Dogman (2018), de Matteo Garrone

4 agosto - 2019. Por: Javier Grinstein - Críticas

"La noticia y la fábula"

 

En 1988, salía en los periódicos romanos la noticia de que un peluquero de perros mataba y torturaba a un ex boxeador amigo suyo. Ambos cocainómanos y compañeros de delitos menores. 30 años después, Mateo Garrone estrenó en el festival de Cannes, Dogman. En el afiche vemos al protagonista de la historia, el diminuto Marcelo, cargando en sus hombros al gigante Simone sin consciencia. Hoy me pregunto, ¿Cómo se hace hoy para contar una historia donde el final está cantado? Esto mismo voy a intentar contestar a través de esta reseña.

Dogman es una fábula trágica. Mateo Garrone cuenta con todo el derrotero del cine italiano para poder darle a esta noticia sórdida lo que necesita para, primero, transformarse en una historia y luego en película.

La primera influencia clara es la Neorrealista. El protagonista es por oficio un peluquero de perros. En esa actividad está su vocación máxima. Tiene un auténtico amor por los animales que queda claramente reflejado en una secuencia memorable donde corre riesgos surrealistas por volver un perro a la vida. Sin embargo, con este oficio no le alcanza. Para que sea Neorrealismo tiene que haber niños. Marcelo tiene una hija de un matrimonio terminado. A ella es a quién quiere contentar con viajes. Para eso, Marcelo también vende cocaína en el pueblo exponiéndose a las amenazas que van construyendo desde el minuto de película su carácter trágico. Marcelo es más que cualquier otra cosa, amor. Pero en ese universo, debe lidiar con la violencia.

La violencia está personificada por Simone. Simone que lleva el mismo nombre que el hermano boxeador que interpreta Renato Salvatori en Rocco e i suoi fratelli, es un pandillero al que según dicen en la película “tarde o temprano alguien matará” y por eso se lo tolera. La dimensión social del film se puede extraer de la construcción de esa comunidad pequeña que hace las veces de muestra del mundo occidental. En una secuencia, Simone destruye una máquina de Jackpot y los parroquianos se quejan con el dueño del lugar de juegos. Este sólo logra deshacerse de Simone cuando le devuelve el dinero que ya había perdido “legítimamente”. Luego responde a los otros. Su respuesta sirve como tesis: “Es fácil decir no lo dejes entrar, son pandilleros”.

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Garrone construye Dogman como una alegoría alrededor de la figura de lo perruno. Tanto Marcelo como Simone en distintas circunstancias, son perro y domador. La figura es tratada de forma obvia (como en todas las fábulas). Marcelo seduce a Simone con cocaína para amansarlo. Simone le lleva la moto que Marcelo rompió a su negocio, lo sujeta de la cabeza y le dice: “esto no se hace, malo, malo”. El pensamiento que me abordaba en muchos tramos de la película era la idea de perro rabioso al que hay que sacrificar porque ya no hay forma de adiestramiento posible.

Otro rasgo de lo perruno que es vital en el film es la idea de fidelidad. La comunidad es pequeña y funciona en base a ciertos códigos. La fidelidad es el fino límite que sostiene a ese grupo de seres humanos. La historia de Marcelo, es la historia del que cruzó ese límite y quiso volver. Este es el verdadero aporte de Garrote a la sórdida noticia. A través de una buena estructura dramática es que se logra ese pasaje. En su film las ideas nunca están explicadas sino puestas en acción.

Una economía análoga está en su poética. Tampoco el realizador se distrae con monólogos o diálogos recargados. El valor está en la puesta y la composición. Montajes internos que nos muestran la puja entre amor y violencia. Personajes que quedan detrás de ventanas o rejas separados de sus intereses. Al mismo tiempo en plano, la proximidad de una comunidad pequeña que está expuesta a lo que le ocurre a sus vecinos y el vacío, la ausencia de prosperidad.

La construcción del espacio es una marca del director, de lo más interesante en su producción. Una vez más elige filmar en Villaggio Coppola, el pueblo fantasma que supo ser un paraíso de construcciones ilegales en la costa, al norte de Nápoles. Pero que hoy en día fue abortado por las autoridades. Construcciones tomadas, otras demolidas, espacios baldíos. Ese pueblo a medio hacer que aparecía en los Western. Su director decía: "La idea era encontrar un lugar que fuera 'fronterizo', que recordara una atmósfera occidental, pero donde la comunidad esté presente, y sea importante lo que otros piensan de ti.”

En este universo, entonces, aparece por lo menos tres veces la figura de jaula. La primera y obvia, la de los perros en la guardería. La segunda y jugada de forma análoga, la cárcel. Para el director, la justicia. Según dice:  “No es una película sobre la venganza, sino sobre un hombre que busca justicia, aunque su acercamiento sea muy ingenuo”.  Cabe agregar que su construcción de esta sociedad vista de forma trágica construye esta idea de justicia. Una justicia posible y, por supuesto, injusta. La última jaula es este no-lugar construído en ese pueblo fantasma.

El final de Dogman tiene cuatro figuras que más que dejar un saldo dramático, una lectura sobre la transformación del entorno luego de la resolución del conflicto, nos abren sentido en torno a lo simbólico. La primera figura es Marcelo intentando esconder la evidencia. Para hacerlo prende fuego el cuerpo en la oscuridad y pasa a iluminarse. Dicho de otra forma, tiene una anagnórisis.

Marcelo entiende que lo que hizo puede devolverle la confianza de la comunidad y quizás algo de redención. Para eso, la segunda figura: carga en sus hombros el cuerpo gigante de Simone y lo traslada hasta el campo de fútbol donde siempre tuvo encuentro con sus compañeros.

Voy a interpretar las últimas dos figuras con una última referencia al cine italiano. En los años 60’s Antonioni hacía a partir de un cuento de Cortázar la que sería una de mis películas favoritas, Blow Up. Esta tiene en sus extremos, la aparición de un grupo de payasos que hacen de cuenta que practican un deporte, aunque todo no es más que un juego de apariencias. Un juego que para el final del film, el protagonista ha cambiado lo suficiente como para integrarse y alcanzarles la pelota imaginaria. Luego, desaparece. No voy a explayarme mucho más en interpretar este final sino más que a trazar un paralelismo.

Marcelo les grita, a sus compañeros que juegan, sin ser escuchado. Por el contrario, él quedó afuera. Luego, la última imágen de Dogman es la de Marcelo, en este pueblo a medias, tirado con el cadáver, en un parque de juegos infantiles vacío. Y permanece en un plano abierto ahí, sin escapatoria.

Durante un tiempo siempre relacioné con una sonrisa ese final de la película de Antonioni con una frase de Stevenson. Hoy pensar en esa frase y en esta fábula me deja un gusto mucho más amargo. La frase es: “El arte es un juego, pero juego que hay que jugar con la seriedad de un niño que juega”⚫

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Titulo: Dogman

Año: 2018

País: Italia

Director: Matteo Garrone