Por una interpretación subjetiva de Hong Sang-soo. Sobre Yourself and Yours y On the Beach at Night Alone

Valentino Capelloni Mayo 21 - 2017 Artículos

 

Lo primero: nunca había visto ninguna película de Hong Sang-soo hasta la presentación doble que ofreció esta edición del Bafici (Yourself and Yours, del 2016, y On the Beach at Night Alone, del 2017).
Lo segundo: tengo una tesis arbitraria, endeble y fácilmente vapuleable. La tesis es que el cine de Hong es tan vitalista que la forma adecuada de intercederlo es a través de una perspectiva anclada en la subjetividad.


En sí la crítica de cine suele debatirse entre dos grandes polos. Podemos estar de acuerdo en que el cine es, esencialmente, experiencia emotiva de visionado e identificación. Me refiero al cine que “cuenta una historia”, donde la base de una historia es el reconocimiento; y aceptando que el cine es una forma virtualmente infinita de posibilidades, donde existen muchos más cines que aquel interesado en “contar una historia”. Ese cine, el de la historias, se condensa en un visionado particular, variable. El primer polo, que compromete emocionalmente a cualquier espectador (o no). Lo subjetivo.
Pero como la crítica no puede reducirse al gusto personal y a la interpelación individual, también se analiza más en frío, más “objetivamente”, la puesta en escena, fotografía, montaje, y otros aspectos técnico-creativos. El segundo polo. Lo objetivo.
La crítica oscila entre uno y otro polo, siendo más o menos explícita, y los dos polos también se interrelacionan porque en general todo en la vida tiende a la complejidad del gris. Sin embargo, las tendencias. Lo objetivo como contención de la subjetividad, la subjetividad como pulso de lo objetivo.
Quizás esto sea más bien una columna de opinión. O no.
Hong.
Primera impresión, inmediata, después de salir del cine: me siento feliz. Es raro. El cine no me genera eso usualmente.
Segunda impresión, en el viaje en colectivo: siento que estoy, yo mismo, en una película de Hong, que las conversaciones tienen la cadencia de las conversaciones de Hong, que las cosas son un poco patéticas, un poco alegres, un poco ridículas.
Conclusión parcial: el cine de Hong se acerca escalofriantemente a la vida misma.
Ahora bien, Hong no es un esteta de la imagen. Es inusual encontrar un plano “bello” o, al menos, no es esa su búsqueda primordial. La belleza, de esta forma, queda desplazada hacia el orden de lo narrativo que se encierra en el nudo dramático de los personajes. Lo bello es un encuentro donde dos que eran alguien ahora son otros. Es una verdad revelada entre los intersticios de una conversación sencilla, punzante, mundana. Es una mujer que duerme en la playa y sueña con decir todo lo que siente a una persona que es solamente un recuerdo lejano, latente. Lo bello es algo que se descubre por aproximación, algo que aparece por asalto.
¿Puede lo bello emocionarnos a todos por igual? ¿Puede un coreano, un tipo que sale de un país en el otro rincón del mundo, en una cultura que parecería tan distinta a la nuestra, interpelarnos de esa forma?
Algo cierto: Corea debe ser el país más occidentalizado de Asia. Otra cosa: la globalización tiene como consecuencia una universalización de los relatos (nuestros conflictos, mediados por la democratización tecnológica y comunicativa, cada vez se asimilan más -con sus matices, claro-).
Entonces, ¿es Hong un gran director? La puesta minimalista, que, en su propio sentido paramétrico, suele reducir las conversaciones a un largo plano fijo general, o a un primer plano que se mueve de un personaje a otro, nos podría arrastrar a contestar, fácil y perezosamente, que no. Que la puesta en escena debe ser otra cosa, no sabemos bien qué, pero no eso. O que Hong está sobrevalorado (¿en relación a quién?). Que es más dramaturgo que cineasta (¿si se proyecta una obra de teatro, entera, filmada con un plano único, eso es teatro o cine?). Que lo que hizo ya se hizo (¿quién no reescribe algo que ya se haya hecho?).
En fin.
Objeciones.
¿Cuál es, para mí, la gracia de Hong? Desmarcarse de todas ellas más allá de las preguntas retóricas que formulé más arriba. Olvidémonos de los premios, de la inserción internacional, de la glorificación de los festivales. Lo que yo veo en Hong es un tipo que cuenta una historia más preocupado por la dimensión humana de los personajes que por la dimensión estética de los planos. Y eso significa que las objeciones mencionadas son menos importantes que la experiencia que surge al encontrarse con esa dimensión humana.
Por lo tanto, lo subjetivo: ver a Hong, vivirlo, después, si se quiere, cuestionarse lo demás. Porque quizás la comprensión del cine de Hong pase más por un sentir (de cadencias, de expresiones) que por un pensar (un desglose, una quirúrgica del cine).
Y ante el reproche de totalizar un proyecto a partir de las últimas obras, intuyo, con una tesis más criticable que la primera: quizás todas las películas de Hong sean la película de Hong.

Valentino Capelloni

valentinocapelloni@caligari.com.ar

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