, y tal vez lo peor de lo que sucede, es que pasa en silencio, pues por más que Magda grite y llore, calla la verdad, como si aún no pudiera desprenderse de ese matrimonio, de ese futuro, de eso que cree que al fin y al cabo, es mejor que nada, y que tal vez sea mejor ser la patrona callada, que la solterona loca⚫

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Titulo: Vigilia en agosto

Año: 2019

País: Argentina

Director: Luis María Mercado