Todo, en fin, el silencio lo ocupaba (2010), de Nicolás Pereda

11 julio - 2019. Por: Javier Grinstein - Críticas

"Películas que matan a su público"

 

Lucrecia Martel dijo en una entrevista esto sobre su cine: ≪Me interesa que mis películas no se vayan tan rápido de la cabeza como las del cine comercial, aunque las odies. Quiero lo opuesto a la comida chatarra, donde tenés que masticar rápido porque si apelás a la lentitud te das cuenta de que es una mierda≫. Nicolás Pereda sobre la producción de su película dijo esto otro: ≪(Todo, en fin, el silencio lo ocupa) es una exploración del concepto del silencio dentro del cine≫. Entre estas dos citas es que vamos a poder abrirnos algún sentido.

Todo… no es un documental, no es ficción, no es un making of. Es una puesta en abismo muy particular sobre distintos dispositivos de representación. Es un poema encarnado en un texto teatral filmado por cámaras y, a su vez,  registrado el rodaje de forma documental. En un plano la cámara apunta a un monitor y se forma una imagen infinita.

El poema es Primero Sueño de Sor Juana Inés de la Cruz. La actriz que lo interpreta es Jesusa Rodríguez. Mientras, la cámara de Nicolás la va guiando y tomando en una ficción que nunca vemos. En cambio, lo vemos a él también (como vemos a Velázquez en Las Meninas) formando parte del universo en la cinta que se nos muestra. Sin embargo, Todo… no tiene las formas (el estilo) del cine directo que necesita reafirmar su veracidad a través de la forma desprolija y sobreiluminada. Sino que tiene más un aire expresionista, como una pintura de Caravaggio.

El silencio del que habla el director, es también silencio visual. Es ausencia de accidentes, falta de información y de un ritmo acelerado. Es oscuridad. La cantidad de estímulos es mínima. La cinta va en la dirección predecible que se arma desde el primer plano, donde Jesusa está acostada, prácticamente una silueta de luz y la oímos a ella proferir el texto. También escuchamos al equipo técnico acomodar las pocas luces y en señalar el “acción” y el “corte”.

En esta era del multitasking y de los universos cinematográficos, el aburrimiento es un afecto que está marginado. El odio al que alude Lucrecia Martel me parece que toma cuerpo en esto. Todo… según su realizador es la filmación de un texto teatral. Sin embargo hay dos decisiones que toman un sentido. La puesta de esta obra es sin público. En cambio, otra digresión de la norma, es que Jesusa no es un modelo que pone el cuerpo sin involucrarse; ni una actriz que interpreta según las órdenes de un director. Ella ejecuta y participa activamente de la puesta y su contenido. Ella también es productora de sentido en la obra que habita. La atención, entonces, está en el hacer más que en el percibir.

Todo… ahuyenta el público, lo niega. En cambio, experimenta en su propio silencio y en las formas en las que hace. En como se vincula la obra con sus obradores. Más que nunca podemos decir que es una película “Mata-Público”.

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En el minuto, 40, sin embargo, se produce una transición. La película sale del set al exterior. No antes sin pasar por un plano largo donde la cámara mediante un cambio de obturación (desconozco exactamente el mecanismo técnico) modifica su rango de sensibilidad a una cantidad de luz distinta. La imagen se va volviendo más nítida y se separa el cielo del edificio; el fondo de la figura. Como cuando uno entra o sale de un lugar muy oscuro y cambia el tamaño de nuestras pupilas La película emula este cambio y nos da una pista. Hay que “acomodar el ojo” para ver esto. Pero, ¿Por qué no darnos esta pista desde un inicio? ¿Será que lo hace deliberadamente?

Hacia el final, durante el rodaje de alguna otra escena más, en el exterior, ésta es interrumpida por una inesperada lluvia. El equipo intenta continuar a pesar de la contingencia y se ve sobrepasado por el agua. El espacio no parece más pertinente para el ejercicio ni sus condiciones técnicas. Acá aparece la dimensión trágica del experimento. La lluvia no deja lugar para el silencio.

Concluyendo, traigo a colación quizás el más célebre ejemplo de la representación en abismo: En Hamlet vemos como Claudio presencia la interpretación de su crimen y su catarsis nos despierta nuestra propia catarsis. En Rosencrantz y Guildenstern han muerto, la obra de Tom Stoppard que incluye un grado más de puesta en abismo dentro del mismo universo y se centra en los intérpretes que hacen la obra que ve Claudio; aún tenemos a nuestra disposición espectadores que nos incluyen, por más que el proceso de foco está corrido a otro lado. En Todo… el espectador está completamente ocultado. Ni siquiera aparece su voz en la oscuridad, como sí lo hace, la del director. Estamos, por primera vez, como espectadores, enfrentados a experimentar el tedio de la creación de sentido y de su vacío. Del eco de cierto hacer que no nace del mercado, ni de la crítica. El silencio que experimentó Nicolás Pereda no es el silencio de la sala que mira la obra terminada y la completa. Según una posible lectura, esa es la lluvia que borra al autor. El silencio está antes. Para experimentarlo hay que vaciar al espectador interno, y que quede solo el hacer. Lo que ≪es difícil de sacar de la cabeza aunque lo odies≫ que marca Lucrecia es ese trabajo de salir de la pasividad para transitar ese aburrimiento y entrar en el silencio de un otro. Que la obra no venga a nosotros y dejarnos atravesar, sino vernos obligados a meternos nosotros a la fuerza, dentro de la obra⚫

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Titulo: Todo, en fin, el silencio lo ocupaba

Año: 2010

País: México

Director: Nicolás Pereda