18 junio - 2019. Por: Daiana Rosenfeld - Artículos

Abordar el cine documental argentino actual es encontrarse con variedad de estilos, híbridos, reconstrucciones, formas de producción y perspectivas diversas. El documental, más allá del género, es concebido como cine, con una mirada subjetiva, con un realizador definido y, muchas veces, activo, comprometido y atravesado por la temática abordada.

Con más de 700 películas realizadas en los últimos diez años, y bajo un contexto político que apoyaba un proyecto de desarrollo cultural más popular, la Argentina se convirtió en uno de los grandes referentes actuales del género documental. Hay de todo, y para todos los gustos: documentales históricos —de revisionismo y de lectura propia o actual—, de deportes, científicos, de denuncia, de actividades culturales, etnográficos, biográficos, sociales y políticos, todos fuertemente anclados en la realidad social de estos tiempos: como reflejo y como espejo, para informar, debatir, repensar o, simplemente, volver a dar valor.

El desarrollo del cine documental actual nacional va de la mano con el de un cine argentino de ficción que, desde hace años, está instalado en la agenda mundial: propone miradas nuevas y más autóctonas, elementos verídicos, el uso de material de archivo, entre otros recursos. Este desarrollo de la “nueva” ficción, también abrió las puertas a pensar al cine documental ya no como algo separado de la producción cinematográfica, sino como películas en sí mismas, cortando con la concepción absurda de que el documental se reduce solo a eso, a documentar.

Así, cada vez más, existe un diálogo entre ficción y no ficción. Es también por esta razón que las nuevas estéticas que provienen de la alternancia entre lo real y lo ficcional están relacionadas con una nueva manera de comprender el mundo.

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Un poco de historia

Sin realizar un abordaje histórico profundo del cine documental nacional, cabe destacar que este lenguaje nació con una función de mero registro, pero prontamente fue cambiando. Con el desarrollo tecnológico y los puntos de ruptura —la aparición de los cineclubs, y de instituciones educativas como la Escuela de Cine de Santa Fe, la innovación del género y la temática— fueron apareciendo nuevas formas de producción que no responden a la lógica del mercado industrial, que suele ‘formatear’ las películas con intenciones que poco tienen que ver con lo autoral.

Así, el documental argentino ha ido ganando un espacio, estética y mirada propios. Una mirada diversa, y algunas veces rupturista, pero propia en fin. Entre los nuevos ámbitos de proyección que comienzan a aparecer a partir de la década de los sesenta, y con la aparición de miradas más críticas sobre la realidad —como el trabajo de los padres del documental contemporáneo nacional, Humberto Ríos, Raymundo Gleyzer y Jorge Prelorán, entre otros—, el documental fue transformándose y, por qué no, evolucionando hacia nuevos registros, formas y propuestas, con miradas más agudas, sinceras y personales, que resultaron pilares fundamentales y de gran actualidad para entender el cine —o un tipo de cine— de estos días.

Con el grupo Cine de la Base que se desarrolló en los urgentes años setenta, signados por las terribles dictaduras que devastaron al país y a todo Latinoamérica, nació uno de los grupos más importantes de cine social y político del continente, pioneros en su propuesta, en la calidad de sus realizaciones, y en el trabajo de difusión clandestina popular. Era una época en la que se debatía la descolonización cultural de este arte, en el marco del cual la militancia tenía un peso fundamental.

Así nacía y se propagaba un “cine militante”, conocido en aquel momento como una forma de ‘instrumentalización’ por la cual la proyección en sí se convertía en un film-acto, en un hecho político. La película era un lugar de debate, y de esta derivaba la acción. Del cine a la vida misma.

Raymundo Gleyzer, uno de los grandes referentes del grupo, explicaba muy bien el corazón del proyecto de Cine de la Base: “El problema fundamental, cuando nosotros nos dedicamos a hacer el filme, es plantearse a quién está destinado este filme, este producto. El problema reside en cómo llegar a la base y no solo en términos teóricos, que indican siempre que hay que hacer un cine para la base, un cine para la clase, etc., sino el método concreto, la práctica que lo permita”. Así llegaban a los barrios. Las proyecciones eran en departamentos, o donde fuera, pero, de alguna forma, llegaban a la gente.

La cámara como elemento de liberación

Creo que, más allá de la propuesta del cine militante, el hecho de pensar a la cámara como una herramienta de liberación es un concepto muy interesante para los días que corren. Gracias al avance tecnológico y las urgentes necesidades sociales, esta premisa se hace evidente y necesaria. Es allí, es ese contexto, donde entra nuestro cine documental actual.

Todo este proceso va acompañado y dialoga con un momento histórico en el que, gracias al trabajo y a la lucha de los documentalistas, desde 2007 hasta la actualidad se han producido al menos 700 documentales argentinos, muchos de ellos habiendo alcanzado un reconocimiento importante en festivales internacionales, y abordando temáticas y puntos de vista plurales que no solo aportan al cine nacional, sino que contribuyen a pensar la actualidad socio-política.

Esta extensa producción se debe a la implementación, entre otras cuestiones, dentro del Plan de Fomento a la industria por parte Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), de la “tercera vía” para Documentales Digitales, que propone un plan de producción acorde a las necesidades de estos filmes, y que no responde a la lógica habitual de producción del mercado.

Es decir, acepta la figura de un realizador integral, en lugar de un productor), y plantea un modelo de financiación con pagos por cuotas a cada etapa de la producción del filme, que se adecúa a las necesidades de cada proyecto en particular —sobre todo, teniendo en cuenta que muchos documentales dependen del devenir de los hechos, por lo que sus esquemas de producción deben ser flexibles y cambiantes para tal fin.

Luego de años de lucha, el sector documental logró ser reconocido como parte de un fragmento siempre postergado ante la industria más lucrativa. Esta conformación lleva diez años de una cantidad incuestionable de trabajo, y es un modelo de funcionamiento y unidad de todo el sector, inclusive a nivel internacional. Esta propuesta, que lógicamente no responde a las necesidades del mercado, está íntimamente ligada con un método de producción que, por sus criterios estéticos y éticos, resulta ideal para la industria cinematográfica nacional.

Gracias a la figura de la ‘realización integral’, que yo misma adopté como método de trabajo, podemos concebir el proceso de producción de nuestras películas de la misma forma en que nos definimos como personas, con nuestra particular mirada del mundo. Así, el camino hacia de un filme está ligado a cómo recortamos esa realidad a retratar, y nos da los elementos.

Cada película es un viaje sinuoso, no lineal y de transformación personal, y por esta razón, es algo muy difícil de ajustar a una única lógica. Cada filme es una obra o producto social y, por ende, no podemos concebirlo como una mera mercancía.

Adopté esta forma de producción y formo parte de la asociación de Realizadores Integrales de Cine (RDI) porque concibo al cine —tanto de ficción como documental—como un trabajo artesanal que uno va descubriendo y modificando en el camino, con libertad y decisión propia, cediendo espacio al devenir y dejando que la película nos vaya guiando y transformando.

Por esta razón, es importante para mí, como realizadora, conocer las herramientas con las que filmo y con las que realizo la postproducción, por eso elegimos la tecnología que utilizamos: no solo para estar en la vanguardia tecnológica, ni para correr atrás su efímero y sinuoso mercado, sino también para poner las herramientas tecnológicas al servicio de nuestras propuestas estéticas, siempre enfocadas a una mirada sensible sobre la temática a abordar.

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El panorama actual

Hoy en día, la producción de cine documental en Argentina es un ejemplo mundial. No solo representa más del 50 por ciento de la producción nacional de películas —financiadas con apenas el 8 por ciento de los fondos del INCAA—, también aporta una diversidad de perspectivas, y funciona como una forma de resistencia en un momento en el que pareciera que los valores culturales construidos hasta hoy están siendo asechados por estereotipos vacíos de contenido.

Teniendo en cuenta la variedad que hay actualmente en la producción de documentales, el revisionismo histórico es necesario, sobre todo acerca de las formas expresivas de lo filmado y sus perspectivas futuras. Desde la llegada del cine, nunca ha estado muy definida la línea invisible que separaría a la ficción del documental. Hoy, esta se encuentra aún más desdibujada: los híbridos, el cruce de lenguajes y de procedimientos narrativos, discursivos y enunciativos, empleados en el documental contemporáneo, hacen flaquear los límites construidos para el género mismo.

Dentro de los documentales argentinos de los últimos años, recuerdo Los rubios (2003), en el que la directora Albertina Carri da un interesante giro sobre la temática de los desaparecidos y de su herencia —mezclando el documental, la ficción y el “cine dentro del cine” para plantear interrogantes que exceden el de la identidad—, podemos encontrar una nueva propuesta estética, ética y de búsqueda, que va más allá de lo que se esperaba del cine documental.

Lo mismo ocurre con el multipremiado documental Raymundo (2002), en el que los realizadores integrales Virna Molina y Ernesto Ardito elaboraron una biografía pormenorizada de Raymundo Gleyzer, el cineasta desaparecido en la última dictadura militar, ayudando a revalorizar su figura para las generaciones venideras. Se trata de un revisionismo, una mirada crítica, original y sensible de nuestra historia.

En estos últimos años, también se destacó Seré Millones (2014), un documental que narra la historia de dos militantes que asaltaron el Banco Nacional de Desarrollo en Argentina. Es un relato logrado desde la comedia, que reúne a los protagonistas reales con actores que reencarnan el hecho ocurrido hace 40 años atrás. La película, dirigida por Omar Neri, Fernando Krichmar y Mónica Simoncini, recrea la lucha y los valores de los años setenta.

Corriéndonos de la temática histórica, podemos traer a cuentas Los sentidos (2017), del director Marcelo Burd que, con una mirada sumamente sensible, construye un documental de observación describiendo la cotidianeidad de una escuela en Olacapato, un pueblo de Salta, pero haciendo hincapié no solo en las actividades escolares, sino también en la intimidad de los habitantes de la localidad, que —entre coplas, guitarreadas y tejidos— aún siguen esperando el tren que dejó de pasar en los años noventa.

Otra de las películas estrenadas el año pasado, realizada desde la observación y con un cuidado estético minucioso y particular, es Actriz (2017) del director Fabián Fattore, que muestra el detrás de bambalinas de la vida de Analía Couceyro, tomada como representante de las actrices de su generación.

La calidad y diversidad de los documentales argentinos es innegable, y la lista es verdaderamente extensa. Cada película aporta una mirada particular y nos va abriendo a un mundo de lecturas y posibilidades, y cada cineasta aborda la realidad desde su lugar, y eso hace que nuestra filmografía como país se enriquezca, que haga preguntas cuestione y nos haga dialogar.

Hoy más que nunca, los documentalistas nos permitimos nadar en el mar de las búsquedas estéticas, abordar los temas más urgentes, o nadar contra la corriente en una época en la que el nivel producción y los conflictos políticos nos están jugando en contra. Y es precisamente por esta razón que nos necesita.

El documental nos atraviesa también como espectadores, nos hace pasar por el cuerpo, en el mejor de los casos, sin tibieza. Transforma nuestras miradas, reflexiona mientras nos hace reflexionar y nos interpela. Insisto, yo creo que trasforma, mas solo si uno se deja transformar. Pero para ello hay que defenderlo, despojarse de los prejuicios establecidos del mainstream, cambiar la lógica y valorarlo no solo por las temáticas que aborda, por sus búsquedas estéticas y su diversidad de miradas, sino porque representa una parte de nuestra historia y de nuestra identidad, de nuestro país y del mundo⚫

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