Ojos negros (2018) de Ivet Castelo y Marta Lallana

Crecer sin dejar de lado

Ojos negros opera prima de las directoras Marta Lallana e Ivet Castelo narra la historia de Paula, una chica de 14 años que viaja sola a visitar el pueblo de su madre y a reencontrarse con su abuela y tía a las que prácticamente no conoce. La línea argumental es sencilla y muchas películas comparten esta trama, pero el acento y la riqueza de la película radica en el punto de vista desde donde es narrada y la cercanía que mantiene con su protagonista.

Hace unos años el cine español comienza a alejarse de los centros geográficos habituales para escapar a otras localidades que hasta el momento fueron poco representadas, como ocurre en la película catalana Verano 1993 (2017) de Carla Simón. Ambas películas nacen como proyecto final dentro de un marco universitario, y tanto en una como en la otra el proceso de escritura implica revisar la propia historia, nutrir la ficción de elementos autobiográficos, volver a los pueblos que visitaron de niñas y donde pasaron sus veranos, incluso a recurrir a la propia familia para que formen parte del elenco. En el caso de Ojos negros el proceso de creación fue colectivo, un grupo de amigas se junta a escribir un guion que se basa en experiencias comunes de la transición de la infancia a la adolescencia, de las primeras rebeldías y huidas de la mirada protectora familiar.


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Llana y Castelo logran desde la primera escena representar ese momento de la vida donde las decisiones las toman los padres, donde pese a que la infancia ya haya quedado atrás aun la autonomía no es total. A través del uso del primer plano de Paula y la creación de un espacio fuera de campo con las voces de sus padres en plena discusión, está presente ese momento bisagra que atraviesa el personaje, entre los deseos propios y las posibilidades que otorgan los adultos.

Y probablemente el gran acierto sea el trabajo contundente sobre lo que queda por fuera del cuadro, lo que Paula mira de soslayo, lo que aun pertenece al mundo de los adultos: las discusiones de los padres, el encuentro sexual entre su tía y su amante, la agonía de la abuela en la habitación cercana y el cambio del propio cuerpo que puede generar cierta angustia y parece preferible esconder, esconder la bombacha manchada de sangre, que es la prueba de que el cambio ha ocurrido. Paula se debate entre la curiosidad y el preferir ignorar, porque eso implicaría crecer. La fortaleza de Paula interpretada por Julia Lallana- hermana de una de las directoras- radica en el rostro, en las sutilezas de la mirada, en la seriedad que rápidamente se convierte en risa, logrando que el silencio sea comunicativo y expresivo. El silencio que mantiene Paula en el mundo de los adultos contrasta con la comodidad con la que se relaciona con su amiga Alicia a quien conoce en el pueblo. El sentimiento de alegría e intensidad al haber encontrado a un par se mezcla con el miedo a perder ese vínculo y la inminencia de la separación que ocurrirá cuando termine el verano.

La transformación de Paula tiene lugar en la mirada directa a cámara en el último plano de la película, luego de haber presenciado la muerte de su abuela, la primera perdida de su vida. Si bien la mirada a cámara es un recurso muy utilizado en los relatos de iniciación- que remite inequívocamente a la mirada de Antoine Doinel en los 400 golpes- en este caso resulta necesaria. Esa mirada da cuenta de un corte rotundo en la vida de Paula, en ella se vislumbra la certeza de la inexorabilidad de la muerte. Ojos negros aporta una nueva mirada sobre el proceso de crecer sin dejar de lado los dolores que eso implica y la emoción de quien sabe que aun todo esta por descubrirse⚫

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Titulo: Ojos negros

Año: 2019

País: Argentina

Director: Ivet Castelo y Marta Lallana