"Mujeres públicas"

19 mayo - 2019. Andrea Testa - Columnas

El día que murió Agnes, estaba atada a mirar una a una las publicaciones que sobresalían de las redes sociales, tanto que mi hija de tres años me quitó el celular de las manos. Justo estaba una foto, que cubría toda la pantalla del celular, de la querida Agnes. La vió y me preguntó si era La Yaya, su bisabuela. No sé por qué, pero le dije que sí… yo también la veía igual a mi abuela. Un rostro muy pregnante, en el que se ven los años y al mismo tiempo la jovialidad, esa sonrisa pícara que aparece para cuidar(me). Sí, es La Yaya, es como La Yaya, ¿te gusta la foto? Es de una señora que hace cine, como mamá.

Mi abuela tiene 93 años, siempre quiso actuar pero dedicó su vida a ser esa mujer que queremos liberar. Estudió hasta sexto grado de pueblo, como ella cuenta, empezó a trabajar a los 14 años en una fábrica de galletitas (también cuenta que se las comía), se casó a los 30 años (muy grande para esa época) con un vestido celeste (la foto que tenemos es blanco y negro, pero yo todavía lo veo de ese color) y vivió ese matrimonio de infidelidad por cuarenta años. Nos cuenta también ese viaje que hizo a Paraná, al hotel en donde se presentó como la “mujer de”, cómo entró en la habitación y tiró todo lo que pudo por la ventana. A la vuelta, perdió su departamento, junto con el de mi mamá (su única hija), ambas separándose, quedando “solas” en la calle, solas con sus tres hijas/nietas. Consiguió alquilar un departamento, de dos ambientes, darle lugar a su hija, mi mamá, y allí vivimos las cinco por un tiempo. Cuando mi hermana mayor no dormía en esa casa, me tocaba a mí dormir con ella en la cama grande, siempre tomadas de la mano. Mientras mi abuelo se moría y con él todo un pasado en mi familia.

Mi abuela siempre quiso actuar y yo tomé su compromiso sumándola en todos los cortos de estudiante que pude, de adolescente y luego en mis primeros años de cursada de cine. También la filmé mucho y escribí sobre ella. Sobre todo lo que pudo haber sido, si hubiese nacido en otra época, o simplemente si hubiese tenido un poco más de herramientas para elegir. Ahora, llegando a un estado en el que ya no cocina, ni quiere caminar, sólo me cuenta de un amor que tuvo, un jefe que no se acuerda el nombre. Yo le pregunto si se acuerda si pasó algo con él buscando re-encontrarla con su deseo, mientras me hace mimitos en los pies.

Siempre que me pasan cosas que no puedo contener en mi cuerpo, corro a ella, a su cuidado. Antes me preparaba un mate cocido con tostadas con manteca. Ahora vamos con Sofía, mi hija, y jugamos un rato las tres.

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La noche anterior que murió Agnes, la nombré recordando el día que la conocí, que pude verla de lejos y que quedé inmovilizada de la emoción. Por suerte, mis amigxs que estaban conmigo me empujaron (literalmente) a que vaya a saludarla, nunca más iba a poder llegar a cumplir ese sueño. Como pude le dije que la amaba, y ella tan simple se corrió de tan pesado saludo. Me hizo un gesto de humildad y me preguntó sobre mi (nuestra) película. De nuevo, como pude le expliqué y sus palabras fueron guardadas para siempre: una película humana y política. Sonrío y siguió.

Una semana después, más o menos, veo una foto en un diario en la que estaba mi gran amiga y compañera Mecha frente a la policía. Frente cuerpo a cuerpo, mientras que uno se atrevía a tomarla de su pañuelo. La foto tiene ese movimiento violento, y Mecha en medio de 9 de julio, sin moverse. Ella estaba queriendo rescatar a su compañera, la tenían detenida esposada con unos precintos plásticos que le cortaban la circulación, mientras su organización se manifestaba frente al Ministerio de Desarrollo Social para pedir alimentos y más planes sociales que paleen un poco el hambre, porque urge y no hay tiempo. Hacía poco que habíamos terminado el rodaje de la película de mi compañero. El mismo día que murió Agnes. Y nos preguntamos por qué Mecha no nos respondía el teléfono, queríamos contarle cómo había salido todo luego de su participación (esta vez como actriz, un nuevo desafío después de su participación en mi documental). Claro, no podía atendernos, tenía otras cosas que atender.

Mecha también me cuida, me abraza y junto a ella buscamos que el cine sea un poco más justo.

Digo cine porque es mi forma de vida y donde dispongo mi tiempo, absoluto. Donde vuelco también mi maternidad, armando redes que nos ayudan con el cuidado, participando con Sofi donde y como podemos. Abriendo posibilidades, luchando contra paradigmas, no permitiendo ser “esas mujeres” que quieren que seamos. Sofi un día me dijo, con sus tres añitos, “mami, no es momento de llorar”. Yo venía batallando situaciones muy difíciles de exposición y de debates sobre formas políticas, de construcción, en donde callarnos ya no es una respuesta posible. Sufriendo violencias simbólicas, más difíciles de detectar. Yo les decía a mis compañeras: si me hubiese tocado una teta y yo no quería, estaríamos todas indignadas. Con esto, quería preguntarme y preguntarnos, por qué todavía es tan difícil reconocernos. Como estar amamantando en medio de una discusión política fuerte, álgida, en donde siempre (o casi siempre) se volvía a mí pidiéndome que no me tome personal las cosas. Porque yo podía llorar en público.

¿Por qué hablo de todo? Y porque creo que es parte de comprender el mundo, de encontrar las posibles preguntas que nos habiliten un camino distinto, de construcción feminista. Si no podemos todavía ver lo estructural de la desigualdad, encontrar estas conexiones históricas en donde aprendemos qué significa que lo personal es político… y que lo político es personal. En nuestro chat de comisión de género dentro de la asociación donde participo, tenemos como ícono una imagen de Agnes, su cabeza saliendo de un lago, mar, océano… Ahora se me viene a la cabeza su famoso cortometraje “Reponse de femmes: notre corps, notre sexe, (que si no lo han visto todavía googleenlo ya!)”; una de las primeras obras que vi de su autoría y que hoy, en mí, tiene cada vez más relevancia. Es donde encuentro la coherencia, entre pensar cine, hacer cine, vivir cine. Termina preguntando si no es momento de transformar el amor, aquello que nos une y nos vincula.

Siguiendo con la cronología, hace unos días tuvimos un encuentro hermosamente político, que dio empujón al Frente Audiovisual Feminista, un frente que nuclea a mujeres de muchas (y diversas) asociaciones de cine. Nos juntamos para potenciar nuestras luchas, para sentirnos cada vez más juntas, para conocernos, hacernos lugar y transformar(nos).

Pienso en Agnes, en el camino que nos abren estas mujeres públicas, y no puedo más que agradecer su camino seguro desafiante, seguro difícil, seguro penoso por momentos. No creo que haya sido fácil. Me pregunto si Sofi además de pedirme que deje de llorar, no me estaba diciendo también que es momento de salir a luchar⚫

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