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La profecía del armadillo (La profezia dell'armadillo, 2018), de Emanuele Scaringi

16 junio - 2019. Por: Florencia Donadi - Críticas

"¿Qué más imprevisible que la muerte joven?"

 

Basada en el comic de Zerocalcare, La profecía del armadillo fulgura en una última toma: el rostro de Camille -indecisa ante el salto y, a la vez, segura de sí misma. Ella queda, un poco como las cosas a las que alude el vendedor de ropa de segunda mano, muerta y viva para siempre. Ese vendedor, rejunte ecléctico de ideas kármicas, budistas, zen, idealismo hippie y resguardo capitalista, trae a la escena del filme el fenómeno de lo vintage, en sí mismo un retorno de lo pasado y radiografía de los contextos de crisis, aunque embellecidas con ese halo de moda. Es ésa la realidad social y económica de la Italia contemporánea por la que transitan los personajes, realidad ampliada para no pocas coordenadas globales dentro del nuevo impulso de precariedad en la escena neoliberal que compartimos.

La profecía del armadillo es una película sobre las contradicciones, sobre las tensiones entre deseo y contención, entre expansión y retracción, búsqueda y quietud, entre la repetición y la novedad, entre quedarse e irse, entre vida y muerte y entre la juventud y la vida adulta. Ésta última es, quizás, la única que se relata como pasaje de una a otra, aunque acompañado de un duelo por lo que se deja atrás y sobre lo que ya no será posible volver ni cambiar -una muerte y elaboración simbólicas. Ese duelo, en este caso, viene de la mano de otro, por otra muerte -ésta sí profundamente real: la de Camille, la amiga francesa y  primer amor del protagonista, Zero.

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Zero transita ese pasaje de la juventud a la vida adulta entre sobresaltos y dificultades, acompañado de su amigo, Slim, y del Armadillo, que encarna los pensamientos paranoicos y oscuros del protagonista, el costado más frustrante y que continuamente boicotea sus acciones, decisiones y posibilidades.

Convicto libertario, defensor del librepensamiento y casi un ácrata, Zero pretende escapar del control disciplinario de las sociedades contemporáneas. Desde el comienzo, sus pensamientos e ideas son tajantes: “Lo importante es la distinción primera entre lo que es justo e injusto, entre lo que está bien o está mal. Si lo que es justo es legal o no es un hecho secundario, y que decides según el cálculo de riesgos”, afirma Zero frente a su alumno, Blanka, blanco de todas sus enseñanzas y sentencias. Sin embargo, esas ideas y posiciones intransigentes comenzarán poco a poco a entrar en contradicción desde el momento en que la muerte de Camille le es comunicada. La rememoración de los tiempos compartidos junto a ella -en gran medida idealizados- genera una nostálgica retrospección que se entremezcla con su presente conminado por la incisiva y repetitiva “palabra enemiga” del armadillo.

Las ideas obstinadas e inflexibles, sin embargo, van siendo puestas en cuestión a partir del pasado rememorado. En especial, los recuerdos de los momentos en que el protagonista podría haber actuado y se mantuvo pasivo, los momentos que sugieren los “y si…” de las infinitas posibilidades no actualizadas, van ablandando al personaje y destituyéndolo de ese lugar inamovible -a menudo excesivamente ideológico pero materialmente difícil de sostener. Zero va relativizando, comprendiendo que el mundo es mucho más complejo y contiene tantas aristas como sujetos lo habitan. El contacto con una realidad que hasta el momento no registraba o parecía no desear ver y la reconexión con el mundo en su heterogeneidad múltiple se produce a partir del reconocimiento -y la decepción- de que las cosas que no suceden como lo esperaba, la irrupción de lo imponderable y lo accidental, lo imprevisto.

¿Qué más imprevisible que la muerte joven? Por fuera de toda la expectativa que la vitalidad sensible, divertida y erótica de Camille sugería y despertaba, su muerte instaura un vacío, como aquel del e-mail en blanco -preparatorio- que recibe Zero.

Durante la ceremonia -una misa laica- en memoria de la joven, su padre recurre a los lugares comunes, pero para salir de ellos: “Dicen que la muerte nos enseña algo, pero es difícil aprender algo cuando sucede así, cuando se pierde lo más amado”. Y luego la paradoja, que, tal vez, defina los sentidos de la película misma, o de la vida y su par contrario: “Nada queda” después de esta muerte. El pedido de ayuda, con dignidad y humildad, que ese padre extiende, a continuación, a los amigos y familiares, es “quizás la enseñanza que Camille nos ha dejado, ella, y no su muerte”. Lo aprendido, sin embargo, no se pierde, se incorpora, se socializa y es el motivo que los reúne.

Algo queda -como el rostro y la figura de Camille- y es ese algo el que persiste y sobrevive. Es ese algo el que desarma a Zero y lo inicia en su proceso de transmutación que implica el abandono -afectivo y responsable- de su armadura -ese arma de doble filo, a la vez intervención agresiva sobre el mundo y protección encaparazonada-, su arma-dillo.

Nada vive ni nada muere para siempre: algo permanece, sobrevive, entre profecía -todos vamos a morir- y elegancia -no sabremos cuándo ni qué provocará. Un nihilismo dulce, un sutil descubrimiento, sin lugares comunes, son los regalos de este filme de Emanuele Scaringi⚫

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Titulo: La profezia dell'armadillo

Año: 2018

País: Italia

Director: Emanuele Scaringi