Cuadros en la oscuridad (2017), de Paula Markovitch

20 mayo - 2019. Por: Belén Paladino - Críticas

"Dejar de ser un secreto"

La desolación de una estación de servicio al costado de una ruta, un hombre adulto protegido del frio con una campera gruesa, un dibujo de un rostro con pasteles de colores en un talonario de recibos. Luego, el recorrido por el barrio hasta llegar a la casa. Para eso es necesario atravesar descampados con fogatas, esquinas con basura, un paisaje gris que parce casi abandonado. En la casa continúa el frio, el calor de la garrafa no es suficiente para calentar la habitación desvencijada abarrotada de cuadros en proceso, papeles, pinturas y pasteles.

Este espacio olvidado también es recorrido por un niño en su bicicleta que pasa tiempo en un dique junto a sus amigos. Un niño del que no se sabe dónde vive ni quienes son sus padres. Un niño que conoce el hambre y el frio, que para combatirlos en algunas ocasiones aspira poxiran. Ambos personajes no demorarán en encontrarse en la nueva película de Paula Markovitch Cuadros en la oscuridad, donde conviven el arte, la marginalidad, lo que sucede en los bordes de las grandes ciudades- en este caso las afueras de Córdoba- y que no suele verse en pantalla.

La rutina laboral de Marcos es interrumpida, suspendida por el arte y el acto creativo. Escapando así de la rutina impuesta por el trabajo y la lógica productiva, donde todo tiene un fin específico. Las acciones se hacen en post de otra cosa, para obtener algo a cambio, intercambiando tiempo y capacidad de trabajo por dinero. El arte y la amistad instauran otro tiempo, un tiempo y espacio con otras reglas, donde es posible establecer un diálogo común con el otro. Y esto es lo que sucede entre Marcos y Luis, que tímidamente se hacen cada vez más cercanos y necesarios el uno para el otro. Con pequeños gestos de cuidado e interés queda sellada la amistad. El taller de Marcos funciona para Luis como un espacio de contención. Algo de su necesidad de destrucción y autodestrucción condicionada por un contexto en el que no parece haber futuro posible, es aplacada al acercarse a una nueva forma de ver el mundo.

feature-top

La marginalidad en el cine habitualmente suele ser representada a partir de su vínculo con la carencia y la urgencia. Haciendo que los hombres y mujeres queden reducidos a una única faceta atravesados por la necesidad y por eso vinculados a lo inmediato. Markovitch sin perder de vista el frio, el hambre, la falta de dinero, sin romantizar la pobreza aporta una nueva faceta, muy valiosa y necesaria, el vínculo que se establece entre lo marginal y el arte, lo espiritual, lo sensible, la necesidad de la experiencia artística. Sin dudas el cine de César González logró visibilizar este aspecto y allí radica en gran medida su fortaleza. También hay búsqueda y necesidad de poesía en los barrios populares, allí también se crea.

La preocupación de Markovitch sobre que ocurre con las obras de arte que no llegan a ser vistas por el público y el temor a que queden para siempre en la oscuridad ya había sido plasmada en el cortometraje en primera persona Armando y Genoveva, donde la directora se reencuentra con las obras de sus padres ambos artistas plásticos. Las mismas inquietudes ahora son trasladadas al mundo de la ficción y el gesto de incluir esas obras dentro de la película es una manera de hacer honor a ese legado, de hacer visible lo que hasta ahora era invisible.

Hay algo desolador en Cuadros en la oscuridad, un sentimiento de perdida y orfandad que recorre la película, pero también una fuerte convicción de que aún hay muchas historias que permanecen en la oscuridad, en los márgenes, a la espera de que el cine arroje algo de luz sobre ellas para dejar de ser un secreto⚫

feature-top

Titulo: Cuadros en la oscuridad

Año: 2017

País: México

Director: Paula Markovitch