15 julio - 2019. Por: Lucila Da Col - Críticas

"Una vida normal"

Primeros planos de espaldas, culos, manos, entrepiernas, barbas. Cuerpos masculinos deseantes que se acercan, sutiles se rozan, se tocan. Las manos exploran, lo erecto se impone, el chape es inminente. El sexo entre varones se convierte en relación amorosa en Un rubio de Marco Berger, quien hace años viene indagando audiovisualmente estos vínculos. Dos compañeros de trabajo se involucran sentimentalmente. Juan le alquila una pieza de su casa a Gabriel, viudo, tranquilo y con un pasado religioso, a cargo de una hija pequeña que vive con sus abuelos paternos a quienes Gabriel visita unos días en la semana. Ambos con relaciones ocasionales con chicas se van observando y buscando, se histeriquean tenuemente.

La cámara de Berger construye en base a repeticiones de planos y de secuencias estos encuentros entre los muchachos, en un increyendo sutil y elaborado se posa sobre sus corporalidades y sus miradas, sus deseos explícitos y a veces tímidos. La construcción del “mudo” en manos de Gastón Re es de una sensibilidad muy preciosa. Cierta fragilidad y calma se refleja a través de sus expresiones y la cámara va a su encuentro como quien no puede apartarse de un trabajo tan agudo y poco usual.

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Como hiciera en Plan B (2009)y Taekwondo (2016), el amor y la atracción entre dos varones es latente y la tensión y el flirteo constante también. Sin embargo, en Un rubio Marco Berger enfatiza sobre la dificultad a la hora de enfrentar la homosexualidad con sus estigmas y puniciones. Salir del closet es una instancia superadora que el personaje de Juan no puede ni quiere lograr. “Así como vos tenes una hija yo quiero tener una familia, yo quiero tener una vida normal. No quiero llegar a un lugar y que me señalen, no quiero eso”. Y dentro de dicha normalidad se excluye todo deseo homosexual y la norma rige con fuerza sobre sus elecciones.

Uno de los ejes centrales de Un rubio pareciera ser entonces la sexualidad disidente y la imposibilidad de vivirla con libertad. Ambos personajes centrales se encuentran dentro de un closet y la trama narrativa indaga las vivencias de sus personajes dentro de este concepto. A la hora de pensar sobre el closet, se hace necesario recurrir a Eve Sedgwick quien en Epistemología del armario (1990) postula que la salida del armario nunca es completa o dada de una vez y para siempre, ya que se trata de un hecho relacional. Asimismo señala que “la oposición adentro-afuera, o entre el silencio y la ignorancia por un lado, y la palabra y el conocimiento por el otro, es un tanto simplista y no da cuenta de las múltiples y complejas formas en las que no decimos, ni de las contradictorias y también mutifacéticas formas en las que anunciamos, sugerimos, declaramos lo que decimos y no decimos ser. Del otro lado, esa oposición tampoco da cuenta ‘del destinatario’ y básicamente qué es lo que ese destinatario podrá o querrá leer”. Lo que Sedgwick pone en cuestión es la complejidad y la multiplicidad de contextos. Este aspecto relacional de la salida del armario habilita a repensarla no tanto como un acto constatativo acerca de quiénes somos sino más bien como un acto performativo capaz de interrumpir la apacible “normalidad” que la heteronormatividad decreta. Así es como Un rubio involucra a sus personajes en un contexto donde el fútbol, las reuniones entre amigos y las relaciones sexuales con chicas suponen lo “normal” y lo “prohibido” o “anormal” son el romance y la pasión que viven Gabriel y Juan. A Gabriel le llaman “el mudo” por su apacible semblante y dicho apodo pareciera no solo remitir a todo aquello que calla y vive en silencio sino también a que paradójicamente es el único de la pareja que se sincera consigo mismo y pone en palabras sus elecciones más profundas⚫

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Titulo: Un rubio

Año: 2019

País: Argentina

Director: Marco Berger