Había una vez... en Hollywood (Once Upon a Time in... Hollywood, 2019), de Quentin Tarantino

4 agosto - 2019. Por: Javier Grinstein - Críticas

"La canonización de Sharon"

 

Hay una conversación que se volvió frecuente en estos días. Pongámosle que hay tres personas en un lugar y una le pregunta a otra: “¿Viste la última de Tarantino?, ¿qué te pareció?”. Como quién no está seguro qué opinar por miedo a quedar desubicado. En mi caso, evito dar una respuesta rápida que satisfaga la ansiedad del otro (para eso escribo esta crítica), pero la conclusión en general, de ese intercambio demorado lleva a pensar la película como algo “ni muy, muy; ni tan, tan”, más relacionado al efecto en lo inmediato que en una sensación profunda. Ahora, la tercera persona involucrada en esa conversación que hasta ese momento escuchaba todo, termina la charla con un: “Yo no la había visto. Igual la voy a ver”. Creo que esto no le pasa a ningún otro director vivo en este momento.

Tarantino es un director que se ha ganado el visto bueno de la audiencia y de la crítica. Que ha hecho siempre lo que quiso yendo a contracorriente. Autodidacta y cinéfilo. Es el que produce que uno como espectador se sienta desautorizado a desautorizarlo.

Según él, su película más personal, Érase una vez… cuenta, de forma coral, la historia de tres personajes. Rick Dalton, un actor de western en decadencia que la industria lo fue corriendo a personificar el “heavy”que el protagonista borrará al final de algún capítulo; Cliff Booth, su doble, chofer y amigo; y Sharon Tate, su vecina. Sharon Tate es la mismísima Sharon Tate que fue brutalmente asesinada por el Clan Manson en febrero de 1969. Y la película rondará reconstruyendo esas fechas en todo su argumento.

El arco de Rick se sumerge en el mundo de la creación artística y del detrás de cámaras. La decadencia del actor a manos de la industria lo pone en una crisis de la que saldrá conectándose con el patetismo y la pulsiones artísticas. El arco de Sharon Tate, tiene que ver con lo real. Ella ancla la película a la historia y le da un permanente contexto. Ronda como un fantasma amado. El arco, de Cliff, en la bisectriz, conecta estos dos universos. Sirve de medio y de anticipo. La película juega, por sobre todas las cosas, con la expectativa. Por momentos parece que trabaja más de esta forma que con el propio relato que va construyendo.

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Esta anti-tragedia no se parece tanto a las película de Tarantino que más recordamos. No es estrambótica, ni ecléctica, ni efectista. No está desorganizada, no tiene contrastes entre lo trivial y lo vital, no tiene tanta violencia. Sí, se construye a partir de un pastiche de homenajes y un inigualable amor al cine; Sí, se centra en la referencia real de una minoría oprimida para liberarla en la ficción; sí, maneja un nivel de permiso que pocos directores ostentan. Esta cinta respira y cuenta con otra cadencia de la que esperamos.

Algo de lo que fue madurando el director con los años, es en llevar a sus personajes a situaciones más densas y volverlos más responsables de sus conflictos. También recuperó algo de Jackie Brown en relación a la profundidad y a la transformación.

El arco de Rick Dalton, el personaje protagonista de la cinta, nos sirve de excusa para ordenar la película y marcar un tempo alrededor de su transformación, su búsqueda (quizás el elemento más autobiográfico). La minoría presente en Érase una vez… es el artista condicionado por la industria cultural. En un contexto donde la mirada está siempre puesta sobre el consumidor y el artista solo es personificado como una víctima o el objeto de consumo que lleva una vida de desborde; poner el foco sobre los productores de arte de otra forma es darle voz a una minoría. Y, repito, sirve de excusa porque en realidad el centro del relato está en abordar la pregunta: ¿El arte imita a la realidad o la realidad al arte?

Las superposiciones o tensiones entre realidad y ficción son bastas, por nombrar algunas: Por supuesto que lo primero es la idea del doble: Uno es apariencia del otro; imitación. Uno solo puede recibir el impacto de lo real.  Luego, vemos en el cine como Margot Robbie (quien interpreta el papel de Sharon Tate) va al cine a ver una película interpretada por la Sharon Tate real. Esuchamos a Dalton inventar el argumento de la novela que lee para terminar contando su propia vida. Vemos a Dalton actuar en la cinta original de The Great Scape modificada digitalmente. Escuchamos decir al clan Manson algo así como devolverle al cine la violencia que les dió primero el cine.  Y si queremos ir más lejos, Damon Herriman interpreta a Charles Manson en esta película y también lo hace en otra ficción. O también que las escenas en Hollywood Drive fueron filmadas en la locación real con decorados agregados y que, para el final del rodaje, algunos negocios pidieron conservar los decorados como fueron utilizados en la ficción.
Al mismo tiempo, este estilo narrativo relacionado a la reconstrucción histórica nos hace involucrarnos también a nosotros en esa tensión como jueces del vínculo entre las peripecias y su desenlace verídico.

Esas expectativas están todo el tiempo siendo protagonista de la propuesta de tal manera que una secuencia, la del Spahn Ranch, nos anticipa que el desenlace puede no suscribirse a la tensión que genera sino que también puede ser negado. Y al permitir esta posibilidad habilita un sentido. Sentido que quizás no podamos construir hasta que superemos esa expectativa frustrada. Un sentido que quiere poner la atención en otro lado y construir una nueva mitología.

Con el fin, únicamente de recordar a Sharon Tate no como la víctima del morbo, sino como una artista. Quitarle el velo de la tragedia, permitirle a ella ser artífice en su recuerdo y no ser borrada como Dalton al final de cada capítulo en el que es el “malo”. Tarantino, a lo Tarantino, tuvo que torcer la historia. Cliff, el doble, el que interviene en lo real, debe sobreponerse y contraatacar a los hippies, a estos espectadores que matan al artista. Como le sucede a su Hitler (que mataba judíos) o a Stuntman Mike (que mataba mujeres) o a Monsieur Candie (que mataba negros). Erase una vez… es la defensa que construyó Quentin para defender el aura de los artistas y el mundo del arte, de las expectativas del consumidor. Pero también de todos los efectos que pueden ocasionar en ellos.

Ahora, es válido preguntarse si, una vez que ya conozco el resultado y me libero de la expectativa, ¿la película me va a construir el mismo sentido? ¿Tarantino habrá guardado algún secreto más? Yo creo que vamos a tener tiempo de averiguarlo, porque muchos la veremos una y otra vez más y esto, también, es el efecto que produce Tarantino⚫

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Titulo: Once Upon a Time in... Hollywood

Año: 2019

País: EEUU

Director: Quentin Tarantino