8 mayo - 2019. Por: Ian Quintana - Artículos

El cine nace de un avance tecnológico. Como invento, ni sus creadores confiaban en él. Fue un proyecto, un intento, la concepción de una idea y su práctica. Nadie sabía lo que estaba naciendo en el Salon indien du Grand Café. El primer ojo del cine se asustó ante la llegada del tren. La vista jamás había sentido la ilusión de movimiento, ni visto esas sombras gigantescas en dos dimensiones, con otro tiempo. Su parecido con la realidad alarmaba. El viaje del tren continuaría. Del miedo originario parte un camino iniciático. Ese miedo a lo nuevo, a lo desconocido sería superado y el ojo virgen de cine se adaptaría, rápidamente y con gusto, al invento.

En los albores de un tiempo industrial, anticipando la era audiovisual en la que vivimos, hijo de la ciudad y las masas, el cine nació para los ojos humanos. De los múltiples intentos previos, el que cerró el invento fue la proyección colectiva de los Lumière, ese experimento de lo que después sería la función de cine - la sala oscura, íntima, anónima; la espera en las puertas, el ingreso, el silencio previo; el haz de luz rajando el espacio y la proyección de esas sombras mágicas que cuentan historias, ese momento fue el inicio de todo-. Las máquinas creadas creaban ilusiones y nos hacían vivir historias y sentimientos. Esas máquinas llegaron para contar al mundo y a su gente, para mostrar otra realidad a la ya vista por los ojos. Los ojos que se asustaron ante la llegada del tren comenzaron a regodearse en el placer que producía ver las imágenes. La experiencia se hizo única. El público, escondido en la sombra, indefenso e inmóvil, se presta al poder de la pantalla, a su dominación; se deja llevar por los sentimientos e ideas que salen de ella. Encerrado en la oscuridad no puede hacer más que vivir las imágenes que observa, las cuales se completan propias, subjetivas, individuales en cada cabeza.

Pero esa experiencia está condicionada por el estado de la máquina, lo cual siempre depende del progreso humano. El cine es tecnodependiente. Casi como una relación íntima público y cine fluctuaron juntos por una historia condicionada por los cambios técnicos y los avances tecnológicos del tiempo que les tocó vivir. El estado de la técnica de una época delimitó el proceso de reproducción y proyección de cine tanto como el de registro y por lo tanto condicionó el lugar del público, su relación con la pantalla, con la sala, con las imágenes; condicionó su modo de ver - el cine y el mundo.

El público sería testigo y cómplice de la llegada de las voces humanas, del color, de la creación de un lenguaje; vería los nuevos géneros por los nuevos formatos, la formación de corrientes y autores por las mejoras técnicas en imagen y sonido; llegaría el stereo, el cinemascope, el 3D, el fílmico comenzaría a temblar; la era digital apartaría métodos analógicos de registro y de consumo. En la actualidad la aldea global envuelve al mundo en un todo audiovisual, las pantallas hoy se han expandido y desde la llegada de la Tv e Internet nuestra relación con lo visual se ha visto modificada de forma rotunda.

El cine de hoy – tanto su forma como su contenido – representa nuestra época. Los ojos de hoy no ven como veían los ojos de nuestros padres y abuelos. Somos testigos de una revolución tecnológica que influye y condiciona nuestra vida diaria. La pantalla cinematográfica ha dejado de ser (desde la llegada de la Tv, pero sobre todo hoy en día) la única ventana que nos conecta a otros mundos. El cine se ve obligado a luchar contra la gran oferta de imágenes que hoy se reproducen por las calles y las casas de su público. A su vez, que debe cubrir la gran demanda que insaciablemente éste le exige. Se ha ido perdiendo la identidad como grupo, como público de cine. Hoy en día la disgregación, la dispersión y la pluralidad ha dado vida a un consumidor individual que, a través de dispositivos inteligentes con internet, se da acceso – limitado, dirigido, controlado – a las nuevas producciones audiovisuales. Ese grupo que otrora fue la esencia de la creación cinematográfica está hoy en crisis - identitaria, moral, pública.

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En esta época en que vivimos debemos hacer frente a la multiplicidad de pantallas a las que nuestros ojos se someten de forma diaria. Ya no existe ese lugar aislado y exclusivo en el cual uno se presta a la ilusión y vive de forma personal y solitaria – en medio de un público colectivo y anónimo – una historia. Ahora las formas son diversas, cambiantes y complejas. En la sociedad del zapping, el cine se transformó para darle a su público lo que éste exigía. Pero en ese acto condescendiente comenzó a perder la esencia que lo caracterizaba. Ahora el público es quien domina al cine. Las relaciones de poder se han invertido y hoy el usuario es quien tiene el control. No sólo a través de las plataformas de VOD o de Streaming en donde a gusto el público es capaz de detener la narración, acelerarla, capitularla o abandonarla sin ningún tipo de esfuerzo, sino también en los nuevos mutantes que ha producido el mercado: películas cuya narración la elige el público a través de apps de celulares en vivo durante la proyección.

Si bien los cambios producidos trajeron ciertos beneficios como sean la mayor accesibilidad audiovisual, los múltiples canales de consumo, un alcance y una distribución notables que hace tiempo eran difíciles de lograr, sumando el interés de plataformas como Netflix en producir cine independiente frente al monopolio de superhéroes de Hollywood en las salas de cine, el público se ha visto afectado y se encuentra perdido en la marea audiovisual moderna. En ese estado de confusión las nuevas formas audiovisuales, conectadas a la Red de Redes, analizan, a través de algoritmos, nuestros gustos e intereses para asociarnos así a grupos de consumo, para vendernos nuevas creaciones surgidas íntegramente desde esa lectura. Transforman de esta manera a lo audiovisual en una forma de publicidad y espectáculo, en un mercado que segrega al público y lo mantiene al filo del consumo constante.

El inconveniente que plantean estas nuevas formas de consumo es el no poder alejarse de esa desmesurada y compulsiva necesidad de ver; de verlo todo, ahora, aquí, siempre. De video en video la pantalla no detiene su transmisión, los ojos miran y miran, pero nada queda fijo en su retina. Pareciera que de tan abiertos que están los ojos ya no saben ver. Si comparamos por un instante la mirada del público que vio ese tren llegando por primera vez a la estación con la sensación que producen las imágenes que hoy en día tenemos al alcance de la mano, podremos dar cuenta de cómo nuestros ojos se han vuelto insensibles. En vivo y en directo a todo el mundo, cualquier tipo de acto puede ser transmitido. El público, al instante, observará de forma impasible lo que aparezca en su pantalla. Durante horas, consumirá las imágenes que su dispositivo le muestre, sin razón de continuidad y lógica, sin preguntarse qué está viendo y por qué. Y así pasará a lo siguiente, y a lo siguiente. Nada permanece, ni las imágenes ni la sensación que ellas producen.

 

Entre esa desmesurada cantidad de información que los ojos reciben se pierde el placer de ver las imágenes en la pantalla grande, en la oscuridad, en el silencio anónimo de la sala. Ahora los espacios son cotidianos, conocidos; poseen una configuración en la cual nuestro cuerpo se sumerge diariamente y con ello se pierde cualquier tipo de estímulo que permita vivir la experiencia cinematográfica. Ingresar a la sala, elegir la butaca deseada y esperar inmóvil a que las imágenes aparezcan, imposibilitados de cualquier acción más que ver la película, son actos que constituyen al público de cine, que lo identifican como tal. Ese grupo vive una experiencia en conjunto que evade todo control y que se impone por su magnitud a nuestra persona. Aislados del mundo, olvidados de todas las historias e imágenes, nuestros ojos se sumergen en un tiempo paralelo que no permite interrupción. Esas sombras imponentes, las luces y los sonidos, la ilusión de movimiento, la oscuridad y el silencio, todo ello debe transformar nuestra mirada y a nuestra persona, debe iniciar un proceso subjetivo que aspire a perfeccionar nuestro modo de ver y pensar el mundo.

Hay que salvar los espacios en los cuales lo audiovisual no sea un mero bien de consumo, con el cual se quieran llenar los tiempos muertos de una vida inactiva. Debemos respetar la experiencia cinematográfica para que nuestros ojos sepan ver una imagen y entender todo lo que ella trae consigo, todo lo que la constituye, todo lo que transmite. No podemos permitir que las pantallas ahoguen nuestra vida y apaguen así la posibilidad de mirar críticamente lo que aparece frente a nuestros ojos. No le tenemos miedo al tren porque nos hemos acostumbrado a su llegada y a su metamorfosis constante. Ahora la sala no es oscura, ni íntima, ni anónima; no hay silencio, no hay espera, ni proyección. Ahora la pantalla es la que teme por lo que el público hará con ella. ¿Seremos capaces de darle lo que merece o agotaremos todas sus posibilidades destruyendo así su valor y permanencia? ¿De qué manera entrenamos la mirada para que aprenda a ver? Debemos saber en qué momento es necesario abrir los ojos y cuándo los debemos cerrar⚫

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