Punto muerto (2018) de Daniel de la Vega

4 octubre - 2019. Por: Javier Grinstein - Críticas

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A fines de los años 60 unos cuantos críticos de cine habrían encontrado una verdad que hasta el día de hoy pareciera no ser tan evidente para muchos cinéfilos. Ésta, desestima la idea de que existen por carriles separados un cine de entretenimiento vacío de contenido y, por otro lado, un cine artístico o de ensayo, que aborda los grandes temas de la humanidad. Algunos teóricos con más precisión, avanzaron sobre esta misma desmitificación hablando de narraciones que construyen sentido alrededor de los simbólico y narraciones que lo hacen a través de lo alegórico.

Hablando de forma más precisa, quién quisiera podría encontrar sentido y profundidad en mayor medida en películas como Duro de Matar, Mi Pobre Angelito o La Ventana Indiscreta que en Sin Aliento, Irreversible o El Árbol de la Vida. Esto, por supuesto, está muy lejos de ser una valoración en relación a esas películas. 

Podemos, por supuesto, clasificar las películas por sus formas de producción y distribución que suelen tener mucho que ver con estos preconceptos. Pero siempre alertas de lo que se nos puede estar abriendo si miramos a todas las películas con la misma porosidad de encontrarle el concepto detrás de la forma. 

Punto Muerto es la sexta película de Daniel de la Vega. Director que ha transitado el cine de género en profundidad. Es decir un cine que, por razones muy difíciles de precisar, en el ámbito nacional no tiene para nada la valoración por la audiencia que tienen películas extranjeras con las mismas características. Es decir, un cine que depende del estado y que tiene un público de nicho. En este caso, esta cinta aborda un género que quizás tenga un tanto más de popularidad; el policial. Y sin embargo no se trata de un policial negro sino uno clásico y filmado en blanco y negro. En efecto, podemos decir que Punto Muerto es una película que no se hizo considerando primordial llamar la atención del gran público.

La película es un gran homenaje al género. Cuenta la historia de un escritor de novelas policiales, Luis Peñafiel, quien presenta su última novela, la que quizás pueda resolver de forma satisfactoria el enigma del asesinato en un cuarto cerrado. En la presentación del libro está presente Dupuis, un crítico literario que ha sido en toda la carrera de este experimentado escritor su némesis; y, Lupus, un escritor nouvelle, que lo admira. La noche, luego de la presentación, mientras el crítico lee el borrador final de la novela, ocurre la intromisión del libro en la realidad. Dupuis es asesinado de la exacta misma forma que está planteado el principal crimen en el libro y Peñafiel es, en realidad, el principal sospechoso.

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En resumidas cuentas, Punto Muerto es un policial clásico que habla sobre el mismo género que ejecuta. La cinta está plagada de referencias precisas a Hitchcock, al Film Noir, a Agatha Christie, al policial nacional de Christensen; a las películas de clase B de Corman que adaptaban a Poe.  También es, por sobre todas las cosas, muy respetuosa. Demasiado.

El tema que aborda es la obsesión por la obra perfecta. En esta ocasión, película y tema dialogan para contradecirse. Para abordar esta contradicción tengo que incorporar también otra idea ya mencionada: Lo clásico.

Ya pasaron por delante de nuestros ojos muchísimos intentos por definir qué significa ser un clásico. ¿Es ser atemporal? ¿Es hacer escuela? ¿Es tener un principio, un desarrollo y un final? ¿Es ser hegemónico, lograr el agrado de la academia, de la audiencia, de ambas?

Punto Muerto se construye como un relato de aspecto clásico. El policial de esta índole es complejo de construir y, sin embargo, ya está harto transitado. Da la sensación que no queda crimen sobrenatural con una explicación simple pero oculta en el supermercado de historias. No es lo mismo contar El Sabueso de Baskerville o El misterio del Cuarto Amarillo a principio del siglo XX que hoy. Esto tiene mucho que ver con el sentido que puede abrir de forma simbólica el relato. Algo de esa posibilidad de construir sentido hace a un clásico.

Punto Muerto, a pesar de todos sus logros en lo formal y estilístico, nunca será un clásico. Porque le tiene demasiado respeto a sus antecesores. No construye sentido más allá de ser un catálogo de amor hacia un género. No hay particularidad, no hay una mirada más que aduladora.

Para hacer una breve comparación con un caso similar pero distinto. Casablanca es un clásico que, el cinéfilo más involucrado sabe, está plagado de lugares comunes y referencias a otros relatos previos. Y sin embargo, en su ejecución logra construir sentido porque esos ingredientes están integrados más allá de su significación ya entendida. Algo similar sucede con Tarantino.

La obsesión por la obra perfecta, clásica, que soluciona un enigma planteado en una tradición, no puede construirse únicamente de extracto de obras que alcanzaron cierto lugar de relevancia porque esos fragmentos van a ser siempre más preponderantes que el todo. Daniel de la Vega con este guión que, en palabras propias, escribió de una sola vez, sin repaso, ni corrección; no busca lo que Luis Peñafiel, su alter ego, quiere. Quizás por algo que está plantado en la misma película. Peñafiel dice haberse formado a partir del castigo de la crítica. Un clásico se construye a pesar de la crítica, no gracias a ella. Sucede al revés de como se plantea en Punto Muerto.

En una entrevista, Juana Molina mencionaba que con una colega cantautora habían encontrado una diferencia que las definía a ambas. Una hacía letras para cantar la música; mientras que la otra hacia la música para cantar las letras.

Daniel de la Vega parece que le puso letra al policial clásico que siempre tuvo ganas de cantar. Se puso todas las condiciones para jugar a hacer la película que amó ver de chico. Un juego con más reglas que libertades y que parece no decir más que eso. La obra perfecta existe, la hicieron otros antes..⚫

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Titulo: Punto Muerto

Año: 2018

País: Argentina

Director: Daniel de la Vega