"El cine como necesidad. Sobre Las cinéphilas, de María Álvarez"

9 julio - 2019. Por: Lucía Roitbarg - Artículos

"El tiempo que tenemos es elástico; las pasiones que sentimos lo expanden, los sueños lo contraen; y el hábito llena lo que queda"

Marcel Proust. En busca del tiempo perdido (À la recherche du temps perdu, 1908)

Las “cinéphilas” del título son seis mujeres que, ya retiradas de sus trabajos, atraviesan la tercera edad: dos uruguayas, dos españolas y dos argentinas. En el documental, la directora María Álvarez las interpela desde su amor cinematográfico, pero la vida y el cine se terminan articulando en su discurso, y eso es lo que permite que el espectador pueda conectar con ellas. Cuando hablan despiertan empatía aunque también algo de tristeza, en su narración transmiten todo su amor por el séptimo arte mientras explican por qué lo hicieron parte de su vida cotidiana. Ellas necesitan del cine y el cine ciertamente necesita de ellas. Por eso es que ahora son las protagonistas. La cámara es cómplice de sus historias y de sus recorridos por las salas alternativas al circuito comercial a las que concurren diariamente. En Las cinéphilas, Madrid, Buenos Aires y Montevideo, son casi un mismo espacio y ellas seis bien podrían estar allá o acá.

Si bien el cine es lo que convoca a la directora a hablar con estas particulares señoras, claramente hay una búsqueda por saber lo que piensan sobre la vida haciendo que el pasado, el presente y el futuro cooperen en la construcción de las imágenes y de sus relatos. Así, cuando hablan se descubre el sentido del humor, el cual parece insoslayable para poder pensarse ya en una edad avanzada. De este modo se trasluce la nostalgia y la melancolía, y hasta cierta necesidad por reflexionar sobre la vida y el paso del tiempo.

Como lo deja en claro Norma, una de las cinéphilas, ellas no son espectadoras: un espectador es alguien que no se compromete, por eso yo no soy sólo una espectadora, exponiendo su posicionamiento frente a algo tan importante como lo es el cine para ella. Podría decirse que es una experiencia casi religiosa, es ahí que resulta obligatorio creer, y para comprometerse hay que tener tiempo. No sólo es el compromiso de la mirada sino de todo el cuerpo. Una experiencia que nace antes de llegar al cine: buscar donde se va a proyectar la película, a qué hora, averiguar quién la dirige. Y la película no termina cuando se prenden las luces de la sala sino que, como un proyector eterno, sigue andando y andando en cada una de ellas.


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Hay otro mundo semántico que atraviesa la película, tiene que ver con la obra En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Algunas partes del documental muestran un grupo de gente mayor, entre ellas una de las cinéphilas, que se reúne para pensar y discutir esta obra en un bar. Claro, no casualmente, el tiempo aparece como el séptimo protagonista en este film. La memoria, el recuerdo y percibir el paso del tiempo también tiene que ver con el cine y con ellas. Poder resignificar la temporalidad a través del arte es esperanzador. Pero también vivir el cine como una compañía que resiste a la soledad, al aislamiento y que les permite gozar, armar planes, y por qué no, pensar en otros mundos posibles. Ser cinéfilo tiene que ver con recordar, como Lucía que ya promediando el film rememora Los 400 golpes de Truffaut y reflexiona al respecto frente al mar que sí, que efectivamente la vida te da 400 golpes. El transcurrir de los días necesita de las palabras, nombrar eso que parece tan absurdo e inasequible puede dar nuevos sentidos a la vejez. Si bien Álvarez no quiere caer en golpes bajos, resulta imposible que la tristeza no sea parte del mundo que pretende retratar. La directora consigue inmortalizarlas a todas ella a través de su film pero en el momento de mayor soledad y cuando los recuerdos muchas veces pesan más de lo necesario.

Ver otras vidas, otras historias, investigar a los directores, armar un itinerario de viaje para conocer el lugar donde se filmó una película, volver a viejos films, citar frases o diálogos de algunos de ellos, recordar su música, leer notas y artículos de cine, marcar catálogos de festivales, ver hasta tres o cuatro películas por día en el Festival de Cine de Mar del Plata. Si todo eso no es amor entonces ¿qué es? Las películas son parte de la vida, y esto no es sólo para los cinéfilos. Todas estas cualidades que rodean a la obra son las que construyen el deseo hacia ese otro mundo, tantas veces comparado con lo onírico. Así como cuando entramos al cine, en general se sueña en la oscuridad, con el cuerpo quieto y con la mente dispuesta a entrar en otro tipo de conciencia. Llegar a ese estado ideal está al alcance de todos y cuánto más se hace más se quiere volver.

Esta propuesta de reflexionar y retratar a las personas que aman el cine fue también abordada por otros directores. No es una figura menor la del espectador sino que completa el film. Sin él, ninguna película existiría.. Pero Álvarez en este retrato toca también un tema muy actual, pues cada día es más difícil que el espectador concurra a la sala. Ir a funciones independientes, o a festivales, es una forma de querer ir al cine, que no es lo mismo que querer ver una película. Hoy un cinéfilo es un luchador, alguien que resiste y permite que todavía esas salas que pasan films de Rosellini, por ejemplo, abran sus puertas aunque más no sea para 20-30 personas. Este amor sale de todo cálculo, no es mensurable, pero permite que esos espacios sigan existiendo. Salas como el Bama en el centro de Buenos Aires, o los ciclos de cine de la sala Leopoldo Lugones (que reabrió sus puertas hace poco) ofrecen otra propuesta cinematográfica alejada de los pochoclos o el 3D. Son lugares a los que se puede ir a refugiarse para poder viajar al pasado o conocer que hay otros directores, otro cines, otras formas de contar.

En este sentido, la película ganadora del último Bafici, La flor, de Mariano Llinás, está pensada desde su producción como una película que necesita ser exhibida en un espacio alternativo, que permita programar un film de catorce horas. Pero si producir películas como esta hoy es posible es porque ir a ver este “otro” cine tiene sentido, como lo tiene asistir a festivales o a pequeñas salas. Sin dichos espacios, lamentablemente, gran cantidad de films no tendrían posibilidad de ser exhibidos.

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El consumo cultural cambia con los nuevos dispositivos y muchas películas ya no necesitan ser vistas en sala. No ir al cine es no salir de la casa , no perder tiempo en viajar, no gastar dinero, no ver gente ni hablar con otras personas. El espacio público va cediendo terreno al espacio privado. Pero ir al cine es la posibilidad de salir de la casa, de poder viajar, de gastar dinero, ver gente y hablar con otras personas. Todo esto implica poner el cuerpo en acción, estar dispuesto a algo más que consumir, es abrirse a una experiencia. Por suerte el cine es un arte que se resiste todavía a miniaturizarse, nació en la sala y con gente alrededor que pasaba horas y horas allí. La sala vacía es un síntoma de que hay una búsqueda por cambiar esto, pero también hay una porción de público que todavía quiere y necesita soñar en estos espacios. Naturalizar que el cine se puede consumir en un televisor limita al espectador y también a quién hace cine.

Las cinéphilas a su modo habla de resistir. Resistirse a la soledad, a la tristeza, al aislamiento. El cine, a su manera, también necesita de esta resistencia de poner el cuerpo y entregarse a soñar, y que el tiempo transcurra entre ese ir y venir del sueño a la realidad⚫

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