12 julio - 2019. Por: Rocío Molina Biasone - Artículos

La cantidad de artículos, reflexiones y ensayos periodísticos que ha producido y sigue produciendo (e inspirando) el fenómeno ya mundialmente conocido como el Me Too (También Yo) es tal vez no mucho mayor que la cantidad de perspectivas y opiniones que estos reflejan. Ya sea de un lado del “espectro” de puntos de vista como del otro —es decir, el espectro de opiniones que van desde darle “Compartir” a toda publicación de escrache que nos cruzamos, hasta lamentarse por el “pobre tipo” al cual le arruinó la vida una menor de edad que seguro iba metiéndose en el habitación de todo cuarentón que se le cruzara—, los núcleos de la discusión suelen ser los mismos: el supuesto caso preocupante de las “denuncias falsas”, la utilidad y validez del “escrache” como método para acceder a una forma imperfecta de justicia, los límites de lo “denunciable” y, cómo olvidarlo, la profunda y urgente cuestión de cómo hace hoy en día un varón hetero promedio para hablarle a una mujer sin que ésta “se sienta acosada”.

Sin embargo, hay una discusión en particular que, en mi opinión, ha sido convenientemente pasada por alto. Y ni siquiera eso, porque en realidad ha quedado como una afirmación tibia, pero irreductiblemente ideológica, que suelta la mayoría de quienes, íntimamente afectados luego de enterarse de que su artista favorito abusó de alguien, buscan salir ilesos de los debates mientras se siguen aferrando a ese “genio” que adoran:

— Bueno, che, hizo lo que hizo, ¡pero hay que separar la obra del artista!

¿Será porque no hay números y estadísticas para saldar este argumento de una vez por todas? ¿Porque se trata más bien de un problema de retórica y no tanto de evidencia? ¿O porque no es más que un reclamo engendrado por ese monstruo caprichoso, irracional, y humano, tan humano, llamado fanatismo? De cualquier manera, está lejos de ser un debate saldado, inclusive dentro de aquellos grupos autodenominados “progres”. Y esto, los artistas lo saben bien.

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El hombre duplicado

Basta con observar lo ocurrido con Kevin Spacey. No me refiero a las denuncias ni a su consecuente caída del estrellato, en sí, sino a su reciente intento de reaparición: no fue Spacey el que volvió a nuestras pantallas para defenderse de las acusaciones en su contra, insinuando que todo había sido una farsa, sino Frank Underwood, el infame protagonista de House of Cards (1) Cuando las denuncias surgieron por primera vez, Spacey —o su equipo de prensa— había redactado un comunicado que prácticamente no hacía referencia a la violación que se le adjudicaba, sino que corría el foco hacía su salida oficial del closet (2) Fue una maniobra demasiado evidente en su intención, y convenció a muy pocxs.

Pero donde Spacey había fallado, Underwood aún podía ganar. Dejando de lado a su persona humana, el actor acudió a su personaje ficticio, a su obra. Sabía perfectamente que la forma de volver al estrellato no iba nunca a poder ser desde una (no-)disculpa en el nombre de Spacey, más sí desde un recordatorio en nombre de su obra: “Sí, yo abusé de mi poder, ¿pero acaso no extrañan los abusos de poder ficticios de Frank Underwood? Si me apartan de este mundo, ¡miren todo lo que se van a perder!”

Con este ejemplo, voy hacia mi primera conclusión: la propuesta de “separar la obra del artista” es tremendamente engañosa. Lo que ilustran como una separación entre la persona humana —ah, tenemos que saber entender, ¿acaso no todxs cometemos errores?— y el objeto que produjo —es decir, una cosa, algo que no se puede juzgar bajo estándares morales porque no tiene vida propia—, implicaría, de forma solapada, una escisión entre la persona como “creadora de arte”, y la persona en el resto de sus cualidades y acciones, que al parecer nada tendrían que ver con su arte. Es la solución perfecta para esxs admiradorxs que quieren mantener  intacta su admiración hacia el artista, mientras son plenamente conscientes de que lo que hizo en “su vida personal” es absolutamente condenable.

Una formulación de este tipo es tan ridícula que confundiría al mismísimo Descartes, pues ahora resulta que no solo tenemos que separar categóricamente el cuerpo de la mente, la carne del alma, sino que a cada una de esas entidades también habría que dividirlas en dos: tenemos el cuerpo y la mente de una persona común y corriente, y por otro lado, el cuerpo y la mente del artista, autor, creador, que no ha de ser juzgado por estándar moral alguno. Y daría la casualidad de que estos dos seres claramente diferentes y sin vínculo alguno en sus acciones, por una cruel voluntad divina, están cohabitando un mismo cuerpo y, ¡qué pena!, el artista no tiene otra opción que aguantar lo que hace ese otro ser imperfecto y repugnante con el que comparte la corporalidad.

Diría que ya tengo bastante para una novela de ciencia-ficción.

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Lo esencial es invisible a los ojos (de quien se los tapa)

Dicho esto, volvamos a la frase inicial y tomémosla tal cual viene, de manera cuasi literal: “juzguemos a quien hace la obra, pero no a la obra en sí”. O mejor dicho, “la obra no tiene que ser manchada por la reputación del artista, por quién era como persona, por qué le hizo a otras personas”. Es cuanto menos curioso, y hasta gracioso, que se trate de un pedido que surge exclusivamente cuando el artista ha abusado de otrxs. Puede parecer algo obvio, pero si nos ponemos a pensar, ¿en qué otro momento separamos al artista de la obra? ¿Estamos actuando bajo esta premisa cuando compartimos en las redes una frase inspiradora de nuestrx director/a preferidx? ¿Estamos separando al artista de la obra cuando estudiamos en detalle la vida de un pintor desde su nacimiento hasta la muerte? ¿Seguimos pensando que la obra no debe ser vinculada a la vida “privada” del artista cuando miramos embobados la última biopic sobre un músico famoso y reverenciado?

En resumen, si no nos cansamos de adorar y felicitar a los artistas por aquello que hacen bien, aquello que los hace únicos, interesantes, que poco tiene que ver con el arte en sí, pero aun así nos encanta saber, ¿por qué no podemos condenarlos y detestarlos cuando cometen actos de crueldad? ¿Por qué debemos perdonarlos, o al menos, dejar su obra en paz, cuando la obra de muchísimos artistas se ha hecho famosa, en parte, junto a sus vidas privadas?

Si esto no los convence, pensemos nuevamente en qué nos está diciendo la frase, si es que pretende tener algún significado concreto. ¿Querrá decirnos que las obras son ideas platónicas sobre las cuales un artista no tiene influencia alguna? Bueno, si nos dicen que las separemos, será que eso piensan. Y es por eso que a aquellxs de mis coetános que aún no hayan trascendido las formas de pensar de la Antigua Grecia les quiero traer a cuentas un simple silogismo, de esos que tanto le gustaban a Aristóteles:

Las obras de arte son realizadas por artistas.

Todxs lxs artistas son seres humanos.

Por ende, todas las obras de arte son realizadas por seres humanos.

Así es. Ni las musas, ni Dios, ni Buddha, ni Afrodita, las obras de arte no son la materialización de inspiraciones divinas, son productos concretos provenientes de la mente y creatividad de un ser humano, y como bien sabemos —o espero que sepamos— en el siglo XXI, toda producción  y actividad humana está atravesada por condiciones sociales, históricas y personales. Y el arte nunca fue la excepción.

¿A qué voy con esto? Que si las obras de arte son influenciadas por la personalidad, la ideología y la vida, ¿por qué tendríamos que dejar a los “escándalos” por fuera de su análisis? Hoy sabemos que las obras de Van Gogh no eran solo un producto de la combinación de su creatividad con su estado de su salud mental, sino también del uso de una medicación que le producía el efecto secundario de ver el color amarillo de forma distorsionada y más intensa (3) A la vez, sabemos que F. Scott Fitzgerald no hubiera escrito El gran Gatsby de no haber tenido su propia experiencia romántica con una —o dos— Daisy en la vida real, (4) y que nadie sino una mujer como Mary Wollstonecraft Godwin —más conocida como Mary Shelley— hubiera podido escribir una novela como Frankenstein, sobre el peligro que representan los hombres que quieren jugar a ser dioses, o que actúan por capricho sin pensar en las posibles consecuencias de sus acciones.

Y de la misma forma, guste o no, Alicia en el País de las Maravillas nunca hubiera existido de no ser porque su autor, Lewis Carroll, hubiera hecho uso de opiáceos y fuese un pedófilo obsesionado con una niña llamada Alice Liddell (5).

¿Por qué, entonces, aceptamos que algunas informaciones sean tenidas en cuenta como “pertinentes” para analizar la obra de un/a artista, mientras que las que nos hacen sentir incómodxs deban “separarse”? Ahí está el meollo del asunto. No se quiere separar la obra del artista. No se quiere separar el lado humano del lado artístico. Lo que se quiere, francamente, es separar, ocultar, ignorar los abusos de poder que un/a artista haya tenido para con otrxs. Y da la “casualidad” que esxs otrxs suelen ser mujeres, personas LGBTIQ, personas no blancas, etc. En resumen, a todxs aquellxs que históricamente, como sociedad, hemos mantenido bien lejos del rol sagrado del Autor: musas, temas, personajes cómicos o de burla, sí, pero raramente autorxs.

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No, no está bien, está mal

Si siguen sin entender de dónde viene la ira que se enciende adentro nuestro cuando el crítico de arte, autor, espectador o fan promedio, en medio al debate sobre el descubrimiento de otro ”inaudito” historial de atrocidades, hace ostentación de ese pedido tan moderado, tan objetivo, de “separar la obra del artista”, entonces no estuvieron prestando atención.

¿Cómo no nos va a enojar que en esta cultura de exaltación del autor, de reverencia por la figura del artista, de usarlos como “ejemplo a seguir” en todo lo que nos conviene, nos sigan pidiendo que separemos el hecho de que Polanski violó a una niña de trece años, de su carrera como director?6 ¿Cómo no nos va a indignar que pidan que sigamos apreciando los logros artísticos de una película cuya escena más famosa consistió en una violación filmada en vivo y en directo, planeada entre su director, Bernardo Bertolucci, y su actor principal, Marlon Brando, contra su coprotagonista María Schneider? (7) ¿Con qué derecho me piden que separe a Louis C.K., quien obligó a varias mujeres a mirarlo mientras se masturbaba, de su comedia, basada en gran parte en rutinas sobre cómo, cuándo y por qué “se clavó una”?

No, no puedo separar una película como Repulsión (1965), en la que una mujer siente una aversión profunda al contacto físico y tiene pesadillas con que múltiples manos la agarran y no puede escapar,  del hecho de que su autor es un hombre que fue condenado —y escapó a Francia para no ir— a prisión por violar a una menor de edad, y acusado de delitos similares por otras cuatro mujeres. No, me es decididamente imposible separar El nacimiento de una nación (1915) de su contenido abierta y brutalmente racista, y de que su autor D. W. Griffith considere que los héroes de la epopeya norteamericana sean los encapuchados del Ku Klux Klan. Perdón, pero apología de esclavitud mata montaje paralelo. Y lo lamento, pero me cuesta muchísimo creer que es una mera coincidencia, o una fantasía absurda, que un director con más de un guión escrito sobre un hombre adulto que sale con una adolescente —y que de hecho tenga como su actual esposa a la hija adoptiva de su expareja— tenga una denuncia por violar a su hija cuando esta tenía siete años, una causa que no terminó en una denuncia formal porque el fiscal dijo que aunque había prueba suficiente para ir a juicio, temía por el bienestar físico y mental de la niña. (8)

Si al escuchar que esto sucede, tus palabras son simplemente un “Hay que separar la obra del artista”, o “Es complejo”, o “Nadie es perfecto”, o “Bueno, antes estas cosas eran normales”, lo único que yo escucho es “Nunca me van a resultar más importantes las víctimas de abuso que la película, la pintura, la canción o el libro de ese tipo que me encanta.” El problema, entonces, es ese: no les importan.

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No es una caza, es una revolución

Existe una visión del asunto que es incluso peor, pero secretamente compartida, como un complot mental del que participamos todxs, pero que nadie se atreve a mencionar porque “la gente está muy sensible.” Lo que muchísima, demasiada, gente piensa es que arte y abuso están inevitablemente conectados. Que una grandeza de genio no puede venir sin un poco de crueldad. Que para que exista algo sublime, debe haber dolor ajeno. O que si tantos artistas son unos forros es porque le escapan a la moral tradicional y rompen límites.

Lo que yo opino, si se me permite, es que hay que ser muy cortx de mente para creer que el abuso de poder hace que un artista sea más genuino. El abuso no es vanguardista, el abuso es la norma. El arte, el arte más puro, no reproduce ni avala mecanismos de dominación, los desafía. No se pone del lado de abusivos, los expone. No debe venir a bajar línea desde arriba, sino que germina y se construye desde abajo, contra todo pronóstico. La moral hegemónica no es la que persigue a estos artistas abusivos, es la que los protegió, exaltó, y sigue haciéndolo.

¿Qué es lo que buscamos? Según varixs, queremos desestimar a los artistas del pasado y destruir a los del presente, decir que los delitos de estos hombres invalidan sus creaciones. En realidad, lo que queremos no es borrar el pasado, sino revisarlo; ni negar que la opresión que existía, y existe, estuviera naturalizada. Nuestro reclamo tiene que ver con cambiar las reglas implícitas que dicen que el abuso se justifica en el nombre del arte. Y para hacer eso, sí, va a haber que sacar a los abusadores de los espacios artísticos en los cuales podían ejercer su dominio de manera impune. Llámenlo venganza, pero es justicia. Es una revolución del pensamiento para que se deje de poner al director famoso por encima de la asistente de dirección, al músico en el escenario antes que las fans en la tribuna, al actor prolífico por arriba del que recién empieza. En lo personal, estoy harta de que haya tantos de esos “ni machistas ni feministas, humanistas” que terminan preocupándose más por una película que por una persona.

Y es tremendamente irónico, que quienes hoy hablan de una “caza de brujas”, son precisamente aquellos que cuatrocientos años atrás hubieran estado con la antorcha en su mano, encendiendo la hoguera cuyas llamas destruirían la vida de esxs mismxs herejes que ayer gritaban, pero hoy, denuncian⚫

 

(1) https://www.harpersbazaar.com/es/famosas/el-estilo-de/a25681925/kevin-spacey-frank-underwood-video-polemico-defesa-acusaciones-twitter/

(2) https://www.lanacion.com.ar/2077546-kevin-spacey-se-declara-gay-tras-una-denuncia-de-acoso-por-parte-de-un-actor

(3) https://www.vangoghgallery.com/es/misc/mental.html

(4) https://www.clarin.com/sociedad/cartas-primer-amor-fitzgerald_0_BJuG3Vxx0Ke.html

(5) https://www.elconfidencial.com/cultura/2013-07-02/lo-que-lewis-carroll-oculto-de-alicia_496044/

(6) https://www.xlsemanal.com/actualidad/20130929/samantha-geimer-polanski-tenia-6271.html

(7) https://www.lanacion.com.ar/2196375-ultimo-tango-paris-abuso-bernardo-bertolucci-marlon

(8) https://www.vanityfair.com/news/2014/02/woody-allen-sex-abuse-10-facts

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